El astrónomo uruguayo Javier Licandro, radicado en las islas Canarias, tiene como objeto de estudio los cuerpos menores del Sistema Solar, entre los que se incluyen los asteroides, los cometas y los objetos transneptunianos. También, fue parte del equipo científico de la misión OSIRIS REx de la NASA que trajo a la Tierra muestras de la superficie del asteroide Bennu. A su vez, Licandro forma parte del movimiento de astrónomos que brega por un cielo nocturno sin contaminación lumínica*.
Nota publicada en la revista Relaciones, en su número 459, de agosto de 2022.
Esta publicación en el blog está en construcción.
Daniel Veloso
De la gran variedad de objetos que componen el sistema solar, los asteroides, por su pequeño tamaño, parecen más simpáticos. Incluso, dan la sensación de que en un futuro los humanos puedan llegar a colonizar a alguno de ellos. Tal vez, esta simpatía esté relacionada con El principito (1943), de Antoine de Saint Exupéry, y las ilustraciones que el propio escritor dibujó para su libro. En estas ilustraciones aparecen varios asteroides, como el del Principito, donde se lo ve a este cuidando a su rosa o deshollinando a los tres volcanes de su pequeño mundo.
También Exupéry dibujó el asteroide del contador, ensimismado en su inventario de estrellas, el del rey que gobierna en su diminuto reino, el del farolero atormentado por la brevedad de las noches, o el del leñador perezoso que dejó crecer tres enormes baobabs en su planetoide. Personajes solitarios que recuerdan al arquetipo del náufrago en su isla desierta. Visto así, pareciera que la asociación de asteroides con islas resulta inevitable. Isaac Asimov debió pensar lo mismo, cuando en su novela Lucky Starr y los piratas de los asteroides (1953), imaginó el cinturón de asteroides como la guarida de bucaneros y filibusteros del espacio.
También, la idea del asteroide como isla, es decir, lugar que, aunque aislado, puede ser habitable, la encontramos cuando conversamos con el astrónomo uruguayo Javier Licandro, que estudia estos cuerpos menores del sistema solar y que vive desde hace treinta años en La Palma, una de las islas del archipiélago canario. La isla de La Palma, se recordará, fue noticia durante 2021 por la erupción del volcán Cumbre Vieja. Este volcán estuvo activo durante ochenta y cinco días, destruyendo con sus flujos de lava cientos de casas y cultivos. Incluso, obligó a cerrar por unos días los telescopios instalados en las cumbres vecinas para protegerlos de la ceniza volcánica.
Siguiendo la asociación planteada, que Javier Licandro haya terminado estudiando asteroides y viviendo en las islas Canarias parece un producto del destino. Pero la verdadera razón es sólo una: su amor por la astronomía. Sentimiento que surgió en la infancia, cuando iba muy seguido al planetario de Montevideo, del que vivía a tan sólo media cuadra.
Javier Licandro en el ACM 2017 (Asteroids, Comets, Meteors), realizado en abril de 2017, en Montevideo, en el Edificio Polifuncional "José Luis Massera" de la Universidad de la República (foto del autor).
Pasado el tiempo, al llegar a la Universidad, optó por estudiar astronomía en Facultad de Ciencias. Allí tendría como profesor a Julio Fernández, quien introduciría al joven astrónomo en el estudio de los objetos transneptunianos, así como de asteroides y cometas. Julio Fernández predijo en 1980 la existencia del Cinturón de Kuiper, una región del sistema solar, más allá de la órbita de Neptuno, poblada por pequeños cuerpos, entre los que se encuentra el planeta enano Plutón. Por esta predicción el Cinturón de Kuiper bien podría llevar el nombre de Cinturón de Fernández y no el del astrónomo holandés Gerard Kuiper, quien afirmó que tal cinturón no existía, ya que creía que Plutón había expulsado a esos objetos hacia la lejana Nube de Oort. En cambio, el astrónomo uruguayo, en un trabajo publicado en 1980 predijo que los cometas de período corto, como el Halley, provenían de una zona más allá de la órbita de Neptuno. En 1992 fue descubierto el primer objeto transneptuniano (aparte de Plutón, descubierto en 1930), con lo que se confirmó la hipótesis propuesta por Julio Fernández.
