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lunes, 19 de enero de 2026

Amor por la astronomía


El astrónomo uruguayo Javier Licandro, radicado en las islas Canarias, tiene como objeto de estudio los cuerpos menores del Sistema Solar, entre los que se incluyen los asteroides, los cometas y los objetos transneptunianos. También, fue parte del equipo científico de la misión OSIRIS REx de la NASA que trajo a la Tierra muestras de la superficie del asteroide Bennu. A su vez, Licandro forma parte del movimiento de astrónomos que brega por un cielo nocturno sin contaminación lumínica*.


Nota publicada en la revista Relaciones, en su número 459, de agosto de 2022.


Esta publicación en el blog está en construcción.


Daniel Veloso


De la gran variedad de objetos que componen el sistema solar, los asteroides, por su pequeño tamaño, parecen más simpáticos. Incluso, dan la sensación de que en un futuro los humanos puedan llegar a colonizar a alguno de ellos. Tal vez, esta simpatía esté relacionada con El principito (1943), de Antoine de Saint Exupéry, y las ilustraciones que el propio escritor dibujó para su libro. En estas ilustraciones aparecen varios asteroides, como el del Principito, donde se lo ve a este cuidando a su rosa o deshollinando a los tres volcanes de su pequeño mundo. 




También Exupéry dibujó el asteroide del contador, ensimismado en su inventario de estrellas, el del rey que gobierna en su diminuto reino, el del farolero atormentado por la brevedad de las noches, o el del leñador perezoso que dejó crecer tres enormes baobabs en su planetoide. Personajes solitarios que recuerdan al arquetipo del náufrago en su isla desierta. Visto así, pareciera que la asociación de asteroides con islas resulta inevitable. Isaac Asimov debió pensar lo mismo, cuando en su novela Lucky Starr y los piratas de los asteroides (1953), imaginó el cinturón de asteroides como la guarida de bucaneros y filibusteros del espacio.




También, la idea del asteroide como isla, es decir, lugar que, aunque aislado, puede ser habitable, la encontramos cuando conversamos con el astrónomo uruguayo Javier Licandro, que estudia estos cuerpos menores del sistema solar y que vive desde hace treinta años en La Palma, una de las islas del archipiélago canario. La isla de La Palma, se recordará, fue noticia durante 2021 por la erupción del volcán Cumbre Vieja. Este volcán estuvo activo durante ochenta y cinco días, destruyendo con sus flujos de lava cientos de casas y cultivos. Incluso, obligó a cerrar por unos días los telescopios instalados en las cumbres vecinas para protegerlos de la ceniza volcánica.

Siguiendo la asociación planteada, que Javier Licandro haya terminado estudiando asteroides y viviendo en las islas Canarias parece un producto del destino. Pero la verdadera razón es sólo una: su amor por la astronomía. Sentimiento que surgió en la infancia, cuando iba muy seguido al planetario de Montevideo, del que vivía a tan sólo media cuadra.


Javier Licandro en el ACM 2017 (Asteroids, Comets, Meteors), realizado en abril de 2017, en Montevideo, en el Edificio Polifuncional "José Luis Massera" de la Universidad de la República (foto del autor).


Pasado el tiempo, al llegar a la Universidad, optó por estudiar astronomía en Facultad de Ciencias. Allí tendría como profesor a Julio Fernández, quien introduciría al joven astrónomo en el estudio de los objetos transneptunianos, así como de asteroides y cometas. Julio Fernández predijo en 1980 la existencia del Cinturón de Kuiper, una región del sistema solar, más allá de la órbita de Neptuno, poblada por pequeños cuerpos, entre los que se encuentra el planeta enano Plutón. Por esta predicción el Cinturón de Kuiper bien podría llevar el nombre de Cinturón de Fernández y no el del astrónomo holandés Gerard Kuiper, quien afirmó que tal cinturón no existía, ya que creía que Plutón había expulsado a esos objetos hacia la lejana Nube de Oort. En cambio, el astrónomo uruguayo, en un trabajo publicado en 1980 predijo que los cometas de período corto, como el Halley, provenían de una zona más allá de la órbita de Neptuno. En 1992 fue descubierto el primer objeto transneptuniano (aparte de Plutón, descubierto en 1930), con lo que se confirmó la hipótesis propuesta por Julio Fernández.



