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sábado, 27 de marzo de 2021

Crónica del viaje a España - julio de 2017 - Libretas - Asturias

 

En julio de 2017 hice un viaje a España. La primera vez que crucé el Atlántico. Fui a conocer la Semana Negra de Gijón, una feria sobre novela negra que se hace todo los años desde hace más de tres décadas, en la ciudad asturiana de Gijón. También pude pasear por Madrid un par de días y luego viajar a Barcelona.

Mi idea era escribir una crónica sobre el viaje, y de hecho logré escribir cuatro capítulos. Para hacerlo me basé en las fotografías que saqué y en las notas que tomé en dos libretas. Ocurrió que quedé trancado en el quinto capítulo de la crónica, que trata del viaje en el Tren Negro, que lleva a los escritores y periodistas desde Madrid a Gijón. Durante el viaje del tren la organización hace presentaciones de los autores que participarán de la Semana Negra. Queda en el tintero. Ya saldrá de él.

Mientras, y antes de que pase más tiempo, decidí transcribir y publicar las notas de las dos libretas. Es otro tipo de relato, más personal. En realidad con las notas se omiten muchas cosas del viaje. Esto es así porque uno puede sacar notas en los momentos de tranquilidad; los días agitados o en que se hacen paseos o desplazamientos generan lagunas. Por eso es mejor escribir una crónica y utilizar los apuntes para su armado. Igual, estas notas consiguen dar un panorama de Gijón y su Semana Negra. Más adelante subiré los apuntes sobre Cataluña.

Gracias por leer. Abrazos. 

 

 

Gijón, viernes 7 de julio de 2017.

Semana Negra de Gijón.

(Apuntes al final de la libreta, sacados en plena feria).

Tipo con bastones para hacer senderismo (entre la gente).

Gaviota asustada por el ratón Mickey. (Recuerdo haber visto un globo plateado, inflado con helio, volando alto, como a doscientos metros de altura sobre la feria y una gaviota que volaba cerca de él, como analizando ese objeto extraño).

Yendo a la sidrería.

Dique/humedad.


Gijón, sábado 8 de julio.

¡Está fresco en Gijón! Una brisa húmeda sopla desde el mar Cantábrico. Ya es mi segundo día en la ciudad y apenas me he movido. En el hotel comparto habitación con Iñaki Echeverría, un ilustrador argentino. Buen tipo.
Trato de no pensar y fluir. Pero a veces es difícil. Salen los temas de siempre: Orwell, la guerra civil, anarquismo.


Gijón, lunes 10 de julio.

Insomnio. Un mosquito me despertó en plena madrugada. Pasado de rosca por lo vivido el día anterior, no pude seguir durmiendo. Me levanté y me llevé al baño Patria de Ignacio Paco Taibo II. Iñaki dormía pesadamente. Al rato volví a la cama, pero nada, no podía conciliar el sueño. Entonces me levanté, me vestí y bajé a la cafetería del hotel a desayunar. Era el primero. Como en toda la semana, llovía y estaba nublado en Gijón. El paseo a Oviedo tendría que quedar para el martes.


Del otro lado del vidrio, en el espacio frente al hotel con mesas y sillas, que en España llaman terraza, y donde se reúnen los escritores en sus tertulias improvisadas, sólo hay dos palomas picoteando migas. Son pichones. Tienen la típica pinta desgraciada de las crías de paloma. Es duro verlas. Apenas deben haber abandonado el nido.
Recuerdo que una vez llevé una carta, cuando era cartero en Piedras Blancas, a una casa muy humilde que quedaba al fondo de un terreno baldío. El hombre que vivía allí tenía cinco perros. Cuando me acerqué a ellos, estos se quedaron quietos, echados frente al portón. El hombre los trataba bien y por eso eran mansos. Al acercarme más pude ver que estaban llenos de garrapatas. Como hacía con Rolly, el perro negro y chico de mis abuelos, le saqué un par de garrapatas al que tenía más cerca. Crucé de regreso el terreno y al pasar por entre los pastos altos y como estaba de bermudas se me prendió una garrapata. Vi al ácaro caminando sobre mi pierna, entre los pelos. Le pegué un tinguiñazo y luego lo pisé en el suelo.
 
Playa de San Lorenzo.
 
Recordé esto porque me hizo pensar qué hubiera pasado si el hombre les hubiera puesto algún producto anti garrapatas a los perros. Acaso se hubieran sentido mejor y más fuertes. Pero entonces podrían andar en la calle y quizá ir más lejos. Ello traería problemas a aquel viejo de la casita del fondo. Porque la vida es como el agua en estado líquido. No puedes contenerla. El musgo se esparcirá por tus paredes. Las enredaderas crecerán y treparán pasándose a la casa de tu vecino. Así como tus perros se echarán en medio de la calle de tierra y correrán al cartero cada mañana. Es verdad que esto último no ocurrió. Por suerte no me corrieron por la calle Zapadores. Esa calle termina en el cuartel, sobre Domingo Arena. Años más tarde el cuartel se convertiría en cárcel vip para los torturadores y dirigentes de la dictadura cívico militar.
La cafetería del hotel lentamente se va poblando de gente que no está hospedada, que al parecer desayuna allí todas las mañanas. Quizá así el negocio consigue sobrellevar los meses de temporada baja. Unos veteranos pelean en un dialecto incomprensible para mí. Uno de ellos trata al otro de gallego, despectivamente. Este, el más viejo de los dos, dice palabrotas. Tal vez bromean sobre fútbol. El menos viejo tiene una campera roja con el escudo del Sporting de Gijón. Al rato se va. Ambos me miraban buscando complicidad. Yo sonreía, pero por dentro no quería que interactuaran conmigo. No creo que pudiera entenderles.