RECOLECTANDO MUESTRAS. Además de trabajar en el Instituto de Astrofísica de Canarias, donde es Coordinador del Área de Investigación, Javier Licandro forma parte del equipo de ciencia de la misión OSIRIS REx de la NASA. Esta misión consistió en hacer que una sonda espacial descendiera sobre el asteroide Bennu y tomara una muestra del terreno, hecho que ocurrió con éxito el 20 de octubre de 2020. La última fase de la misión se cumplió en setiembre de 2023 cuando la nave espacial dejó caer en la atmósfera terrestre una cápsula con las muestras.
La tarea de Licandro y de su colaboradora, la astrónoma española Julia de León, consistió en estudiar las imágenes que enviaba la nave espacial para conocer la composición de Bennu, un asteroide de 500 metros de diámetro, de la familia de las condritas carbonáceas. La importancia de estos asteroides es que preservan los materiales con los que se comenzó a formar el sistema solar. El astrónomo espera que las muestras que colectó la nave espacial permitan obtener información sobre la formación de los planetas interiores y sobre el origen del agua y de la vida en la Tierra.
Javier Licandro explica que por la baja gravedad de Bennu, la sonda no pudo orbitarlo, porque la gravedad del objeto no era suficiente para retenerla como un satélite. Entonces, la nave debió utilizar sus cohetes para cambiar de dirección continuamente y así permanecer cerca del asteroide. Luego de que la OSIRIS REx mapeara el asteroide, el equipo de la misión eligió el lugar donde esta tomaría muestras del terreno. La sonda no aterrizó, sino que se acercó hasta quedar a pocos centímetros de la superficie. Luego extendió un brazo con un colector de polvo y piedras para después disparar nitrógeno presurizado que perturbó la superficie y así pudo recoger una muestra. Para sorpresa del equipo de la NASA la sonda recogió más material del pensado, unos sesenta gramos, provocando que la cápsula no pudiera cerrarse.
Otra razón para el estudio de los NEAs, es que al ser cuerpos que tienen un contenido importante de minerales hidratados pueden aportar información sobre el origen del agua en la Tierra primitiva: “Cuando nuestro planeta se terminó de formar, probablemente acabó siendo muy seco, y cuando se enfrió la corteza terrestre, esta no tendría nada de agua”, explica el astrónomo. El agua, entonces, debió ser aportada por los cometas y asteroides que colisionaron con la Tierra primitiva.
La información que obtenga la misión OSIRIS REx sobre el contenido de agua de asteroides como Bennu, también tendrá utilidad para los futuros viajes espaciales por el sistema solar: “si queremos salir de la Tierra necesitaremos repostar combustible, que en el espacio perfectamente puede ser hidrógeno y oxígeno”. Para extraer estos elementos de los minerales de los asteroides, explica, “bastará calentarlos, para que las moléculas de agua se separen y así tendremos el combustible para nuestras naves”, afirma entusiasmado. “Hay mucho interés de compañías privadas en este tipo de cosas”, agrega.
DESMITIFICANDO. Un aspecto curioso de los asteroides, remanentes de la formación del sistema solar, es que a menudo son noticia en diarios y portales de Internet. Además, el tono en que se informa sobre sus apariciones en las cercanías de la Tierra, generalmente es sensacionalista.
En el Instituto de Astrofísica de Canarias los días de trabajo son tranquilos para los astrónomos, que se encargan de mantener los equipos, ayudar a los científicos visitantes o investigar en sus propios proyectos. Hasta que llaman los periodistas preguntando si pueden hablar con algún astrónomo sobre el “asteroide asesino”. Javier Licandro se lo toma con tranquilidad: “Cada vez que sale una noticia de que un asteroide va a chocar con la Tierra y nos va a matar a todos, me llaman a mí”, dice riendo.
El pico de llamadas se dio en diciembre de 2012 “con todo aquello del apocalipsis maya”, cuando los medios informaron que el asteroide 2012 DA14, de 45 metros de largo y unas 130 mil toneladas, pasaría el 16 de febrero de 2013 a tan sólo 27 mil kilómetros de la Tierra. Apenas la 13ª parte de la distancia a la Luna. Lo curioso, es que sin tener vinculación alguna con el 2012 DA14, y sin previo aviso, ese mismo día, más temprano, otro asteroide más pequeño, de 20 metros de largo, había explotado sobre la ciudad rusa de Cheliábinsk. La onda de choque de la explosión destruyó vidrios y ventanas causando heridas a más de ochocientas personas.