RECOLECTANDO MUESTRAS. Además de trabajar en el Instituto de Astrofísica de Canarias, donde es Coordinador del Área de Investigación, Javier Licandro forma parte del equipo de ciencia de la misión OSIRIS REx de la NASA. Esta misión consistió en hacer que una sonda espacial descendiera sobre el asteroide Bennu y tomara una muestra del terreno, hecho que ocurrió con éxito el 20 de octubre de 2020. La última fase de la misión se cumplió en setiembre de 2023 cuando la nave espacial dejó caer en la atmósfera terrestre una cápsula con las muestras.

La tarea de Licandro y de su colaboradora, la astrónoma española Julia de León, consistió en estudiar las imágenes que enviaba la nave espacial para conocer la composición de Bennu, un asteroide de 500 metros de diámetro, de la familia de las condritas carbonáceas. La importancia de estos asteroides es que preservan los materiales con los que se comenzó a formar el sistema solar. El astrónomo espera que las muestras que colectó la nave espacial permitan obtener información sobre la formación de los planetas interiores y sobre el origen del agua y de la vida en la Tierra.


El asteroide Bennu. NASA/Goddard/University of Arizona

Javier Licandro explica que por la baja gravedad de Bennu, la sonda no pudo orbitarlo, porque la gravedad del objeto no era suficiente para retenerla como un satélite. Entonces, la nave debió utilizar sus cohetes para cambiar de dirección continuamente y así permanecer cerca del asteroide. Luego de que la OSIRIS REx mapeara el asteroide, el equipo de la misión eligió el lugar donde esta tomaría muestras del terreno. La sonda no aterrizó, sino que se acercó hasta quedar a pocos centímetros de la superficie. Luego extendió un brazo con un colector de polvo y piedras para después disparar nitrógeno presurizado que perturbó la superficie y así pudo recoger una muestra. Para sorpresa del equipo de la NASA la sonda recogió más material del pensado, unos sesenta gramos, provocando que la cápsula no pudiera cerrarse. 


NASA/Goddard/University of Arizona

En un primer momento se temió que la muestra se perdiera, ya que las cámaras a bordo de la sonda mostraron cómo las pequeñas piedras se escapaban, flotando por el espacio. Finalmente, la cápsula consiguió cerrarse para alivio de los científicos. Licandro explica que el material recolectado será una novedad para los astrónomos ya que este “difícilmente sobrevive a la entrada a la atmósfera terrestre y llega al suelo como meteorito”. Ese es el punto clave de la misión: “traer ese material de un valor incalculable a la Tierra para poder estudiarlo”. El valioso cargamento que trajo en su viaje de regreso la OSIRIS REx, llegó a la Tierra el 24 de setiembre de 2023, cuando la sonda espacial dejó caer la cápsula que lo contenía, en la atmósfera terrestre.



Otro de los factores que hacen importante el estudio de Bennu, es que es un asteroide “potencialmente peligroso, porque es de los que se acercan mucho a nuestro planeta”, dice Licandro. Además, al tener Bennu una órbita casi coplanar con la Tierra, a menudo cruza la órbita de esta, y por ello se le considera un objeto peligroso. El astrónomo señala que estos asteroides, conocidos como NEAs (acrónimo inglés de Near Earth Asteroid) tienen la ventaja de ser accesibles: “por eso vamos a estudiar a Bennu, porque está cerca”, aclara.



Otra razón para el estudio de los NEAs, es que al ser cuerpos que tienen un contenido importante de minerales hidratados pueden aportar información sobre el origen del agua en la Tierra primitiva: “Cuando nuestro planeta se terminó de formar, probablemente acabó siendo muy seco, y cuando se enfrió la corteza terrestre, esta no tendría nada de agua”, explica el astrónomo. El agua, entonces, debió ser aportada por los cometas y asteroides que colisionaron con la Tierra primitiva.