Afuera, un hombre llama a una de las trabajadoras de la cafetería. La mujer sale y se acerca al hombre. Este le señala una paloma blanca y negra. La mujer vuelve a entrar y al rato aparece con un pedazo de pan. El hombre agradece y le arroja migas a la paloma. Enseguida aparecen otras más.
Vuelve a repetirse el dilema de la vida y su liquidez. El hombre le da de comer a las palomas. Algo que no tiene límites, ni parámetros, de pronto, el hombre se los pone. Y lo que viene a continuación es el problema de asumir la responsabilidad.
Sin dormir se complica escribir con, sí, claro, con fluidez. Pero las palabras al contrario de las hiedras, no pueden escaparse de la hoja, esparciéndose por la mesa.
 


Gijón, martes 11 de julio.

Otra noche de insomnio. Me acosté a las tres de la mañana, pero a las cuatro estaba de nuevo despierto. Fui al baño y cuando volví ya no pude dormir. La almohada, gruesa y dura, además del colchón, no ayudaron.
Iñaki ronca mucho también. A veces parece que va a explotar como un globo. Era el escenario tan temido: un compañero de cuarto que roncara.
Entonces, a las siete, estaba como el día anterior en la cafetería. Por lo menos no llueve. La muchacha que me atiende es muy amable y recuerda mi elección del día anterior. Dos bizcochos, café negro y jugo de naranja. Pero hoy sí o sí voy a ir hasta Oviedo. Ayer en la feria compré varias escarapelas, o pins, con los colores de la bandera de la República Española para regalar a los amigos. También un libro en el que se describe una ruta turística y temática en Oviedo, para visitar algunos lugares de la ciudad que aún tienen marcas de la revolución de 1934. Después fui hasta la carpa a ver la presentación de ese mismo libro. Me senté en una silla y saqué el termo y el mate de la matera. Sabía que desde el estrado y a mi alrededor, algunos me miraban.

El domingo había sido el gran día, para el que me había preparado ya desde antes del viaje: moderar una mesa con escritores argentinos y mexicanos. En realidad, había sólo un mexicano, Fritz Glockner, ya que Ricardo Vigueras, es español, de Murcia, aunque desde 1996 vive y escribe en Ciudad Juárez, al norte de México. Así que me desdigo: Ricardo es también mexicano, con todas las letras.

De izquierda a derecha: los escritores argentinos Eduardo Goldman y Tatiana Goranski, el escritor español Juan Madrid y los escritores argentinos Fernando López y Juan Guinot.

 

La poeta Olaia Pazos.

Haber leído mis poemas el día anterior al de la mesa redonda me había dado valor para afrontar al público. Simplemente lo que hice fue leer los apuntes que había traído desde Montevideo, con información de cada uno de los autores. Después le daba la palabra a cada uno de ellos, y estos se presentaban al público o hablaban sobre el tema del debate. Pero el tiempo era poco y al final no llegaron a debatir realmente sobre el tema. Ignacio Paco Taibo II, que lo tenía sentado a mi lado, viendo que quedaba pocos minutos asignados para la mesa redonda, hizo un resumen sobre la historia de las relaciones literarias entre México y Argentina. Me fue bien con la presentación de los escritores y me divertí. Algún día si me toca una experiencia similar lo haré mejor.


Pero en el fondo el tema es la enfermedad de mi gato Blanco. Será una larga despedida. No creo que pueda mejorar. Disfruta, dicen todos, pero la realidad es lo que es.
Lo que más me sorprende es lo cristalino que veo todo. No hay diferencia con estar en el Centro o en la rambla Sur. Un tipo de remera roja, baja cajones con botellas de refresco, en la esquina del hotel.

La escritora Sophie Hénaff dando una entrevista en la cafetería del hotel.

Cambiarán las caras, eso sí. Por ejemplo, he notado que los rostros de las mujeres en Gijón son muy diferentes a los que vi en Madrid. En la capital vi muchachas que me recordaban a compañeras de liceo, pero en Asturias me parecieron más vascas.
Sin embargo, hay cosas que he visto aquí que hablan de cierto igualitarismo, y que no se ven allá. Hoy han vuelto a entrar tres empleados vestidos con camperas naranjas a tomarse un café con leche. No imagino esto en Montevideo.

Sabía que algo así me pasaría en el viaje con respecto a la soledad. Recuerdo siempre lo que me dijo Horacio, mi psicólogo, sobre el viajar y las vacaciones. Él decía que era feliz regando su jardín, en el Pinar, durante la licencia.
Pienso qué habría pasado con Blanco si nos hubiéramos mudado el año pasado, como yo quería. El apartamento es bastante húmedo y no recibe luz durante seis meses.
Son demasiados problemas para disfrutar. Menos mal que conseguí terminar la facultad antes de venir a España.
Y ya está bien hasta aquí.

