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sábado, 31 de marzo de 2018

Arnaldo Antunes en Montevideo (Junio de 2013)

Varias de las notas que publiqué en el País Cultural en 2013 tienen sus enlaces caídos, así que de a poco las iré publicando aquí, en El taller de Jar II. Esta nota sobre la presentación del libro de Arnaldo Antunes, "Las cosas", en la Biblioteca Nacional, es del 7 de junio de 2013. Gracias por leer.



Las cosas del mundo


Daniel Veloso


EL POETA había llegado a la Biblioteca Nacional una hora antes. Estaba sentado en un sillón, en una de las salas laterales. Me acerqué, saludé y pedí un momento para hacerle unas preguntas. A pesar de que faltaba poco para que comenzara la presentación de su libro Las cosas (Ed. Yaugurú), accedió con amabilidad. Nacido en 1960, Arnaldo Antunes es conocido por el disco Tribalistas (2002), realizado junto a Marisa Monte y Carlinhos Brown. Pero también lo es por ser uno de los cantantes de la banda brasileña Titãs, de la que formó parte desde sus inicios en 1982, y con la que sacó siete discos. Reconocido por su voz profunda y grave, lo es también por las letras de sus canciones, en las que critica la sociedad contemporánea, el consumismo, los medios masivos de comunicación e instituciones como la iglesia, la familia o la policía.




Mientras se desarrollaba su carrera con la banda, Antunes escribía poesía y realizaba performances, videos y esculturas. A comienzos de la década de los noventa, con el alejamiento del grupo y el comienzo de su carrera solista, experimentaría un gran desarrollo artístico. En ese período produce su libro As coisas y su primer disco, Nome, conjuntando poesía y artes visuales. Muchos críticos consideran a Antunes como heredero del rico legado del movimiento de poesía concreta, primer movimiento de literatura de vanguardia en Brasil, conocido también como grupo Noigandres, de mediados de la década del cincuenta.




Aquel movimiento había incursionado en la utilización de otros medios expresivos además de la escritura, como el audiovisual, y ya en las últimas décadas del siglo XX, del video y la informática. Justamente en este período aparece la figura de Arnaldo Antunes. En 1992 participó junto a uno de los fundadores del movimiento concreto, el poeta Augusto de Campos (que definió a Antunes como ciberpoeta), de una performance en la que con láseres se proyectaron poemas sobre los edificios de la Avenida Paulista.




En aquella oportunidad en que pude conversar con Analdo Antunes en la Biblioteca Nacional, este vestía como habitualmente lo hace cuando se presenta en público: saco negro, pantalones un poco cortos que dejaban ver las medias, y grandes zapatos también negros. Los ojos amables, rodeados por aureolas oscuras, la voz que impresiona, junto a sus maneras educadas y sencillas, le dan un aire de poeta romántico pero sin perder el viejo estilo punk.




LAS CIUDADES DE SAN PABLO. 

-¿Qué influencia tuvo la gran ciudad, San Pablo, en sus poemas y canciones?
-Crecí en los sesenta y setenta con San Pablo ya siendo una megalópolis, con los barrios expandiéndose para todos lados sin un plan urbano que diera cuenta de tanto crecimiento. Entonces San Pablo fue quedando, hasta hoy, cada vez más como una ciudad de ciudades. Cada barrio parece una ciudad diferente, con la diversidad enorme de inmigrantes del exterior y de muchas partes de Brasil. Tienes que convivir cotidianamente con múltiples culturas, con sus prácticas culinarias y religiosas.
-¿Cómo aparece eso en su poesía y en su música?
-Para mí es una influencia muy grande, no sólo por la velocidad de la ciudad, del ritmo de los coches, de las informaciones circulando, sino sobre todo por esa posibilidad de aprender a convivir con la diferencia. Creo que es una característica de la cultura brasileña, que está compuesta por varias fuentes: culturas de Europa, de los indios, de los negros de África y de los inmigrantes de muchos lugares del mundo, lográndose una mezcla muy rica. San Pablo es eso, pero multiplicado por mucho más, porque está concentrado en una ciudad. En ella tal vez la pérdida de identidad sea una forma de identidad.



LA MIRADA INFANTIL.

-¿Qué puede decirme sobre Las cosas?
-Es la traducción de un libro que publiqué originalmente en Brasil, en 1992. Son prosas poéticas inspiradas en la mirada infantil, que ve las cosas del mundo con el espíritu de descubrir, de extrañamiento, de percibir cosas que muchas veces son muy evidentes y por eso mismo pasan desapercibidas para los ojos de un adulto. Pero el niño las ve. Son tan evidentes que pasan a ser extrañas, pasa a ser como un compendio pedagógico sobre las cosas del mundo. Así que hay textos sobre los árboles, sobre los colores, la luz, el mar, las cosas, las puertas: son textos que eligen algunos objetos del mundo para hacer una reflexión poética sobre ellos, inspirada por la mirada infantil.
-Además está ilustrado por su hija.