La información que obtenga la misión OSIRIS REx sobre el contenido de agua de asteroides como Bennu, también tendrá utilidad para los futuros viajes espaciales por el sistema solar: “si queremos salir de la Tierra necesitaremos repostar combustible, que en el espacio perfectamente puede ser hidrógeno y oxígeno”. Para extraer estos elementos de los minerales de los asteroides, explica, “bastará calentarlos, para que las moléculas de agua se separen y así tendremos el combustible para nuestras naves”, afirma entusiasmado. “Hay mucho interés de compañías privadas en este tipo de cosas”, agrega.


Representación de la nave espacial OSIRIS-REx descendiendo hacia el asteroide Bennu para recolectar una muestra. NASA/Universidad de Arizona

DESMITIFICANDO. Un aspecto curioso de los asteroides, remanentes de la formación del sistema solar, es que a menudo son noticia en diarios y portales de Internet. Además, el tono en que se informa sobre sus apariciones en las cercanías de la Tierra, generalmente es sensacionalista.

En el Instituto de Astrofísica de Canarias los días de trabajo son tranquilos para los astrónomos, que se encargan de mantener los equipos, ayudar a los científicos visitantes o investigar en sus propios proyectos. Hasta que llaman los periodistas preguntando si pueden hablar con algún astrónomo sobre el “asteroide asesino”. Javier Licandro se lo toma con tranquilidad: “Cada vez que sale una noticia de que un asteroide va a chocar con la Tierra y nos va a matar a todos, me llaman a mí”, dice riendo. 


Imagen capturada el 23 de julio de 2012 que muestra una eyección de masa coronal (CME) que abandonó el Sol a velocidades inusualmente altas, superiores a 2.900 kilómetros por segundo (NASA/STEREO).


El pico de llamadas se dio en diciembre de 2012 “con todo aquello del apocalipsis maya”, cuando los medios informaron que el asteroide 2012 DA14, de 45 metros de largo y unas 130 mil toneladas, pasaría el 16 de febrero de 2013 a tan sólo 27 mil kilómetros de la Tierra. Apenas la 13ª parte de la distancia a la Luna. Lo curioso, es que sin tener vinculación alguna con el 2012 DA14, y sin previo aviso, ese mismo día, más temprano, otro asteroide más pequeño, de 20 metros de largo, había explotado sobre la ciudad rusa de Cheliábinsk. La onda de choque de la explosión destruyó vidrios y ventanas causando heridas a más de ochocientas personas.


Foto de Héctor Socas Navarro

Licandro cuenta que al pasaje del asteroide 2012 DA14, se sumó que 2012 fue un año con actividad solar intensa. Fue la combinación justa para que aquel diciembre de 2012 el teléfono de la oficina de Licandro y la del astrofísico Héctor Socas no parara de sonar: “Cuando no me llamaban a mí por el asteroide asesino, lo llamaban a él por la tormenta solar que iba a arrasar la Tierra”, dice Licandro, entre risas. Los científicos, después de atender a varios periodistas y de tratar de convencerlos de que la tormenta solar y el pasaje de un asteroide cerca de la Tierra eran fenómenos habituales y que no implicaban un peligro para el planeta, imprimieron un cartel y lo pegaron a la entrada de sus despachos: el cartel advertía a los visitantes que en ese lugar, funcionaba la “Oficina del apocalipsis”.


Este mapa muestra las diversas características de la superficie de Bennu, cuyos nombres fueron aprobados por la Unión Astronómica Internacional (UAI). Las características de la superficie del asteroide, como cráteres, dorsas (picos o crestas), fosas (surcos o trincheras) y saxas (rocas y cantos rodados), reciben su nombre de aves y criaturas mitológicas similares a ellas. Explora las características de la superficie y el origen de sus nombres aquí. Información y créditos por la imágen: NASA/Goddard/Universidad de Arizona


ISLAS Y ASTEROIDES. “Soy un enamorado de la astronomía desde niño” dice Javier Licandro, convencido. Como iba muy seguido al planetario, a los dieciséis años su profesor de astronomía lo animó a acercarse a la Asociación de Aficionados a la Astronomía, que funcionaba en ese lugar. “Me asocié y empecé a hacer observaciones con telescopios y a intentar medir cosas, porque yo no quería hacer simplemente una astronomía contemplativa: yo quería medir cosas nuevas” dice con énfasis. Licandro describe la emoción que se siente al ser la primera persona en ver y medir una estrella o un planeta: “Cuando medís algo que nadie ha visto, no importa si es pequeño o gigantesco, es una sensación única”.