Oviedo
 
Gijón, miércoles 12 de julio.

Día complejo. Al final fui a Oviedo. El viaje en ómnibus desde Gijón fue agradable y muy rápido. En veinticinco minutos había llegado.

Caminé solitariamente por sus calles y peatonales. Hacía más calor que en Gijón. Me gustó sentarme a descansar en un gran parque arbolado a mirar una paloma bañándose en una fuente. También vi una urraca negra y blanca bebiendo de la corriente de agua que se derramaba de la fuente.

Oviedo es como la ciudad uruguaya de Minas, con su gran cerro forestado, aunque aquí tiene en su cima la infaltable estatua de Jesús campeador. Claro, en Oviedo él ha vencido. También hay una estatua enorme encumbrada sobre una iglesia en Gijón. Allí también es el puto amo.


Al regreso, ya en el hotel, conseguí dormir un poco. Había pedido a una de las señoras que limpian las habitaciones que me consiguiera una almohada blanda, y con esta logré dormir. Al principio sólo pude dormitar un par de veces, hasta que finalmente quedé rendido y dormí pesadamente.
Me desperté a las ocho de la tarde, ya que, en Gijón, y con el adelanto de una hora por el horario de verano, el sol se pone a las nueve. Me miré en el espejo del baño y vi que tenía una marca de la almohada en la cara. Me vestí y salí para el dique donde estaba montada la feria de la Semana Negra. Iba por la rambla de Guijón a todo trapo esquivando a los paseantes que habían salido a caminar aprovechando el primer día lindo después de quince nublados y con llovizna.

Acabo de comprobar que una pobre mosca se cayó en mi vaso vacío. Luchaba en el fondo con las alas pegoteadas de cerveza. Con una servilleta la liberé. La mosca no dudó y se trepó al papel. La coloqué sobre la mesa de plástico naranja y me puse a contemplarla. Y me reí con la mosquita borracha, mientras en la terraza del hotel, los de las demás mesas hablaban a los gritos.
En un principio pensé que era un Drosophila, una mosquita del vino, pero después vi que era una mosca común, joven. Lo más curioso es que después de limpiarse sus alas con las patas de atrás, volvió al vaso. Le saqué el dulce y se fue, la muy borrachita, haciendo equilibrio por el filo de la mesa.


El dibujante argentino José Muñoz, de verde.

Falta contar que, totalmente drogado de sueño, le pagué el hotel a Barajas, un flaco de pelo largo encanecido, muy simpático, que dirigía ese año la Semana Negra. Luego fui a la carpa más pequeña, que lleva el nombre de A quemarropa, la publicación de la Semana Negra que sale todos los días que dura el festival, y encontré que estaban leyendo poesía. Esperé a un lado de la carpa, sobre la calle, mi oportunidad. Busqué en el teléfono un pdf con poemas y encontré uno con el Cuaderno 10, de 2008.
En eso, un muchachito con el pelo en casquito, que conducía la lectura, dijo que faltaban dos personas que se habían anotado para leer, y preguntó medio en gallego si alguien quería leer. Levanté la mano y el muchachito hizo como que no me veía, y un buen hombre que tenía a un lado le llamó la atención. Fui hasta el micrófono, ebrio de sueño, como la mosquita borracha, y temblando leí.

 Ricardo Vigueras en la carpa de A Quemarropa presentando su libro.
 

 Iñaki Echeverría en la presentación de su libro.

Leí el poema Augurio, el primero que escribí después de una larga sequía, y seguí con El aljibe, con el poema sobre el caballo que desbocado pisotea los pastos bien verdes y húmedos, y con El ánfora. Todos poemas que hablan del regreso del poeta a su escritura.
Fue algo muy bonito leer aquellos poemas ante la carpa abarrotada de gente, que me escuchó en silencio, mientras me temblaba la mano que sostenía el celular. Cuando después de agradecer, salí hacia un lado, una persona que tenía a un lado, me dijo un “Muy bueno”, que me hizo sentir mejor. Disfruté esa segunda lectura mucho más que la del sábado por la noche en la carpa mayor del festival.
De alguna manera junté confianza con mi poesía, y al otro año esos poemas que leí en la carpa de A quemarropa encabezarían mi primer libro. Incluso llevaría el título del segundo poema que leí, El aljibe.

La escritora Elia Barceló en la carpa de A Quemarropa.

 Ignacio Paco Taibo II

Más tarde, despidiéndome de la feria, de sus tiendas y su rueda gigante, caminé por la rambla, junto a Ángel de la Calle y su compañera hacia el hotel. Ángel, a quien conocí en 2008 en Montevideo Cómic, iba contándome unos cuentos divertidísimos sobre sus lecturas de libros editados en Argentina: “no podía entender cuando un personaje decía: me puse un saco y salí a la calle. ¿Cómo se puso un saco? ¿Un saco de patatas?”, y ambos reíamos bajo el cielo estrellado del Cantábrico.

En vuelo de Asturias a Barcelona, miércoles 12 de julio.