Licandro cuenta que al pasaje del asteroide 2012 DA14, se sumó que 2012 fue un año con actividad solar intensa. Fue la combinación justa para que aquel diciembre de 2012 el teléfono de la oficina de Licandro y la del astrofísico Héctor Socas no parara de sonar: “Cuando no me llamaban a mí por el asteroide asesino, lo llamaban a él por la tormenta solar que iba a arrasar la Tierra”, dice Licandro, entre risas. Los científicos, después de atender a varios periodistas y de tratar de convencerlos de que la tormenta solar y el pasaje de un asteroide cerca de la Tierra eran fenómenos habituales y que no implicaban un peligro para el planeta, imprimieron un cartel y lo pegaron a la entrada de sus despachos: el cartel advertía a los visitantes que en ese lugar, funcionaba la “Oficina del apocalipsis”.
ISLAS Y ASTEROIDES. “Soy un enamorado de la astronomía desde niño” dice Javier Licandro, convencido. Como iba muy seguido al planetario, a los dieciséis años su profesor de astronomía lo animó a acercarse a la Asociación de Aficionados a la Astronomía, que funcionaba en ese lugar. “Me asocié y empecé a hacer observaciones con telescopios y a intentar medir cosas, porque yo no quería hacer simplemente una astronomía contemplativa: yo quería medir cosas nuevas” dice con énfasis. Licandro describe la emoción que se siente al ser la primera persona en ver y medir una estrella o un planeta: “Cuando medís algo que nadie ha visto, no importa si es pequeño o gigantesco, es una sensación única”.
Al terminar el bachillerato optó por estudiar en la Facultad de Ingeniería, pero al poco tiempo empezó a dudar sobre si había tomado la decisión correcta. “Como andaba como loco con la astronomía, fui hasta la facultad de Ciencias a informarme de los cursos y a los seis meses me dije: ‘yo Ingeniería la dejo’; tenía clarísimo que era un adicto a la astronomía”. A lo largo de su carrera, Licandro ha estudiado los asteroides, desde los cercanos a la Tierra hasta los que están en la parte más externa del cinturón de asteroides. Pero también se especializa en cometas, su tesis doctoral fue sobre este tema, así como en objetos transneptunianos, sobre los que ha realizado varias publicaciones en revistas científicas.
Como las islas Canarias, ubicadas en el Océano Atlántico cerca de la costa africana, son un punto del planeta “absolutamente privilegiado para la astronomía”, varias universidades del mundo han instalado en ellas sus telescopios. Luego de su pasaje por la Universidad de la República, Javier Licandro viajó hasta Canarias para trabajar en alguno de estos telescopios. Primero se desempeñó como astrónomo soporte en el Telescopio Nazionale Galileo, luego en el británico William Herschell y finalmente en el Gran Telescopio Canarias (GTC) ubicado sobre el Roque de los Muchachos, el punto más alto de la isla La Palma. Con un espejo de 10,4 metros de diámetro es el mayor telescopio del mundo en el espectro visible y en el infrarrojo, afirma.
Explica que el astrónomo soporte tiene varias tareas, como es la de recibir a los colegas que llegan hasta La Palma para usar el telescopio, además de enseñarles cómo funciona y asesorarlos para que saquen el mayor partido del instrumento. También se encarga del mantenimiento de los telescopios desde el punto de vista científico, colabora con los ingenieros en testear que funcionen correctamente y que los resultados que se obtienen sean los esperados. Por último, debe hacer investigación: “son las tres patas del trabajo de un astrónomo soporte: el mantenimiento, el desarrollo del software para utilizar los datos y hacer ciencia. Creo que es fundamental, porque si no hacés ciencia con los instrumentos con los que trabajás es como ser carpintero y no usar las herramientas que tenés a tu cargo”.
Sobre su integración en la sociedad canaria, Javier Licandro relata que ha sido bastante sencilla: “somos muy parecidos en un montón de aspectos, en las costumbres y en la lengua; bueno, Montevideo fue fundada por canarios”, aclara. La islas Canarias son un lugar, explica, “donde en invierno la temperatura mínima es de 15 grados y la máxima en verano puede llegar a 33, con un agua de mar espectacular, y donde funciona la administración y la educación pública”, añade. “Hace treinta años que vivo allí”, dice orgulloso el astrónomo.
* (A partir del siguiente párrafo incluyo material que quedó afuera de la nota publicada en Relaciones).