-Sí, invité a mi hija Rosa, que en aquella época tenía tres años, para hacer las ilustraciones del libro. Me siento muy reconfortado de que el libro editado en español tenga las ilustraciones originales de ella, porque acabaron por crear una relación muy sencilla con el texto. Estoy muy contento de tener un libro en español, muy bien traducido por Héctor Bardanca, con el que tuvimos un intercambio de e-mails acerca de esa traducción. Encontró soluciones muy felices para hacer llegar a la lengua castellana textos que son difíciles. Hay muchos juegos sonoros. Muchos poemas en que el ritmo es importante, creo que han quedado muy bien.
-¿Lo escribió en la misma época de su primer disco solista, Nome?
-Sí, de hecho estaba grabándolo al mismo tiempo que escribía el libro y fue lanzado un año después, en 1993.
-¿Extraña cantar con Titãs?
-Extraño, naturalmente, pero no es "saudodismo" y ganas de querer volver. Nos encontramos a menudo y continuamos siendo amigos. A veces componemos juntos canciones, que son grabadas por ellos, o por mí. Hace poco nos encontramos en un escenario para la conmemoración de los treinta años de Titãs. Fueron dos conciertos, uno en San Pablo y otro en Río de Janeiro, en los que participé con ellos, y quedó muy bien.

La banda Titãs en la azotea del diario Folha.


PALABRAS SON COSAS. La sala de conferencias de la Biblioteca Nacional estaba repleta de público. Tal es la popularidad del cantante brasileño en Uruguay. El libro forma parte del proyecto Boca a Boca, coordinado por Gustavo Wojciechowski (Maca) y Alfredo Fonticelli, que consiste en la difusión de la literatura de Brasil en Uruguay y viceversa, a través de un convenio entre las Bibliotecas Nacionales de ambos países. En un principio serán publicados en Brasil, en lengua portuguesa, seis libros de autores uruguayos entre los que se encuentran Fernando Cabrera, Marosa di Giorgio, Felisberto Hernández, Felipe Polleri y Henry Trujillo. A su vez, en Uruguay, además de Antunes, serán publicados en español los autores brasileños Beatriz Bracher, João Anzanello Carrascoza, Raimundo Carrero, Rodrigo Lacerda y Carlos Eduardo de Magalhães.



MEC


Durante la presentación de Las cosas, realizada el 19 de marzo de 2013, el escritor Carlos Liscano, en ese entonces director de la Biblioteca Nacional, explicó que la propuesta que recibió fue que la Biblioteca Nacional de Uruguay apoyaría "a la editorial Yaugurú para publicar seis autores brasileños, en español, y la Fundación de la Biblioteca Nacional de Brasil apoyaría a la editorial brasileña Grua, para publicar seis autores uruguayos, en portugués". Destacó la importancia de la publicación de autores uruguayos en Brasil y la oportunidad de difundir la literatura brasileña en Uruguay, algo que "nunca se ha hecho".
Los organizadores informaron que Fernando Cabrera, Henry Trujillo y Felipe Polleri viajarán a Brasil a presentar los libros de los escritores uruguayos. Explicaron que el proyecto Boca a Boca ganó un Premio de los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura, permitiendo así que pueda realizarse el intercambio de escritores.
El responsable de la editorial Yaugurú, Gustavo Wojciechowski, celebró la publicación del libro de Antunes ya que "en Uruguay se conoce sólo su obra musical y nosotros queremos que también se conozca su obra literaria".



MEC


Por su parte Antunes agradeció la receptividad del público uruguayo. También notó que entre la concurrencia había muchas personas que habían presenciado su lectura de poesía en el Museo de Artes Visuales, realizada el día anterior.
Antunes contó que años después hizo un pequeño libro "que era el ejercicio opuesto a éste". Tiene cuatro hijos, de los cuales Rosa es la mayor y el menor es Tomé, de once años. "Cuando él tenía tres decía cosas encantadoras, que yo iba anotando". Entonces empezó a hacer dibujos sobre las frases de su hijo. "Después de un tiempo quedó una compilación de frases de él transcriptas e ilustradas por mí, como un proyecto familiar, íntimo". En ese entonces una editorial se acercó y le propuso publicar un libro que uniera texto con imágenes. "Me acordé de ese trabajo y se los mostré; quisieron publicarlo y resultó un pequeño libro. Es como si fuera un espejo: un libro ilustrado por mi hija mayor cuando tenía tres años, y otro que son frases de mi hijo menor cuando tenía tres años, ilustradas por mí".
Explicó que el relato de cómo surgieron estos dos libros en colaboración con sus hijos, "es sólo para decir que creo que la poesía tiene algo que ver con descubrir, con mirar, sentir el mundo. Siempre renovadamente. Siempre intentando hacer que la conciencia y la sensibilidad sea el mecanismo, la renovación, no sólo de las palabras, sino también de las cosas del mundo".


MEC

Luego Antunes leyó algunos textos de As coisas, mientras el traductor Héctor Bardanca hacía lo mismo pero en español, provocando varias veces la risa del público.
El poeta leyó "Todos", "Los colores", "Las puertas", "Las gafas" y "La montaña". A algunos de ellos, como "Perfil", "Cama y silla" y "La cultura" ("…El potrillo es el becerro de la yegua/ La batalla es el comienzo de la tregua/ Papagayo es un dragón en miniatura/ Bacterias en un medio es cultura"). Los leía marcando el ritmo con los pies, y hasta llegó a leerlos casi "rapeando".




Después de terminada la presentación la gente se acercó a la mesa para saludarlo y pedirle que le dedicara el libro. Un fan llegó hasta el poeta con la colección completa de los discos de vinilo de Titãs. Antunes, sonriente, le firmó cada uno de ellos, mientras los que lo rodeaban podían ir viendo como en una retrospectiva las tapas de los discos de la banda brasileña: Cabeça dinossauro, Jesus não tem dentes no país dos banguelas y Õ Blesq Blom.




A cada persona que pedía una dedicatoria, Antunes le preguntaba el nombre, y se lo escribía al comienzo del libro, realizando una especie de pequeño caligrama, creando una imagen con las letras. Entre los presentes quedó resonando la amabilidad y el cariño que ofreció a cada uno de sus fans.