Miro por la ventana del avión y veo el relieve accidentando del norte de España. Las montañas de la Cordillera Cantábrica surgían entre las nubes bajas. Las menos altas, tal vez de ochocientos metros, se veían como islas, asomando entre las nubes de apariencia algodonosa.
Ahora que vamos casi a mitad de camino, el relieve es más bajo. Se ven como cuencas y grandes extensiones pardas, alternadas por otras más oscuras, como si fueran plantaciones de eucaliptus. Desde esta altura el color verde se ve negro. También se ven los ríos, serpenteando entre las colinas desgastadas.

Anoche pude dormir. Mi nuevo compañero de cuarto, Martin Roberts, un periodista británico que vive en Madrid y que habla muy bien el español, aunque hacía ruido al respirar no lo hacía tan fuerte como para no dejarme conciliar el sueño. La almohada blanda que había conseguido ayudó. La extrañaré.
Estaba ya entrada la madrugada cuando entré a la habitación. Roberts estaba durmiendo, así que tomé la valija grande y la llevé al baño para terminar de ordenar la ropa. Esperaba así hacer menos ruido.
A la mañana siguiente me levanté temprano. La organización de la Semana Negra me llevaría hasta el aeropuerto de Asturias para que tomara un vuelo a Barcelona. Puse los libros en la valija chica, y me di una ducha rápida. Al salir del baño me encontré con Martin que se había despertado. Charlamos un poco y me dio su tarjeta. Me pareció buena gente. Así sería George Orwell, pensé, amable, educado y algo distante. Lástima, pensé, hubiera estado bueno conversar más con él.
Al llegar a la cafetería del hotel vi que ya estaba el auto esperándome. Igual me dio el tiempo para despedirme de las dos mujeres que tan amablemente me sirvieron los desayunos.

Abajo, por la ventanilla del avión, se ven los campos roturados. El mosaico de cultivos y zonas forestadas. También algunos pueblos sobre las colinas, siguiendo el curso de los ríos.
Se viaja apretado en estos vuelos de bajo costo. Me tocó el asiento del medio de una fila de tres. Del lado del pasillo tengo un celtíbero bastante grande, de barba rojiza, mirando una película en su laptop. Del lado de la ventanilla, un veterano que duerme. Así puedo mirar el paisaje. Por ejemplo, una gran sierra de más de mil metros de altura. Lástima no poder ver los Pirineos, que quedan a mi izquierda, y como estoy sobre el ala, no puedo ver gran cosa desde mi asiento. Igual me gusta ver cómo tiemblan las alas de los aviones.

Un embalse de agua verdosa; cerros con plantaciones, tal vez de pinos. Más allá estará Portugal, al límite de la visión, oculto por la bruma. Ya falta menos.
Qué buen gesto que tuvo el dibujante argentino José Muñoz ayer, de detenerse a charlar conmigo. Me cayó bien. Creo que lo hizo un poco a propósito. Yo también ayudé, cuando lo saludé le dije que me había gustado mucho su historieta Sudor sudaca. La había leído a fines de los ochenta en la revista Fierro.
El avión empieza a descender y a perder velocidad. Por una ventanilla del lado izquierdo pude ver montañas negras, de cumbres afiladas.
El capitán anuncia que hay veintisiete grados en Barcelona.






 





En El taller de Jar se encuentran las notas
 publicadas en El País Cultural, además de un índice.


Gracias por leer.
 


Texto y fotografías: Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2021





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Gracias. (11/04/2021)

 

 

jueves, 15 de octubre de 2020

El altruista eléctrico. Cartas y escritos de Nikola Tesla

 


El altruista eléctrico



Daniel Veloso

Durante la entrega de la medalla Edison, el 18 de mayo de 1917, el inventor servo-croata Nikola Tesla (1856-1943) contó el secreto de su poderosa imaginación: desde niño "podía recrear objetos a mi antojo de forma real y tangible". En su cama, a oscuras, "veía imágenes de objetos y escenas con un despliegue de luz". Éstas siempre eran de objetos que él había visto antes, como de un ataúd que vio en un funeral. Para librarse de esta imagen que lo atormentaba, cada noche fijaba su mente "en algún otro objeto que hubiera visto y así me proporcionaba algo de alivio".

 

 

Ya de estudiante de ingeniería, cuando comenzó a diseñar motores y transformadores, descubrió "que podía visualizar mis concepciones sin necesidad de dibujos ni modelos" y que "los ensamblaba y los manejaba en mi mente". Lo llamó, su método de "materializar ideas". Ni bien tenía una idea comenzaba a construir el objeto en su mente. En su discurso dijo que era lo mismo manejar sus inventos "en el pensamiento" que en el taller y que siempre éstos funcionaron tal como se los había imaginado. En 1888 mientras paseaba junto a un amigo por un parque de Budapest, ese entrenamiento mental daría sus frutos.

 

 

Tesla contó que al ver al sol ocultándose tras el horizonte se puso "eufórico" y comenzó a recitar versos del poema "Fausto" de Goethe, que se sabía de memoria. En ese momento tuvo otro de esos curiosos "relámpagos" mentales que lo dejaban paralizado. En su mente vio la máquina completa funcionando, con cada uno de sus componentes. Tomó un palo y dibujó en la arena un diagrama de lo que sería su motor de inducción polifásico o de campo rotatorio. Este tipo de motor resultó fundamental para la industria y es usado hasta hoy en bombas, grúas y montacargas.  