La razón principal de su radicalización en Islas Canarias es de índole familiar: Licandro tiene un hijo con discapacidad “que tuvo muchas dificultades de escolarización”. Señala que en Uruguay iba a un centro de atención, de lunes a viernes, y a la escuela pública especial iba un día por semana. “Recuerdo como si fuera hoy”, relata, cuando estaba preparando el viaje para instalarse con su familia en La Palma, “de ir, en Canarias, a la consejería de educación a hablar con un funcionario y explicarle que tenía un chico con problemas, y sobre el que nos decían en Uruguay que era inescolarizable”. El funcionario le dijo que no había ningún problema, que cuando se instalaran en La Palma lo iba a examinar un equipo de profesionales y ahí decidirían si iba a ir a una escuela normal o a una especial. Licandro, no muy convencido, insistió en que su hijo tenía “problemas muy serios”. El funcionario le dijo que no se preocupara y le volvió a repetir lo mismo. Pero el astrónomo volvió a insistir sobre lo que le habían dicho de la imposibilidad de que su hijo pudiera escolarizarse. Entonces el hombre con énfasis le dijo: “¡Señor, al niño hay que escolarizarlo!”. Después de tantos años de dificultades habían conseguido un buen lugar para que su hijo pudiera estudiar: “A los dos años de estar allá, teníamos claro que no íbamos a volver”.
MÁS ALLÁ DE NEPTUNO. Otros de los objetos que fascinan a Licandro son los objetos transneptunianos. Objetos que fueron predichos por Julio Fernández. “Recuerdo muy vívidamente cuando Julio Fernández publicó en 1980 el trabajo donde dice que tiene que haber objetos en una especie de anillo por fuera de Neptuno, porque esto explicaba la existencia de una variedad de cometas de período corto. Recuerda con emoción cuando se conoció en 1992 que los investigadores David C. Jewitt y Jane X. Luu descubrieron el primer objeto transneptuniano, el 1992 QB1 Albion: “Fue muy emotivo, porque lo que había predicho Julio estaba ahí. Luego empezó a aparecer un objeto atrás del otro”.
En Canarias Licandro empezó a estudiar los transneptunianos en 2000, trabajando en el Telescopio Galileo: “Teníamos un instrumento que permite tomar espectros en la región del rojo, de objetos muy débiles, así que me puse a tomar espectros de objetos transneptunianos”. A partir de esa investigación Licandro escribió y publicó varios papers.
Unos años más tarde, en 2005, la astronomía de los cuerpos menores del sistema solar dio la bienvenida a tres objetos transneptunianos de mayor tamaño, Eris, Makemake y Haumea, que rivalizaban con Plutón, hasta entonces el noveno planeta. Por esta razón, en 2006 la asamblea de la Unión Astronómica Internacional decidiría crear una nueva categoría de cuerpos del sistema solar, la de planetas enanos, en la que incluiría a Plutón y a Ceres, el mayor objeto del cinturón de asteroides.
Licandro recuerda cuando pudo tomar el espectro de uno de estos tres grandes objetos, el de Makemake, el tercer planeta enano, en tamaño, del sistema solar. Un cuerpo helado cuyo diámetro es la mitad del de Plutón. Su órbita inclinada con respecto al plano de la eclíptica hace que su distancia al sol oscile entre 38 y 52 unidades astronómicas. Por estar tan lejos, tarda 309 años terrestres en dar una vuelta alrededor del sol.
El astrónomo recuerda que fue difícil su observación: “eran las últimas opciones que teníamos de observarlo antes de tener que esperar unos cuantos meses hasta que volviera a salir detrás del sol; entonces lo observamos a la tardecita con dos telescopios, el William Herschel y el Galileo, uno en luz visible y otro en infrarrojo”. Al otro día, temprano en la mañana, se puso en su casa a trabajar con los datos obtenidos por los telescopios y, en un momento dado, al revisar los espectros se dijo: “¡Qué raro este espectro, tiene un montón de bandas de absorción, no puede ser!”. Entonces decidió compararlo con el espectro de Plutón y era igual. Fue el primer objeto que se descubrió que tenía el mismo espectro que Plutón, es decir, el espectro señalaba que en la superficie de Makemake había también metano. Licandro rememora ese momento de mucha felicidad: “Empecé a gritar por la casa: ¡Es un Plutón, es un Plutón! Me puse como loco y vino mi esposa a ver qué me pasaba. Faltaba que me pusieran la camisa de fuerza y me llevaran”, dice riendo.