Al terminar el bachillerato optó por estudiar en la Facultad de Ingeniería, pero al poco tiempo empezó a dudar sobre si había tomado la decisión correcta. “Como andaba como loco con la astronomía, fui hasta la facultad de Ciencias a informarme de los cursos y a los seis meses me dije: ‘yo Ingeniería la dejo’; tenía clarísimo que era un adicto a la astronomía”. A lo largo de su carrera, Licandro ha estudiado los asteroides, desde los cercanos a la Tierra hasta los que están en la parte más externa del cinturón de asteroides. Pero también se especializa en cometas, su tesis doctoral fue sobre este tema, así como en objetos transneptunianos, sobre los que ha realizado varias publicaciones en revistas científicas.

Como las islas Canarias, ubicadas en el Océano Atlántico cerca de la costa africana, son un punto del planeta “absolutamente privilegiado para la astronomía”, varias universidades del mundo han instalado en ellas sus telescopios. Luego de su pasaje por la Universidad de la República, Javier Licandro viajó hasta Canarias para trabajar en alguno de estos telescopios. Primero se desempeñó como astrónomo soporte en el Telescopio Nazionale Galileo, luego en el británico William Herschell y finalmente en el Gran Telescopio Canarias (GTC) ubicado sobre el Roque de los Muchachos, el punto más alto de la isla La Palma. Con un espejo de 10,4 metros de diámetro es el mayor telescopio del mundo en el espectro visible y en el infrarrojo, afirma. 

Observatorio del Roque de los Muchachos

Explica que el astrónomo soporte tiene varias tareas, como es la de recibir a los colegas que llegan hasta La Palma para usar el telescopio, además de enseñarles cómo funciona y asesorarlos para que saquen el mayor partido del instrumento. También se encarga del mantenimiento de los telescopios desde el punto de vista científico, colabora con los ingenieros en testear que funcionen correctamente y que los resultados que se obtienen sean los esperados. Por último, debe hacer investigación: “son las tres patas del trabajo de un astrónomo soporte: el mantenimiento, el desarrollo del software para utilizar los datos y hacer ciencia. Creo que es fundamental, porque si no hacés ciencia con los instrumentos con los que trabajás es como ser carpintero y no usar las herramientas que tenés a tu cargo”. 

Sobre su integración en la sociedad canaria, Javier Licandro relata que ha sido bastante sencilla: “somos muy parecidos en un montón de aspectos, en las costumbres y en la lengua; bueno, Montevideo fue fundada por canarios”, aclara. La islas Canarias son un lugar, explica, “donde en invierno la temperatura mínima es de 15 grados y la máxima en verano puede llegar a 33, con un agua de mar espectacular, y donde funciona la administración y la educación pública”, añade. “Hace treinta años que vivo allí”, dice orgulloso el astrónomo.

* (A partir del siguiente párrafo incluyo material que quedó afuera de la nota publicada en Relaciones).

La razón principal de su radicalización en Islas Canarias es de índole familiar: Licandro tiene un hijo con discapacidad “que tuvo muchas dificultades de escolarización”. Señala que en Uruguay iba a un centro de atención, de lunes a viernes, y a la escuela pública especial iba un día por semana. “Recuerdo como si fuera hoy”, relata, cuando estaba preparando el viaje para instalarse con su familia en La Palma, “de ir, en Canarias, a la consejería de educación a hablar con un funcionario y explicarle que tenía un chico con problemas, y sobre el que nos decían en Uruguay que era inescolarizable”. El funcionario le dijo que no había ningún problema, que cuando se instalaran en La Palma lo iba a examinar un equipo de profesionales y ahí decidirían si iba a ir a una escuela normal o a una especial. Licandro, no muy convencido, insistió en que su hijo tenía “problemas muy serios”. El funcionario le dijo que no se preocupara y le volvió a repetir lo mismo. Pero el astrónomo volvió a insistir sobre lo que le habían dicho de la imposibilidad de que su hijo pudiera escolarizarse. Entonces el hombre con énfasis le dijo: “¡Señor, al niño hay que escolarizarlo!”. Después de tantos años de dificultades habían conseguido un buen lugar para que su hijo pudiera estudiar: “A los dos años de estar allá, teníamos claro que no íbamos a volver”.