 

 

ACCESO UNIVERSAL.  Tesla era ante todo un inventor o, como gustaba llamarse, "un descubridor". En Estados Unidos, país al que emigró desde Europa, inventó el control remoto, la radio y el sistema de transmisión de corriente alterna para la represa hidroeléctrica de las cataratas del Niágara, la primera en su tipo. También diseñó máquinas muy curiosas, como un gran armatoste con el que afirmaba haber aliviado los dolores de espalda a su amigo Mark Twain. Otros inventos sólo estuvieron en su mente y no pasaron de anuncios espectaculares en la prensa, como "el rayo de la muerte", que podía ser usado para derribar "máquinas voladoras". Basta realizar una búsqueda en Internet para comprobar la gran popularidad de Tesla. En parte, ésta se debe al proyecto del inventor de transmitir energía eléctrica a través de la ionósfera, una capa de la atmósfera, para todos los habitantes del mundo. Además funcionaría como una red de información "para transmitir imágenes y textos". 

 



Tesla imaginaba que su red eléctrica inalámbrica alimentaría de energía a todo tipo de transportes, eliminando así el uso del petróleo. Sus admiradores opinan que si su sistema hubiera tenido éxito, el mundo no tendría los graves problemas actuales, como el cambio climático. Por otro lado, se lo ve como un soñador y como un mártir echado a un lado por el despiadado sistema capitalista. Motivos suficientes para que su delgada figura aparezca una y otra vez en la cultura popular. Son apenas ejemplos las películas El secreto de Nikola Tesla, de 1980, con Orson Welles interpretando al banquero J.P. Morgan; El gran truco, de 2006, dirigida por Christopher Nolan, con David Bowie en el papel de Tesla; o la novela de Jean Echenoz Relámpagos (Anagrama, 2012). Sin embargo, más allá de las buenas intenciones de Nikola Tesla, existen argumentos que explican que su red no era posible, debido a que las pérdidas de energía eléctrica por transmisión inalámbrica son mucho más grandes que las que tienen las redes eléctricas mundiales. 




PIEZAS PARA ARMAR. Firmado: Nikola Tesla, del periodista español Miguel A. Delgado, acerca al lector varias de las cartas del inventor, muchas enviadas a sus familiares, en las que describe sus proyectos, y otras que documentan su relación con los poderosos millonarios de Nueva York. En una de ellas, dirigida al banquero J. P. Morgan, Tesla, desesperado, le ruega que cumpla con la promesa de financiar su proyecto de Wardenclyffe. Después de los experimentos eléctricos que realizó en 1899 en su laboratorio de Colorado Springs, Tesla había comenzado a construir un laboratorio y una torre de transmisión en Long Island, desde donde pensaba comenzar su red global de electricidad. Sin financiación el proyecto se terminó. También con las cartas se pueden reconstruir episodios como "la guerra de las corrientes", donde se enfrentó a Thomas Alva Edison en una disputa que lo vería triunfador y que haría que el mundo optara por la corriente alterna en lugar de la corriente continua. 

 

Hugo Gernsback

 

El libro además contiene una cronología, varias biografías de personajes importantes del drama, como George Westinghouse o Guglielmo Marconi, y una selección de artículos escritos por Tesla en la segunda mitad de su vida. Éstos aparecieron en diarios y en revistas científicas como la Electrical Experimenter de Hugo Gernsback, el inventor del término "ciencia ficción".


UN SUEÑO DERROTADO. El proyecto de Tesla comenzó a derrumbarse el 6 de diciembre de 1901, cuando Marconi logra la primera transmisión inalámbrica a través del Océano Atlántico convirtiéndose "en el héroe del momento". El compilador se queja de la terquedad de Tesla por no escuchar los informes que le llegaban de que Marconi estaba usando sus patentes. Quizá desechó estas advertencias por la confianza que tenía en que su "tecnología electromagnética traería una era de paz y estabilidad" al mundo. Pero al no poder demostrar sus ideas, Tesla cayó en descrédito, sufriendo incluso una crisis nerviosa. La prensa y aquellos que lo adulaban rodearon a Marconi. Para colmo se le concedió al inventor italiano el premio Nobel de Física en 1909. Desesperado, Tesla inició un juicio que terminará recién en 1943, donde se le reconocerá como inventor de la radio.

 

 

Luego del fin de Wardenclyffe, Tesla buscará inversores para sus nuevos inventos como un avión de despegue vertical, pero sin poder volver a su viejo proyecto. Es en ese período de su vida que escribe artículos y envía cartas a los diarios. Pero ya había pasado su hora y se convirtió en un hombre dominado por sus obsesiones, como la higiene extrema, o cuidar palomas heridas en la habitación del hotel donde vivía. Los discursos y artículos del libro dan pistas de sus ideas sin concretar, como el "rayo de la muerte", que ha dado pie a varias teorías conspiratorias.