Captura del video del tema Cultura del álbum "Nome".


Original y traducción


Arnaldo Antunes


La Cultura

El cabrito es el cordero de la cabra

El pescuezo es la barriga de la cobra

El lechón es un puerquito más nuevo

El renacuajo es el pececito del sapo

El silencio es el comienzo del papo

El bigote es la antena de la gata.

El caballo es pasto de la garrapata.

La gallina es un poquito del huevo

El deseo es el comienzo del cuerpo

Engordar es la tarea del puerco

La cigüeña es la jirafa del ganso

El perro es un lobo más manso

Lo oscuro es la mitad de la cebra

Las raíces son las venas de la savia

El camello es un caballo sin sed

Tortuga por dentro es pared

El potrillo es el becerro de la yegua

La batalla es el comienzo de la tregua

Papagayo es un dragón en miniatura

Bacterias en un medio es cultura.

(Trad. Héctor Bardanca)



Captura del video del tema Cultura del álbum "Nome".


Cultura

O girino é o peixinho do sapo

O silencio é o começo do papo

O bigode é a antena do gato

O cavalo é o pasto do carrapato

O cabrito é o cordeiro da cabra

O pescoço é a barriga da cobra

O leitão é um porquinho mais novo

A galinha é um pouquinho do ovo

O desejo é o começo do corpo

Engordar é tarefa do porco

A cegonha é a girafa do ganso

O cachorro é um lobo mais manso

O escuro é a metade da zebra

As raízes são as veias da seiva

O camelo é um cavalo sem sede

Tartaruga por dentro é parede

O potrinho é o bezerro da égua

A batalha é o começo da trégua

Papagaio é um dragão miniatura

Bactérias num meio é cultura.







En el Taller de Jar se encuentra el índice de las notas publicadas en El País Cultural.



Gracias por leer.




sábado, 17 de marzo de 2018

Crónica de un viaje a España (IV)




4ª parte.


Cuando el taxi tomó la Gran Vía respiré aliviado. El taxista no estaba dando un rodeo. Al contrario, hizo el camino más directo. Lo que ocurría era que no había podido orientarme en Madrid. Tal vez era porque en el hemisferio norte el sol hace su movimiento aparente por el cielo hacia el sur. Es decir, en Montevideo si miro al norte, veo salir al sol a mi derecha y ocultarse a mi izquierda. En el hemisferio norte es al revés: en Madrid tengo que mirar al sur para ver el tránsito del sol, y lo veo salir a mi izquierda y ocultarse a mi derecha. Creo que eso hacía que me confundiera todo el tiempo. Por esa razón pensé que el taxi iba en la dirección contraria. Me pasaba cuando salía del hostal y empezaba a caminar por San Bernardo. Siempre confundía el este con el oeste. Pero algo que sabía por haber visto el mapa era que para llegar a la estación de trenes de Chamartín yo tenía que ir por el Paseo de la Castellana y hacia allí se dirigía el taxi.
-¿De dónde es usted?- le pregunté al conductor. Una vez más aparecía el antropólogo que hay en mí.
El taxista sin reparos me dijo que era de Ecuador.
-Es grande la comunidad ecuatoriana en España- le dije, un poco preguntando.
-Más o menos, se ha ido mucha gente después de la crisis.
-Me acuerdo de haber visto un partido amistoso entre España y Ecuador en el Vicente Calderón, en el que las tribunas estaban llenas de hinchas con camisetas amarillas. Eso me llamó la atención.
El taxista recordaba bien ese partido en la cancha del Atlético de Madrid.
-Yo fui a ese partido. Fue en 2003- contestó. –Pero de toda esa cantidad de gente ahora queda la mitad-. Él había decidido quedarse. Tenía un hijo español y quizá esa era la principal razón. Quizá también el desarraigo. Siempre pienso que aquel que no le ha ido bien en su país no quiere regresar, por más difícil que sea la vida como inmigrante. También el lugar que uno dejó atrás ya no es el mismo. Recuerdo haber leído un texto del escritor Juan Carlos Onetti en el que daba ese argumento para no regresar a Montevideo después de haber vivido muchos años en el extranjero.


Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017

Giramos alrededor de la rotonda con la estatua de la Cibeles y tomamos el Paseo de la Castellana hacia el barrio de Chamartín. Eran las nueve de la mañana pero el sol caía a pleno sobre la calle. Las veredas aparecían despobladas de gente a ambos lados de la ancha avenida. Autos nuevos, de grandes luces traseras nos pasaban. El taxista, callado, manejaba a su ritmo. Yo iba con mi matera entre los pies, como si fuera en un taxi montevideano, mirando por la ventana. El viaje iba saliendo de acuerdo a lo planeado. Ahora había que encontrar el hotel dentro de la estación.
Para calmar la ansiedad saqué el tema del fútbol. El taxista no era hincha de ningún cuadro en España. Le parecía obsceno lo que ganaban los jugadores de los grandes equipos.
-Ustedes tienen a ese jugador…- me dijo sin mirarme. Sabía que se refería a Luis Suárez.
-Sí, Suárez, el que juega en el Barcelona.
-Es bueno ese.
Asentí con la cabeza, pero no esquivé el tema de lo mucho que ganan jugadores como Suárez por muy buenos que sean. Dije que estaría bueno que se distribuyera algo de ese dinero entre esa enorme mayoría de jugadores de las ligas menores que ganan muy poco. Le comenté que incluso muchos tienen que trabajar primero e ir a entrenar después, algo que es común en Uruguay.
Lo curioso es que más o menos al mismo tiempo que hablaba de esto, el taxi debió de haber pasado a un lado del Santiago Bernabeu, el estadio del hegemónico Real Madrid. Me había fijado en el mapa sobre su ubicación, pero no estaba en mis planes visitarlo. Tal vez porque el taxista no era afín al fútbol no me dijo: “mira, allí está el Bernabeu”, que además estaba de mi lado. Fue una lástima, quizá. Le habría contado que allí el mítico Peñarol de 1966 le había ganado al Madrid la final de la Copa Intercontinental 2 a 0, con goles de Juan Joya, veloz puntero izquierdo peruano y de Alberto Spencer, gran goleador ecuatoriano. Este último mantiene el récord de “máximo artillero en la historia de la Copa Libertadores” con 54 goles. Una vez en el Teatro Solís lo vimos con mi padre y nos acercamos a estrecharle la mano.