Con esos resultados publicó un artículo en una revista científica y al poco tiempo otro sobre Eris: “Los gemelos de Plutón les llamábamos en ese momento”. Eris es mayor que Makemake y ambos son de color rojo, con superficies de hielo similares a la del que fuera el noveno planeta. El color indica la presencia de materia orgánica. Licandro explica que se detectaron moléculas simples como metano, nitrógeno molecular, dióxido y monóxido de carbono. “Como esas moléculas no están protegidas de las radiaciones de alta energía, entonces se rompen, se empiezan a juntar y a formar cadenas de moléculas orgánicas mucho más complejas”. Este tipo de superficie planetaria es lo que se encuentra en los objetos transneptunianos, afirma, al igual que en los cometas. “Ahí, donde tengas hielos, los rayos cósmicos o la radiación ultravioleta del sol va a dar lugar a la formación de moléculas complejas”. Explica que el color rojo de la superficie se debe a la formación de un tipo de moléculas llamadas tolinas.
Plutón, fotografiado por la sonda New Horizons en 2015.
El color oscuro de varios de los objetos transneptunianos, entro los que se encuentra Plutón, recuerda a las moléculas orgánicas obtenidas por el experimento que en 1953 hicieron Stanley Miller y Harold Urey. En el experimento usaron agua, metano, amoníaco, dióxido de carbono, nitrógeno e hidrógeno, para simular la atmósfera primitiva de la Tierra y después le aplicaron descargas de electricidad. Una semana más tarde obtuvieron moléculas orgánicas entre las que se encontraban aminoácidos.
Licandro relata que muchos objetos transneptunianos son muy oscuros “porque las primeras moléculas orgánicas que se forman son rojas, luego se van oscureciendo y con el tiempo se procesan más y queda una brea. El lugar queda cubierto con una capa finita, no estamos hablando de petróleo, estamos hablando de una finísima capa de brea que lo cubre todo y hace que esos objetos aparezcan muy oscuros, sino serían brillantes. Cuando tenés algún proceso que rejuvenece la superficie, que por alguna razón la cubre con hielos provenientes del interior, como le pasa a Plutón, la superficie queda muy brillante. Eso es una cosa que en Uruguay no lo podés poner como ejemplo, pero cualquiera que viva en un lugar donde cae nieve sabe muy bien que esta, cuando está limpia, es muy reflectante. Pero en cuanto se llena de polvo se queda negra”.
El hecho de que estos planetas enanos tengan actividad geológica sorprendió a los científicos. Esto fue comprobado gracias a las imágenes que enviara de Plutón la sonda espacial New Horizons en 2015. Licandro reconoce que las fotografías de Plutón los tomaron por sorpresa, pero no demasiado: “sabíamos que algo de actividad geológica tenía que tener”. El hecho de que refleje mucho la luz del sol daba la pista de que la superficie se estaba rejuveneciendo. La clave para comprender este rejuvenecimiento está en que estos cuerpos están formados básicamente de hielo. “El agua, en determinadas condiciones, mezclada con otros materiales, incluso a esas distancias y a esas temperaturas tan bajas, puede mantenerse líquida. Entonces, si hay agua por debajo de una corteza congelada, en cuanto haya una rotura de la corteza, aquella empezará a fluir. En términos geológicos, parte de la superficie de Plutón es nueva, geológicamente, de ayer, de apenas unos miles de años”, asevera.
ANTIGUAS MIGRACIONES. Cuando Javier Licandro era niño, no existían las fotografías de los asteroides y los libros traían ilustraciones de cómo imaginaban los dibujantes sus superficies. Quizá hubiera representaciones en las películas de ciencia ficción de los asteroides, donde se los podía ver repletos de cráteres de impacto. Ya en su adolescencia pudo ver imágenes de los planetas exteriores que enviaron las sondas Voyager: “Recuerdo las espectaculares fotos de Júpiter y de Saturno”, dice con entusiasmo. “Es que pertenezco a la generación de las Voyager, y también a la de Cosmos”, dice sonriendo, en referencia a la serie de televisión y al libro, escritos por el astrónomo y divulgador Carl Sagan.