MÁS ALLÁ DE NEPTUNO. Otros de los objetos que fascinan a Licandro son los objetos transneptunianos. Objetos que fueron predichos por Julio Fernández. “Recuerdo muy vívidamente cuando Julio Fernández publicó en 1980 el trabajo donde dice que tiene que haber objetos en una especie de anillo por fuera de Neptuno, porque esto explicaba la existencia de una variedad de cometas de período corto. Recuerda con emoción cuando se conoció en 1992 que los investigadores David C. Jewitt y Jane X. Luu descubrieron el primer objeto transneptuniano, el 1992 QB1 Albion: “Fue muy emotivo, porque lo que había predicho Julio estaba ahí. Luego empezó a aparecer un objeto atrás del otro”.





En Canarias Licandro empezó a estudiar los transneptunianos en 2000, trabajando en el Telescopio Galileo: “Teníamos un instrumento que permite tomar espectros en la región del rojo, de objetos muy débiles, así que me puse a tomar espectros de objetos transneptunianos”. A partir de esa investigación Licandro escribió y publicó varios papers.

Unos años más tarde, en 2005, la astronomía de los cuerpos menores del sistema solar dio la bienvenida a tres objetos transneptunianos de mayor tamaño, Eris, Makemake y Haumea, que rivalizaban con Plutón, hasta entonces el noveno planeta. Por esta razón, en 2006 la asamblea de la Unión Astronómica Internacional decidiría crear una nueva categoría de cuerpos del sistema solar, la de planetas enanos, en la que incluiría a Plutón y a Ceres, el mayor objeto del cinturón de asteroides.

Licandro recuerda cuando pudo tomar el espectro de uno de estos tres grandes objetos, el de Makemake, el tercer planeta enano, en tamaño, del sistema solar. Un cuerpo helado cuyo diámetro es la mitad del de Plutón. Su órbita inclinada con respecto al plano de la eclíptica hace que su distancia al sol oscile entre 38 y 52 unidades astronómicas. Por estar tan lejos, tarda 309 años terrestres en dar una vuelta alrededor del sol.

El astrónomo recuerda que fue difícil su observación: “eran las últimas opciones que teníamos de observarlo antes de tener que esperar unos cuantos meses hasta que volviera a salir detrás del sol; entonces lo observamos a la tardecita con dos telescopios, el William Herschel y el Galileo, uno en luz visible y otro en infrarrojo”. Al otro día, temprano en la mañana, se puso en su casa a trabajar con los datos obtenidos por los telescopios y, en un momento dado, al revisar los espectros se dijo: “¡Qué raro este espectro, tiene un montón de bandas de absorción, no puede ser!”. Entonces decidió compararlo con el espectro de Plutón y era igual. Fue el primer objeto que se descubrió que tenía el mismo espectro que Plutón, es decir, el espectro señalaba que en la superficie de Makemake había también metano. Licandro rememora ese momento de mucha felicidad: “Empecé a gritar por la casa: ¡Es un Plutón, es un Plutón! Me puse como loco y vino mi esposa a ver qué me pasaba. Faltaba que me pusieran la camisa de fuerza y me llevaran”, dice riendo.