2 a 0. Gol de Spencer.

El taxi pasó por un túnel que se hundía en la profundidad de la tierra y luego, más adelante, al salir a la luz, dobló a la izquierda y allí estaba la estación, aunque parecía el estacionamiento de un centro comercial.
-¿Es acá?- pregunté. -¿Dónde está el hotel?
-No sé. Hay varios en Chamartín. Pregunte mejor a esos trabajadores
Me asomé por la ventanilla y pregunté a unos hombres que estaban por tomar un ascensor de servicio.
-Allá hay uno- me dijeron parcos, señalando al otro lado de la calle.
Le pagué al taxista y me despedí deseándole suerte. Saqué las valijas del baúl y crucé el estacionamiento. Temía no encontrar a tiempo al grupo que tomaría el Tren Negro. Además no tenía ningún teléfono de los organizadores.
Vi una entrada con puertas corredizas e intuí que era del hotel. Me mandé por la puerta y entré en un hall. Había un grupo muy risueño sentado en unos sillones frente a los ascensores.
-¿Son de la Semana Negra de Gijón?
Un par de ellos lanzaron una risotada. Fruncí el ceño y seguí mi camino sin quedarme a escuchar sus comentarios. Tomé el ascensor hasta el lobby en el primer piso y allí estaban, inconfundibles, los amantes de la novela policial.
Dejé las valijas junto a una mesa y me acerqué a saludar. Un matrimonio madrileño me invitó a sentarme con ellos. Acepté con gusto. Saqué el mate y el termo y los coloqué sobre la mesa. El hombre me miró con extrañeza. Sabía yo que aquel era un gesto exótico, pero apenas había tomado un par de mates en el hotel y el agua se enfriaba. Además de que el mate me ayudaría a despabilarme.



Como pasa a menudo, en un viaje uno ve rostros que le recuerdan a amigos o a compañeros de trabajo. Entonces, dependiendo de si el rostro de quien tienes delante te hace acordar a alguien con el que te llevas bien, tratarás a ese extraño con simpatía, lo que quizá puede ser peligroso. En cambio si el extraño te hace acordar a algún jefe autoritario que tuviste en un pasado, reaccionarás con antipatía, lo que también puede ser un error. No te agradará su rostro, pero justo es la persona que podría ayudarte y tú poniéndole cara de pocos amigos.
Con el hombre que tenía enfrente me ocurría algo parecido al primer ejemplo. Me hacía acordar vagamente a alguien conocido, con su cabeza bastante grande, su cara con barba de quince días y su remera negra con un logo relacionado con la novela negra. Me explicó mi compañero de mesa que Ángel de la Calle, el organizador, los había invitado a él y a su compañera en el Tren Negro, oportunidad que no habían dejado pasar. Conversamos un poco sobre libros, más bien de ciencia ficción, género que conozco un poco más, ya que hacía años que no leía novelas policiales.
Un hombre joven, también con una remera negra, tal era el color oficial al parecer, vio el mate y se me acercó sonriendo.
-¿Me convidás con un mate?
-Cómo no. ¿De dónde sos?
-De Argentina.
Claro, pensé, es Iñaqui Echeverría, el dibujante argentino que tengo que presentar en la Semana Negra. Le alcancé un mate y nos presentamos.


De Iñaki sabía que dibujaba y guionaba una tira cómica: “La vida de un padre abrumado”, donde cuenta las dificultades de criar a dos niñas pequeñas. Había encontrado algunas de las tiras en Internet y me habían parecido divertidos los diálogos entre el padre agotado y sin afeitar, y la niña y la bebé, siempre inquietas y ocurrentes. Iñaqui venía a la Semana Negra a presentar el libro que recopilaba estas tiras, pero también a participar de una muestra de dibujos, en los que se denunciaba el maltrato a las mujeres víctimas de la prostitución y de la trata de personas.
De pronto entre un grupito que charlaba vi a Ángel de la Calle. Me vio y levantó la mano para saludarme. Me levanté y fui hasta donde estaba él. Ángel me recibió con su habitual sonrisa. Le dije que estaba “igualito” a la última vez que lo vi en Montevideo Cómic, en 2008, con su pelo canoso y su sonrisa siempre presente. Aquel año Ángel estaba presentando una novela gráfica sobre la vida de la fotógrafa italiana Tina Modotti. En esa oportunidad entrevisté a Ángel (que puede leerse en esta página de El taller de Jar). En 2017 Ángel de la Calle había vuelto a publicar otra novela gráfica, "Pinturas de guerra", que trata sobre las desventuras de unos pintores latinoamericanos que sufrieron en carne propia la represión, la tortura y el exilio, por parte de las dictaduras cívico-militares que asolaron América Latina durante los años setentas.