 

 

Otros tratan sobre sus intentos por comunicarse con civilizaciones extraterrestres; intentos que son calificados de delirantes, cosa que parece exagerada si se piensa que a comienzos del siglo XX era común creer que Marte estaba habitado. Tesla declaró que durante sus experimentos realizados en 1900 en Colorado Springs recibió comunicaciones del espacio exterior. De alguna manera se anticipó a la idea de la búsqueda de señales de civilizaciones extraterrestres, algo que luego desarrollaría el proyecto SETI. Delgado también destaca el altruismo de Tesla y de que si hubiera realizado sus ideas el mundo sería mucho mejor. Tal vez por tener su familia lejos en Yugoslavia, fue que le surgió la idea de enviar electricidad a través del océano. Idea nada descabellada, proviniendo de un inmigrante solitario.

FIRMADO: NIKOLA TESLA. Escritos y cartas, 1890-1943; Edición de Miguel A. Delgado; Turner, 2012. Madrid, 241 págs.


Esta nota salió publicada el viernes 27 de diciembre de 2013 en El País Cultural.


Mark Twain en el laboratorio de Tesla



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Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2020

 

 Actualizada el 28 de octubre de 2020

 

 

sábado, 2 de mayo de 2020

Recordando a Rolando Faget






Este sobre, adornado con sellos, me lo obsequió Rolando Faget. Él acostumbraba hacer este tipo de arte postal. Los versos son de un poema mío, de principios de los noventa.



El fragmento que sigue, es inédito. Por su extensión quedó fuera de la nota que presenté al diario. La escribí también en 2013 y sirve como introducción a la nota. Gracias por leer.



NO TE RINDAS. A Rolando Faget lo entrevisté un par de veces entre mayo y junio de 1994, cuando comenzaba a escribir mis primeras notas. Antes de estas entrevistas recuerdo, entre las brumas de la memoria, un encuentro en un bar que ya no existe, El Quijote, en Boulevard España, no lejos de su casa en el barrio Punta Carretas. Era un bar de esos donde el amarillo domina en las mesas y las paredes, pero en el que Faget se sentía a gusto. Ahí hablamos de poesía.
A mis veintitrés años estaba en esa época de incertidumbre tan típica al inicio de la juventud. Rolando lo sabía e intentó darme ánimos con su gran voz de locutor de radio. Por ejemplo, me preguntó la fecha de mi nacimiento. Entonces se puso a hacer cuentas en una servilleta. “Tu número es el seis”, me dijo. Luego me contaría que durante sus años de exilio en Barcelona tiraría las cartas del tarot en un bar.
Recuerdo también que quedó pensativo y me preguntó si sabía qué era una ergástula. También escribió la palabra en una servilleta, que aún conservo. Me dijo que era algo así como una mazmorra y que la había leído en un texto de Jorge Luis Borges. Luego encontré que éste la usa en el poema “Para una versión del I Ching”. Tal vez Faget, en ese instante, estaba recordando estos versos: 

“No te arredres
la ergástula es oscura
la firme trama de incesante hierro
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber una luz, una hendidura…”.
 
Al rato terminamos el café y salimos. Me acuerdo que Rolando no caminaba bien. Un amigo de él me dijo hace poco que tenía pie plano, pero en ese momento me llamó la atención que cojeara a pesar de tener cincuenta y pocos años. Me preocupó la lentitud con que atravesó Boulevard.
Un poco después de esta charla, el 14 de mayo, le hice la primera entrevista en su casa. Los días siguientes escribí, con una máquina de escribir Olympia que me prestaban en la cooperativa de vivienda donde vivía, la entrevista que titulé “Poeta de tres ciudades”. El cariño que Faget tenía por Montevideo, Salto y Barcelona fue una de las cosas que más me impresionó de aquella entrevista. 





 

Pero los comienzos son difíciles y la nota no pasó la prueba de fuego que era la lectura de Homero Alsina Thevenet (1922 - 2005), quien fuera el director de El País Cultural durante diecisiete años. “Usted es inteligente”, me dijo Homero, dándome a entender que tal como estaba la nota no podía ser publicada, y que podía hacerla mejor. No tenía la puerta cerrada al Cultural y tendría que intentarlo más adelante.
En junio de aquel año volví a visitar a Faget en su casa con la esperanza de conseguir mejorar la nota. Recuerdo que llevé una grabadora de casete que tenía la costumbre de detenerse de improviso. Por fortuna Rolando me alertaba cuando la luz roja de la grabadora se apagaba. Avatares de aquella vieja tecnología.

Sin embargo, por más que lo volví a intentar, no conseguí publicar la nota.

Años más tarde me encontré con Rolando en la calle Tristán Narvaja, cerca de su trabajo, pero no pudimos charlar mucho rato.

Pasó el tiempo y le perdí el rastro, hasta que una noche de 2012 en un bar de Ciudadela, Pablo Silva Olazábal, un amigo en común, me contaría que Faget había fallecido en 2009. Quedé perplejo; hacía años que estaba por llamarlo para saludarlo. Ya era tarde, pero tal vez no para intentar publicar aquella nota de juventud. Entonces, allí en el bar le conté a Pablo Silva que tenía las grabaciones de las dos entrevistas que había tenido con Rolando Faget. Silva me contó que al año siguiente, en junio de 2013, se iba a hacer un homenaje a Rolando en la Biblioteca Nacional y que además su programa radial “La máquina de pensar” participaría con programas dedicados al poeta. Cuando se acercó la fecha del homenaje, Pablo Silva me invitó a su programa para conversar sobre la entrevista con Faget.
Así fue que fragmentos de aquellas entrevistas de 1994 salieron al aire, y unos meses más tarde, la nota fue publicada en el Cultural.
La “fuerza cósmica” en la que Faget tanto creía, consiguió que una vez más volviera a escuchar a aquella voz grave diciéndome: “la poesía es todo, loco”.