Con esos resultados publicó un artículo en una revista científica y al poco tiempo otro sobre Eris: “Los gemelos de Plutón les llamábamos en ese momento”. Eris es mayor que Makemake y ambos son de color rojo, con superficies de hielo similares a la del que fuera el noveno planeta. El color indica la presencia de materia orgánica. Licandro explica que se detectaron moléculas simples como metano, nitrógeno molecular, dióxido y monóxido de carbono. “Como esas moléculas no están protegidas de las radiaciones de alta energía, entonces se rompen, se empiezan a juntar y a formar cadenas de moléculas orgánicas mucho más complejas”. Este tipo de superficie planetaria es lo que se encuentra en los objetos transneptunianos, afirma, al igual que en los cometas. “Ahí, donde tengas hielos, los rayos cósmicos o la radiación ultravioleta del sol va a dar lugar a la formación de moléculas complejas”. Explica que el color rojo de la superficie se debe a la formación de un tipo de moléculas llamadas tolinas.


Plutón, fotografiado por la sonda New Horizons en 2015.


El color oscuro de varios de los objetos transneptunianos, entro los que se encuentra Plutón, recuerda a las moléculas orgánicas obtenidas por el experimento que en 1953 hicieron Stanley Miller y Harold Urey. En el experimento usaron agua, metano, amoníaco, dióxido de carbono, nitrógeno e hidrógeno, para simular la atmósfera primitiva de la Tierra y después le aplicaron descargas de electricidad. Una semana más tarde obtuvieron moléculas orgánicas entre las que se encontraban aminoácidos.

Licandro relata que muchos objetos transneptunianos son muy oscuros “porque las primeras moléculas orgánicas que se forman son rojas, luego se van oscureciendo y con el tiempo se procesan más y queda una brea. El lugar queda cubierto con una capa finita, no estamos hablando de petróleo, estamos hablando de una finísima capa de brea que lo cubre todo y hace que esos objetos aparezcan muy oscuros, sino serían brillantes. Cuando tenés algún proceso que rejuvenece la superficie, que por alguna razón la cubre con hielos provenientes del interior, como le pasa a Plutón, la superficie queda muy brillante. Eso es una cosa que en Uruguay no lo podés poner como ejemplo, pero cualquiera que viva en un lugar donde cae nieve sabe muy bien que esta, cuando está limpia, es muy reflectante. Pero en cuanto se llena de polvo se queda negra”.

El hecho de que estos planetas enanos tengan actividad geológica sorprendió a los científicos. Esto fue comprobado gracias a las imágenes que enviara de Plutón la sonda espacial New Horizons en 2015. Licandro reconoce que las fotografías de Plutón los tomaron por sorpresa, pero no demasiado: “sabíamos que algo de actividad geológica tenía que tener”. El hecho de que refleje mucho la luz del sol daba la pista de que la superficie se estaba rejuveneciendo. La clave para comprender este rejuvenecimiento está en que estos cuerpos están formados básicamente de hielo. “El agua, en determinadas condiciones, mezclada con otros materiales, incluso a esas distancias y a esas temperaturas tan bajas, puede mantenerse líquida. Entonces, si hay agua por debajo de una corteza congelada, en cuanto haya una rotura de la corteza, aquella empezará a fluir. En términos geológicos, parte de la superficie de Plutón es nueva, geológicamente, de ayer, de apenas unos miles de años”, asevera.


ANTIGUAS MIGRACIONES. Cuando Javier Licandro era niño, no existían las fotografías de los asteroides y los libros traían ilustraciones de cómo imaginaban los dibujantes sus superficies. Quizá hubiera representaciones en las películas de ciencia ficción de los asteroides, donde se los podía ver repletos de cráteres de impacto. Ya en su adolescencia pudo ver imágenes de los planetas exteriores que enviaron las sondas Voyager: “Recuerdo las espectaculares fotos de Júpiter y de Saturno”, dice con entusiasmo. “Es que pertenezco a la generación de las Voyager, y también a la de Cosmos”, dice sonriendo, en referencia a la serie de televisión y al libro, escritos por el astrónomo y divulgador Carl Sagan.