Como Ángel estaba ocupado arreglando los últimos detalles antes de que el grupo de escritores y periodistas subiera al tren, me acerqué a saludar al escritor mexicano Fritz Glockner que también debía presentar en Gijón junto a los escritores argentinos. Fritz hace años que es un visitante asiduo de la Semana Negra, además de que en ella tiene un puesto de venta de libros que trae de México.
Fritz me dijo que se iba a fumar un cigarrillo y lo acompañé afuera, a un espacio al aire libre, grande como una cancha de fútbol sala, que lindaba con el hotel. El cielo estaba algo nublado, con un brillo implacable que me hacía entrecerrar los ojos. El escritor se apoyó a un macetón con plantas y se prendió un cigarrillo. Representaba los años setenta y a mucha honra, con su bigotes y su pelo largo atado en coleta. Su padre había sido parte de la guerrilla mexicana, poco conocida en América Latina. Fritz escribió el libro "Memoria roja", editado en 2007, para dar a conocer ese movimiento guerrillero.




Fritz me preguntó sobre la política en Uruguay y sobre los tupamaros, movimiento que conocía. Entonces, me acordé de algo que justo me había enterado antes de emprender el viaje, y por eso lo tenía presente en la memoria. Le conté al escritor mexicano que unas semanas atrás yo había estado en Montevideo en una charla en la fundación Vivian Trías, de la que participó Carlos Demasi, un historiador uruguayo. Demasi estudia la historia reciente de Uruguay, que comprende el período que va de los años sesenta hasta la actualidad. Después de la charla, al llegar a casa me puse a buscar en Internet información sobre los libros que escribió Demasi y me topé con una polémica en la que había estado envuelto en 2006. El historiador se encontraba dictando un curso de historia para profesores en el departamento de Salto, cuando durante la clase, este se preguntó qué había sido primero, si la guerrilla o la represión por parte del Estado. Lo que dijo en esa clase se convirtió en material para una nota de un semanario de Montevideo y allí comenzó el lío, cuando un político sintió que su partido había sido aludido y pidió a través de la prensa la destitución del historiador de su cargo de profesor. Porque en esos años, a comienzos de la década del sesenta, a los que se refería Demasi como el período en que se inició la represión desde el Estado, antecediendo al movimiento guerrillero, el partido de aquel político estaba en el gobierno.

Fundación Vivian Trías.

En una entrevista que le hicieron en una radio aquel mismo año (El Espectador, 29/8/2006)*, el historiador reafirmaba su opinión “de que la represión fue primero; la represión sobre movimientos sindicales y estudiantiles en la década de los sesenta es anterior a la emergencia de la guerrilla como fenómeno político”.
Fritz Glockner me miraba atónito cuando le contaba sobre Carlos Demasi y del cuestionamiento que hacía este del surgimiento temprano de los tupamaros a principio de los sesentas. Le conté que en aquella entrevista Demasi insistía en que aunque los ex miembros del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) fechaban el surgimiento como temprano, como “actor político” la guerrilla no apareció “hasta que las medidas prontas de seguridad ya están implantadas, en 1968”. Es decir, antes de ese año existía una guerrilla “que nunca actúa o que actúa sólo ocasionalmente y que hace movimientos tan irrelevantes que la policía la maneja como una banda de delincuentes más…”, había afirmado el historiador. Sólo cuando el MLN irrumpe en el escenario como actor político es relevante para la historia ya que “aparece en el campo de la política como un agente más”, explicó Demasi en aquel programa de radio del año 2006.
No sé si decir “pobre Fritz”, porque sin duda que no se esperaba encontrarse con aquel pesado, que venía con aquellos cuentos a desmitificar a los célebres guerrilleros uruguayos.


Foto de Álex Zapico, de la publicación de la Semana Negra, "A quemarropa".


Por suerte para Fritz Glockner apareció Ángel de la Calle llamando a los escritores para que se juntaran para sacarles una foto. Los organizadores desplegaron un cartel de la Semana Negra en el suelo e invitaron a todos a colocarse detrás. Como el cartel había estado enrollado tendía a doblarse hacia dentro en las puntas. Ángel le puso un pie encima y yo tomé el mate y lo puse en un extremo, y sonreí. Así salgo en la foto, sonriendo, y también sale mi mate. Sonreí porque lo había logrado. Un camino que había iniciado en 2008 cuando Ángel de la Calle me invitó a la Semana Negra y luego, tras el intento frustrado de 2011, allí estaba por abordar el Tren Negro, tantas veces imaginado por mí.


Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2018




En la imagen aparecen, de izquierda a derecha, de pie: Inma Luna, Ignacio del Valle, Leandro Pérez, Lorenzo Silva y Fritz Glockner. Sentados, Juan Madrid, Soffy Hénaff y Ángel de la Calle.

Uno de los fotógrafos llamó la atención a los escritores y los invitó a que lo siguieran hasta una pared gris que recibía más luz. Puso tres sillas e invitó a algunos escritores a tomar asiento. Detrás colocó a cuatro escritores más. Luego le dio a cada uno una hoja en blanco. El fotógrafo se alejó y solicitó a los escritores que levantaran las hojas y las mostraran. Pidió una sonrisa y disparó un par de veces con su cámara. Finalmente les dijo que soltaran las hojas y que las arrojaran al aire. Los demás compañeros del grupo sonreían y sacaban fotos con sus teléfonos.



De izquierda a derecha: Octavio Colis, Juan Carlos Galindo, Lorena Nosti, Fernando López, Lucio Iudicello, Daniel Mordzinski, Ricardo Vigueras, Elpidia García y Adela Mac Swiney.


Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017

Yo había ido medio regalado a la Semana Negra, preocupado más por concretar el viaje en sí. Había visto la lista de participantes de la edición 2017 pero reconocí pocos apellidos. Apenas el de los dibujantes argentinos José Muñóz y Enrique Breccia, a los que había decidido entrevistar. No conocer al resto de los autores que iban a participar de la semana hizo que se me escaparan muchas cosas.
Por ejemplo el fotógrafo que sacó la foto de los escritores contra el fondo gris, es el argentino Daniel Mordzinski, corresponsal del diario El País de España. De hecho la foto que sacó salió al otro día en el matutino español. Buscando información sobre Mordzinski encontré que en los medios lo llaman “el fotógrafo de los escritores”. Le ha sacado fotografías a José Luis Borges, a Julio Cortázar, a Ernesto Sábato, a Adolfo Bioy Casares, a Mario Benedetti, a Umberto Eco, a Octavio Paz, a Gabriel García Márquez y a muchos más. A la Semana Negra ha ido varias veces como fotógrafo, pero me parece que también por placer. Siempre lo vi sonriente y distendido, compartiendo con camaradería los almuerzos con periodistas y escritores.



Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017



Álex Zapico. "A quemarropa".

Ángel de la Calle volvió a llamar la atención del grupo y dijo que debíamos ir ya al andén. Volví al recibidor del hotel y tomé mis dos valijas. Ahí descubrí una vez más la ventaja de que tuvieran rueditas, porque el andén quedaba lejos. Tuvimos que atravesar un corredor, bajar por unas escaleras mecánicas y volver a tomar otro corredor con comercios y oficinas de agencias de viaje para por fin, llegar a los andenes. Estos estaban techados y se intercalaban con las vías, donde unos trenes largos y aerodinámicos y no tan nuevos como esperaba, aguardaban a los pasajeros. Hacía calor bajo los techos traslúcidos y la troupe de escritores se movía con dificultad arrastrando su equipaje.
Carlos Salem y Fernando López, dos escritores argentinos que se habían rezagado, llegaron corriendo por el andén llevando detrás sus valijas con ruedas. Venían riendo. Mordzinski no dudó y los fotografió en pleno vuelo.


Foto de Daniel Mordzinski, tomada de la edición en papel del diario El País de Madrid del 8 de julio de 2017.

Cuando el grupo se detuvo y me había apartado un momento para observar la gran extensión de la estación de Chamartín, apareció nuestro Tren Negro, aunque era gris metalizado. Hicimos cola y subimos al tren. Puse como pude mi valijota en un compartimiento cerca de la puerta y fui hasta el fondo del vagón. Hace años, me explicaron, el tren era todo para los escritores, pero ahora apenas le concedían un vagón. De igual manera y a pesar de las crisis económicas, el Tren Negro seguía rodando, llevando como cada año a través de los campos yermos y sedientos de la meseta castellana, a un nuevo grupo de escritores hacia la coqueta Gijón y a su incómoda Semana Negra.




Escrito en Montevideo entre el 4 de enero y el 17 de marzo de 2018.

(Sobre el viernes 7 de julio de 2017).

Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2018


Si se desea utilizar este material con fines educativos o de divulgación por favor primero comunicarse conmigo a través del correo hiperjar@gmail.com
Muchas gracias. (18/03/2018)

* El enlace a la entrevista está caído. Pero tengo la transcripción, tal como la publicó El Espectador, pasada a pdf. Si la necesitan me la piden que con gusto se las enviaré.


En el Taller de Jar se encuentra el índice de las notas publicadas en El País Cultural.



Gracias por leer.


jueves, 11 de enero de 2018

Crónica de un viaje a España (III)



La Gran Vía, Madrid. En la esquina derecha, casi tapada por la bandera,
 se ve la estatua que menciono al final de esta crónica.


3ª parte.


Escrito en Montevideo, entre el 5 de diciembre de 2017 y el 11 de enero de 2018
(Sobre el viernes 7 de julio de 2017)



A la noche volvió a llover sobre Madrid. Recuerdo haber visto desde el diminuto balcón del hostal una pareja de turistas borrachos discutiendo, abajo en la calle. Ella sostenía un paraguas, mientras su acompañante, mayor que ella, se mojaba. Él quería seguir en dirección a la Gran Vía, pero ella no. El tipo, canoso, medio pelado y con panza, era el que llevaba los pantalones, o eso era lo que él creía. Caminó un par de metros y se detuvo en la esquina. La mujer, de pollera corta, se quedó bajo el alero de la frutería cerrada. Parecía llorar. Mientras el hombre se siguió mojando. Dio unos pasos hacia ella y la llamó conciliador. La mujer esperó un poco y luego comenzó a caminar con dificultad por la acera resbaladiza hasta él. Este le pasó un brazo sobre los hombros y juntos se perdieron calle abajo.






San Bernardo se quedó tranquila después de esto. Cerré la ventana porque entraba aire fresco y me puse a armar la valija. A la mañana temprano tenía que estar en Charmartín para tomar el Tren Negro a Gijón. Puse la valija sobre la cama y empecé a guardar la ropa. Coloqué el paquete con yerba y lo sujeté con una tira. Di la vuelta a la cama y fui hasta la mesita de luz. Allí tenía los tres libros que había comprado en la librería Marcial Pons. Como me preocupaba no pasarme de peso en el vuelo de regreso me había propuesto no comprar demasiados libros. De igual manera estos salían bastante caros así que eso me ayudó a elegir sólo unos pocos. 