El País Cultural
Viernes 15.11.2013
Montevideo, Uruguay.



Recuerdo de Rolando Faget (1941-2009)



La poesía es todo




Daniel Veloso

Rolando Faget fue poeta, escritor, periodista, locutor y editor. Nacido en 1941 en Montevideo, su historia como poeta comienza de muy joven en la década del sesenta, logrando publicar su primer libro, Poemas de río marrón, en 1971.
Durante la dictadura fundó, junto a Laura Oreggioni y Mercedes Ramírez, Ediciones de la Balanza, que de 1975 a 1979 publicó con muy pocos recursos quince libros de poesía. A fines de ese período, Rolando Faget se trasladó a Salto, donde dirigió la programación de Radio Tabaré. Allí realizó una intensa actividad de difusión de la música popular uruguaya. A partir de 1981 debió vivir en el exilio en España. A su regreso a Uruguay tras la vuelta de la democracia militó en el movimiento Pregón de la Dra. Alba Roballo (1909-1996) como secretario de prensa.






Publicó más de una decena de libros de poesía en Uruguay y España y su poesía aparece en antologías y en revistas literarias latinoamericanas y europeas. La crítica señalaría a los poetas Humberto Megget y Líber Falco como sus predecesores.
Amigos como el poeta Héctor Rosales lo describen como "despreocupado por el mundo material", y otros como el escritor Miguel Motta destacan su generosidad y valentía en momentos difíciles. También rescatan que siempre tendió su mano a cuanto creador nuevo conoció. Ediciones de la Balanza es una prueba, donde muchos escritores y poetas publicaron sus primeros libros. En ella aparecen nombres como Rafael Courtoisie, Tatiana Oroño, Julio Chapper, Hugo Giovanetti Viola y Hugo Fontana, entre otros.








POETA DE TRES CIUDADES.  A Faget lo entrevisté un par de veces entre mayo y junio de 1994 cuando comenzaba a escribir mis primeras notas. Una tarde de mediados de mayo de 1994 nos encontramos en su casa de Punta Carretas. Como siempre, su humor era muy bueno. Trajo café y comenzamos hablando despacio, como ejercitándonos para la entrevista. Le pregunté sobre Poemas de río marrón. "Fue escrito durante la pre dictadura. Montevideo era una ciudad muy triste. Siempre fue entrañable, pero gris y en aquellos momentos era gris, marrón y roja. Faltaba la vida, la paz, y los inviernos parecían más crudos".

Le gustaba Montevideo, pero mucho más Salto. "Soy un hombre de dos ciudades", decía. Admiraba a aquella ciudad y siempre que podía la mencionaba. "Es muy hermosa Salto, viví muchos años allí. Te diré que soy muy montevideano y muy salteño. Soy un enamorado del río de Salto y quiero al río Uruguay como se puede querer a una mujer. Para mí el Río de la Plata es el río, y al Uruguay lo llamo la río; es algo muy femenino. ¿Más azúcar?", bromeó señalando mi taza de café.
Pregunté si había un estereotipo de poeta. "No, mucha gente muere de amor y ni siquiera poetiza. La gente que escribe poesía tiene que ser muy esperanzada y creer mucho en la vida para escribir y seguir escribiendo. Creo que en el fondo los poetas, aunque parezcamos trágicos en algunos poemas, somos muy optimistas; si no, no escribiríamos. Amamos mucho la vida".






Durante una pausa me observó jugar con el pocillo y preguntó si sabía leer la borra del café. Se levantó risueño prometiendo traer más. A su regreso le pregunté sobre sus años de exilio. "Fue un poco al final de la dictadura. Me aconsejaron que me fuera, pero yo estuve medio astuto; en lugar de irme de Uruguay me fui a Salto. Estuve tres años. Fue una manera de alejarme. Después sí me fui a España, no hubo más remedio".
Pregunté cómo fue su vida en Barcelona. "Bien, yo amo a Cataluña, tengo ancestros catalanes. Me encontré con mis ancestros, en el aire, en el ambiente". Hablamos después sobre qué parte de su obra escribió en Barcelona. "Escribí muchísimo en España; inclusive un libro en catalán que se llama Paraula encesa [1989], que quiere decir palabra encendida, y tuvo tres ediciones. Escribí otro libro que se publicó acá, que se llama Conocer luego [1987] y también escribí algunos poemas de Carta de ríos [1993]."
Curioso, pregunté de qué trabajó en Barcelona: "Hice de todo, traduje del francés al castellano; trabajé en publicidad y en un bar barcelonés tirando las cartas del tarot".