Sin embargo, aún se tendría que esperar hasta la década de los noventa para que una sonda espacial fotografiara un asteroide. El primero sería el asteroide Gaspra, fotografiado en 1991 por la sonda Galileo mientras se dirigía a Júpiter. Más adelante, las agencias espaciales enviarían sondas al cinturón de asteroides, como las sondas japonesas Hayabusa al asteroide Itokawa en 2005, y Rygu en 2019; o la sonda Dawn de la NASA, que visitó entre 2011 y 2016 a Vesta y a Ceres. En este último, el cuerpo mayor del cinturón de asteroides y hoy catalogado como planeta enano, se descubrió hielo de agua en su superficie. En seguida varios astrónomos se preguntaron si acaso Ceres no sería un planeta transneptuniano que migró hacia el sistema solar interior. Licandro dice que todavía están intentando comprender el fenómeno de la migración de los cuerpos menores. “Ocurre que todos los asteroides son restos de la formación de los planetas. Ladrillos con los que se formaron estos, y lo que quedó de estos ladrillos, lo que no se usó, o lo que no se llegó a usar para formar los planetas, evolucionó de una manera diferente. El material del que están hecho los asteroides se transformó mucho menos que el material que está en los planetas, que claro, el material que está en un planeta se compacta muchísimo más. Además de los cambios químicos y físicos que sufren. Cuando los cuerpos son pequeños y la gravedad no es mucha, el material se aprieta un poco, se acomoda y se queda tal cual”, explica.
Por esta razón, “dado que los cuerpos se forman en un disco alrededor del sol, y la composición de ese disco y las condiciones de temperatura dependen de la distancia a aquel”, entonces, explica, si los asteroides se hubieran formado en las posiciones donde se encuentran hoy, tendríamos que encontrar objetos de composición parecida a la misma distancia con respecto al sol.
Explica que en la región de los planetas terrestres y, “hasta un poquito más allá de Marte”, se encuentran asteroides denominados rocosos, compuestos de rocas, piedras y metal. “Cuanto más te alejás tenés un tipo de asteroide que son de agregados, como la acumulación de pequeñas piedritas, mucho polvo, e incluso hielo, que son los que estamos descubriendo”.
Los astrónomos esperarían encontrar que los asteroides que encuentran hayan permanecido en esas regiones cercanas al sol, desde la formación del sistema solar. Pero si fuera así “los encontraríamos secos”, debido a que cerca de una estrella el agua en los cuerpos planetarios se encuentra en forma de gas, “y a medida que te alejás encontrás más contenido de agua”. A rasgos generales esa premisa se cumple, dice, “pero hay asteroides con agua y composición muy primitiva dentro de la región de los planetas terrestres”. Ceres es el prototipo de este tipo de asteroides anómalos, de los cuales no se sabe si se formaron cerca del sol o provienen de fuera del sistema solar. Licandro afirma que aún no se conoce con certeza si el planeta enano posee una capa de agua por debajo de la superficie: “Todos los trabajos de la gente que estudia la dinámica del sistema solar te están mostrando que puede haber habido, y seguramente la hubo, una migración de objetos dentro del sistema solar. Hay muchas pruebas para mostrar que hay mucho material del interior que se fue para afuera y viceversa”.
Esa migración incluso pudo comenzar al comienzo del sistema solar, “cuando todavía no eran asteroides”. Estos objetos “primitivos”, que están un poco más afuera de la región de los planetas terrestres, “producen un tipo de meteoritos que se llaman condritas carbonáceas. Se llaman así porque tienen unos esferoides, unas esférulas, conocidas como cóndrulos. Esos cóndrulos son gotitas de aluminio o de calcio, que se fundieron en las primeras épocas, hace 3.800 o 4.000 millones de años, por algo que le pasó al sol muy joven, que llegó a calentar una región y a derretir ese material que estaba en forma de piedritas. El calor produjo gotitas de material y este migró hacia fuera y se mezcló con el material más primitivo, formando condritas y en especial las condritas carbonáceas. Se llaman carbonáceas porque tienen alto contenido de carbono”.
Javier Licandro señala que los astrónomos poseen un panorama muy claro de que los pequeños cuerpos del sistema solar han migrado en el pasado, moviéndose desde el interior hacia fuera y viceversa: “¿Cómo explicar dónde está Ceres ahora? Puede ser que se haya formado en esas condiciones en esa región o puede ser que haya venido de más afuera. Hipótesis hay muchas para esa región. Yo apostaría por que se ha formado ahí, pero hay quienes creen que se formó fuera”.












