Había buscado a la Marcial Pons, que por fortuna quedaba cerca del hostal, porque justo unos meses antes de viajar me había topado con un video en YouTube, donde presentaban un libro homenaje al historiador español Manuel Pérez Ledesma en esa mismo librería. Yo ya tenía de Pérez Ledesma el libro “El obrero consciente”, una colección de ensayos sobre cómo se organizaron los trabajadores españoles durante la segunda mitad del siglo XIX hasta la revolución de Asturias de 1934.
Pérez Ledesma es un historiador, si se quiere rebelde, que junto a sus compañeros de generación cambió la manera de estudiar el movimiento obrero. Esto ocurrió durante la última década de la dictadura franquista y luego en las décadas que siguieron al regreso de la democracia en España.





El aquel video de Youtube del homenaje a Pérez Ledesma aparecían dos de sus amigos, también historiadores: José Álvarez Junco y Santos Juliá. Otro de sus amigos, que no estaba ese día en el homenaje, el periodista y escritor Leopoldo A. Moscoso, llamó a ese trío la Escuela revisionista de Madrid. Término que como toda etiqueta, por más que te la pongan los amigos, no es aceptado por estos historiadores.
Curioso fue aquel día en que estaba en la librería, ver entrar a una de las personas que se encontraba presidiendo la mesa en el homenaje y que yo había visto en el video. Era gracioso. ¿Había volado miles de kilómetros para ver en persona a ese señor? Me reí por dentro. En realidad no, pero no dejaba de tener gracia. Sonriente, saludé al señor, que no sabía muy bien si era el dueño o un administrador de la librería. Después me enteré que su nombre es Carlos Pascual del Pino y que es director de la Librería de Humanidades (porque antes la Marcial Pons se especializaba sólo en Derecho), desde su fundación en 1970.  A partir de 1999 dirige las ediciones de Historia de la firma.
Lo saludé a del Pino y le conté que lo había visto en Youtube y que había venido desde Uruguay (esto sí en parte es cierto), a comprar el libro homenaje a Pérez Ledesma. Algo extrañado me contó que cada tanto llegaba algún visitante uruguayo a la librería, sobre todo me hizo referencia a un ex presidente aficionado por la historia. Claro que yo sabía de quien se trataba. Luego de intercambiar algunas palabras más me saludó muy educadamente y se dirigió hacia el fondo del local.







Acomodé la ropa en la valija para hacer lugar a los libros. Tomé la bolsa de papel y guardé el de Pérez Ledesma junto a sus compañeros. Estos eran un manual de Santos Juliá sobre historia social y sociología histórica y una historia de los hombres en el siglo XX de Josep Fontana. Este historiador catalán vivía en Barcelona y yo tenía la esperanza de poder conocerlo cuando fuera más adelante a esa ciudad.







Por la ventana del hostal se notaba que había parado de llover. Prendí la tele del cuarto y me metí en la cama. Eran casi las dos de la madrugada, pero en Uruguay apenas eran las nueve y los mensajes me caían en el celular. Mariana me contaba que se había puesto a cenar una rica polenta. Me mandó fotos de los gatos durmiendo al lado de la estufa de supergás. Mi hermano Alejandro me preguntaba si ya estaba en Barcelona, y mi amigo Gelhal me escribía para saber en qué andaba. Informé sobre mi situación geo temporal y todos me desearon buenas noches y un buen viaje al Cantábrico.
Pasé los canales de la TV hasta que me topé con el final de una película erótica italiana, donde muchas mujeres se deslizaban desnudas sobre un extasiado personaje masculino. Había dado con la escena apoteósica del final. Aparecieron los títulos de la película y apagué la tele, dejando atrás esa vieja cinta del destape español del que poco había logrado llegar a nuestro propio “destapecito” uruguayo, a mediados de los ochenta. Apenas Las aventuras de Pepe Carvalho, o Solos en la madrugada y un poco más.
La luz de la calle atravesaba las cortinas. El hostal estaba en silencio. Cada tanto se escuchaba el tan-tan del metro que pasaba por debajo de la calle, imposible de oír durante el día. Pasé la mano por debajo de la almohada y me dormí.








La luz amarilla de la mañana entraba como gloria por la ventana. Ay de mí, qué mal dormido que estoy, pensé. Me levanté como pude, me afeité y salí al pasillo en busca de agua caliente para hacerme un mate. Golpeé en la puerta de la administración y salió la señora bajita. Tal vez fuera oriunda de Galicia. Me recordaba a muchas señoras que había conocido en Montevideo cuando era cartero.
Había acertado mi amigo al sugerirme ese hostal. Me habían dado un cuarto cómodo, con una buena ducha y con vista a la calle. Además las personas que atendía fueron amables conmigo. Algo que me llamó la atención fue que un muchacho de la recepción se parecía a Federico García Lorca. Aquella mañana que llegué al hostal me lo quedé mirando. ¿Acaso todos los españoles se parecen a Lorca? Claro que exagero. Ese mismo día conocí a más tipos de madrileños, como al dueño de la cafetería La concha, un hombre bajito de lentes que trabajaba sin parar hasta la hora de cierre y a su ayudante, un flaco simpático que trabajaba sobre todo detrás de la barra.
Aquel doble de García Lorca me hizo recordar mis planes de visitar la antigua residencia de estudiantes donde tanto el poeta granadino, como Buñuel, Alberti y Dalí se conocieron. Hasta había buscado en el mapa, pero mi recorrido salió para otros lados, aunque creo que no llegué a estar muy lejos de la residencia de estudiantes.