LA NOCHE MÁS FUERTE. La segunda entrevista a Rolando Faget la hice un 24 de junio de 1994. Pulso play en la grabadora y me escucho preguntar qué fecha era ese día. Faget contestó: "Hoy es 24, la noche más fuerte del año, la noche del solsticio de invierno en el sur y de verano en el norte, cuando la fuerza cósmica es impresionante". No muy convencido, según rescato por mi voz, y tras discutir el origen de tan antigua celebración, le pregunté sobre qué es lo que quería que el lector obtuviera de su poesía. "Quiero que compartamos alguna luz, algún diálogo positivo. Que nos bañemos en el mismo río, en la misma agua. Que compartamos un pedazo de camino, siempre para adelante, con mucha comunicación, sensible, intuitiva". En esa noche fría había conseguido que dijera lo que pensaba. Le pregunté sobre el papel de la poesía en la comunicación. "La poesía es todo, loco. La poesía está en el corazón de la gente. No tenemos que manejarnos con razonamientos, tenemos que manejarnos de una manera amorosa y mágica y la poesía es el único vehículo para eso". Agregó que en la comunicación debe encontrarse la poesía, "y si no, es mala comunicación, como la de la televisión".


Opiné que se entendía a la poesía como "algo blando", que no tenía lugar en la medios masivos. Faget abrió los ojos y con su gran vozarrón exclamó: "Ah, la poesía es durísima. Son golpes, son bastonazos de ciego. Los ciegos no son bobos". Como una locomotora, siguió: "No, la poesía es terrible, la poesía es feroz. La poesía es como el amor, que puede ser muy feroz". Opiné que además se sabe defender. Irguiéndose sobre su asiento, respondió: "Seguro, y con una fuerza y con una violencia, y con odio, con dientes, con todo lo que haya que tener".





Conociendo sus años vividos en el norte del país, le pregunté sobre qué opinaba sobre la poesía que se escribía en el Interior. "Para mí el país no es tanto Montevideo; para mí el país es Salto, es Melo, es Río Branco. Ahí la poesía está mucho más viva que acá. Hay una raíz, una memoria de la sangre, una sensibilidad incomparable con la de Montevideo. Gente mucho más sensible, mucho más receptiva. Lo que es Melo, por ejemplo", decía Faget estirando las palabras con vehemencia. "Tú estuviste en Melo; lo que es Salto con ese río. Qué misterioso Río Branco con ese casco antiguo, con ese otro río, el dulcísimo río Yaguarón. La poesía está vivísima allá". Como con condescendencia, agregó: "Mirá, Montevideo es un poco más difícil pero no es imposible. Si la poesía fuera imposible el mundo no tendría destino. No interesaría el porvenir, el futuro del mundo. Si la poesía no tuviera destino sería todo como un campeonato mundial de fútbol, sería como Tinelli". Y continuó, misterioso: "El mundo es otra cosa; es lo que se viene".

Se había hecho tarde y la entrevista llegaba a su fin. Con mis veintitrés años pregunté, lleno de incertidumbre, a ese hombre de barba, lentes gruesos y voz retumbante, si había algún tipo de futuro para el mundo. "No sé cuáles son las soluciones. No sé, pensar con el corazón. Sería todo tan simple; tendría que ser todo a través del amor que es la ley de oro, y si no es posible hay que insistir. Si no, la vida no tiene sentido".
Antes de despedirnos me dijo: "Ah, poné que la nota fue hecha en Salto. Es que tengo muchas ganas de estar allá".






En setiembre de 1994 Rolando me ayudó a enviar por correo un sobre con poemas como parte de la inscripción a un festival de arte en Porto Alegre (al que finalmente conseguiría ir en octubre de ese año). El día que le llevé los poemas a su casa estuvimos hablando y le conté que andaba triste porque tenía una novia en Brasil, en Porto Alegre, y no podía verla. Entonces él me ofreció su teléfono para que la llamara. Después de que hablé con Vivian quedé tan contento y feliz, que Rolando, atento, decidió sacarme una foto, y para ello me prestó su famosa bufanda roja para que posara como todo un poeta.






A través de los siguientes enlaces se puede oír el audio que el programa radial "La Máquina de Pensar" le dedicó a Rolando Faget el 13 de junio de 2013, y al cual fui invitado para contar la historia de esta entrevista. Durante el programa se pasó un fragmento de la misma. En ese momento, junio de 2013, la entrevista todavía estaba inédita, pero saldría publicada en noviembre de ese mismo año.

La Máquina de Pensar es conducido por Pablo Silva Olazábal y se emite de lunes a viernes de 19 a 20 horas por Radio Uruguay, desde el 15 de Marzo de 2010.


Ir a la página de La máquina de pensar...

Oír la entrevista en Youtube...






Obra poética de Rolando Faget:

“Poemas del río marrón” (1971 y 1977)

“Un sol otras mañanas” (1975)

“El muro de los descansos” (1976)

“No hay luz sin consecuencias” (1977)

“La casa está habitada” (1978)

“A Juan León Zorrilla” (1978)

“En el nombre del trigo” (1980 y Barcelona, 1985)

“Compañera Alba” (1987)

“Conocer luego” (1987)

“Paraula encesa” (Barcelona, 1989 y 1990)

“Carta de ríos” (1993)

“Nota general de plantas” (1994)

“Poesía reciente” (Barcelona, 1994, 1995 y 1996).

Nadie dude el lucero / Rolando Faget (México, 2009; Montevideo, 2015, 2.ª ed. ampliada).












En el Taller de Jar se encuentra el índice de las notas publicadas en El País Cultural.



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