De pie, Rafael Alberti, Luis Buñuel y Federico García Lorca. La mujer es María Teresa León.



Otra de las personas que trabajaba en el hostal era un señor mayor, calvo, de nariz grande y ojos pequeños, que me recordó a mi abuelo Salvador. Hablando con él una tarde me contó que era de Zamora, una provincia del noroeste de España, que limita por el norte con la provincia de León y al oeste con la provincia de Orense, además de con Portugal. Así que no era raro que me hiciera acordar a mi abuelo gallego.
Mientras conversaba con este hombre recordé cuando mi abuelo me recitaba, haciendo gala de su gran memoria, los nombres de todas las provincias españolas, siguiendo el orden que le habían enseñado en la escuela. También se sabía de memoria los ríos de la península ibérica, que con rapidez los nombraba en el orden aprendido, que podría sonar a algo parecido a esto, leído bien rápido: Tajo, Duero, Miño, Ebro, Guadalquivir, Guadiana, Guadalete, etc.




Con mi abuelo, ya hace unos cuantos años.


A pesar de que había escuchado varias veces a mi abuelo recitar las provincias, no recordaba a Zamora. Conocía sí al jugador chileno Iván Zamorano. Me explicó aquel hombre que esa provincia fronteriza tenía una población gallega al oeste y leonés-castellana al este. Él era de esta última, me dijo con aire de superioridad. Pero el zamorano, aunque “secote”, como mi abuelo, era un tipo amable y dispuesto a dar consejos.
Mientras hablaba con él sobre si visitaba a menudo las tierras donde creció antes de mudarse a Madrid, pensaba que esta estaba compuesta por un aluvión de personas emigradas de todo el país. Como sucede con Buenos Aires o con Montevideo. Yo me había encontrado un poco con este fenómeno en la capital española y lo notaba en el acento bastante neutro de las personas con las que hablaba, o por ejemplo que el mío no generara ni rechazo ni sorpresa. De hecho escuché a varias personas en Madrid hablando con el cantito rioplatense.






El zamorano me contó que su pueblo estaba bastante despoblado y que sus nietos y sobrinos casi no pasaban por allí. Además de que muchos de los terrenos estaban sin trabajar. Y eso que era tierra fértil, me explicó. Su hermano plantaba y sacaba buenas cosechas. Dije algo como que ese fenómeno del vaciamiento del campo también pasaba en Uruguay. Le conté que mi bisabuelo había nacido en un pueblito, en la provincia de Orense. Lo sabía porque en el 2000 había entrevistado a mi abuelo y había anotado el nombre de la aldea. Cuando busqué en Internet al pueblo en los mapas y lo encontré tierra adentro, a cien kilómetros de Pontevedra, casi me caigo de espaldas. Había sólo cinco casas y cuatro eran modernas. La única vieja se conservaba quizá como reliquia del pasado. Creo que era de esas típicas construcciones que están elevadas del suelo, sobre pilares, para proteger el grano almacenado de los roedores y de la humedad.
Cuando le conté al zamorano este me dijo que no importaba que el pueblo casi no existiera, que debía ir allí, que me alquilara un auto pequeño, que era fácil llegar porque las rutas eran buenas. Pero es que no me parecía buena idea hacer ese tipo de viaje, casi religioso, al pueblito de mis ancestros. En el mapa se veían sólo maizales y montes plantados por alguna empresa forestal. No había dudas, el itinerario estaba trazado y no me apartaría de él, por lo menos al comienzo.







La señora bajita salió de la habitación donde los de la administración desayunaban, trayéndome el termo con agua caliente. Le pregunté si podían llamarme un taxi para ir a la estación de trenes, pero me dijo que no era necesario, que por San Bernardo pasaban muchos.
Agradecí por el agua caliente y volví a mi cuarto. Armé el mate y salí al balcón a despedirme del barrio. Enfrente, en el antiguo palacio de Parsent, ahora perteneciente al poder judicial, una funcionaria miraba aburrida por la ventana. A un lado, por la calle del Espíritu santo, una moto subía dando saltos por el empedrado.







Más lejos, a la altura de la Gran Vía, se veía una figura de metal, encaramada sobre el vértice de un edificio, que hacía recordar a un cristo o a un titán, y que parecía alzar sobre su cabeza un objeto que podría ser un libro.













  Después me enteraría que la estatua es de 1930 y que los madrileños la llaman “el romano”, y que lo que levanta es un pequeño templo. También averiguaría que puede ser una alegoría del ahorro.





Enceguecido por el resplandor, salí con cuidado del balcón, porque las losas del piso eran muy resbaladizas y regresé al cuarto para terminar de guardar las tres cosas que quedaban fuera de las valijas. Cerré la puerta de la habitación y fui a entregar la llave a la encargada. La saludé y le agradecí por el trato recibido. Luego bajé por última vez en el ascensor descangallado y salí a la calle. Allí me esperaba el calor del verano madrileño. No me libraría tan fácil de él. Paré un taxi, de esos pintados de blanco con una franja roja, como la camiseta del Rayo Vallecano o de la selección peruana, guardé las valijas en el baúl y me senté al lado del conductor.
- A Charmartín, a la estación de trenes- le dije. El chofer comenzó a doblar por una calle y me dije, “zas, este me va a pasear”. – ¿No es para el otro lado?- pregunté no muy convencido.
El tipo me miró y me dijo que íbamos bien. Bueno, estoy regalado, pensé, y me dispuse a ver la ciudad por la ventanilla.


















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Gracias. (12/01/2018)