Sin embargo, aún se tendría que esperar hasta la década de los noventa para que una sonda espacial fotografiara un asteroide. El primero sería el asteroide Gaspra, fotografiado en 1991 por la sonda Galileo mientras se dirigía a Júpiter. Más adelante, las agencias espaciales enviarían sondas al cinturón de asteroides, como las sondas japonesas Hayabusa al asteroide Itokawa en 2005, y Rygu en 2019; o la sonda Dawn de la NASA, que visitó entre 2011 y 2016 a Vesta y a Ceres. En este último, el cuerpo mayor del cinturón de asteroides y hoy catalogado como planeta enano, se descubrió hielo de agua en su superficie. En seguida varios astrónomos se preguntaron si acaso Ceres no sería un planeta transneptuniano que migró hacia el sistema solar interior. Licandro dice que todavía están intentando comprender el fenómeno de la migración de los cuerpos menores. “Ocurre que todos los asteroides son restos de la formación de los planetas. Ladrillos con los que se formaron estos, y lo que quedó de estos ladrillos, lo que no se usó, o lo que no se llegó a usar para formar los planetas, evolucionó de una manera diferente. El material del que están hecho los asteroides se transformó mucho menos que el material que está en los planetas, que claro, el material que está en un planeta se compacta muchísimo más. Además de los cambios químicos y físicos que sufren. Cuando los cuerpos son pequeños y la gravedad no es mucha, el material se aprieta un poco, se acomoda y se queda tal cual”, explica.

Por esta razón, “dado que los cuerpos se forman en un disco alrededor del sol, y la composición de ese disco y las condiciones de temperatura dependen de la distancia a aquel”, entonces, explica, si los asteroides se hubieran formado en las posiciones donde se encuentran hoy, tendríamos que encontrar objetos de composición parecida a la misma distancia con respecto al sol. 

Explica que en la región de los planetas terrestres y, “hasta un poquito más allá de Marte”, se encuentran asteroides denominados rocosos, compuestos de rocas, piedras y metal. “Cuanto más te alejás tenés un tipo de asteroide que son de agregados, como la acumulación de pequeñas piedritas, mucho polvo, e incluso hielo, que son los que estamos descubriendo”.

Los astrónomos esperarían encontrar que los asteroides que encuentran hayan permanecido en esas regiones cercanas al sol, desde la formación del sistema solar. Pero si fuera así “los encontraríamos secos”, debido a que cerca de una estrella el agua en los cuerpos planetarios se encuentra en forma de gas, “y a medida que te alejás encontrás más contenido de agua”. A rasgos generales esa premisa se cumple, dice, “pero hay asteroides con agua y composición muy primitiva dentro de la región de los planetas terrestres”. Ceres es el prototipo de este tipo de asteroides anómalos, de los cuales no se sabe si se formaron cerca del sol o provienen de fuera del sistema solar. Licandro afirma que aún no se conoce con certeza si el planeta enano posee una capa de agua por debajo de la superficie: “Todos los trabajos de la gente que estudia la dinámica del sistema solar te están mostrando que puede haber habido, y seguramente la hubo, una migración de objetos dentro del sistema solar. Hay muchas pruebas para mostrar que hay mucho material del interior que se fue para afuera y viceversa”.

Esa migración incluso pudo comenzar al comienzo del sistema solar, “cuando todavía no eran asteroides”. Estos objetos “primitivos”, que están un poco más afuera de la región de los planetas terrestres, “producen un tipo de meteoritos que se llaman condritas carbonáceas. Se llaman así porque tienen unos esferoides, unas esférulas, conocidas como cóndrulos. Esos cóndrulos son gotitas de aluminio o de calcio, que se fundieron en las primeras épocas, hace 3.800 o 4.000 millones de años, por algo que le pasó al sol muy joven, que llegó a calentar una región y a derretir ese material que estaba en forma de piedritas. El calor produjo gotitas de material y este migró hacia fuera y se mezcló con el material más primitivo, formando condritas y en especial las condritas carbonáceas. Se llaman carbonáceas porque tienen alto contenido de carbono”.

Javier Licandro señala que los astrónomos poseen un panorama muy claro de que los pequeños cuerpos del sistema solar han migrado en el pasado, moviéndose desde el interior hacia fuera y viceversa: “¿Cómo explicar dónde está Ceres ahora? Puede ser que se haya formado en esas condiciones en esa región o puede ser que haya venido de más afuera. Hipótesis hay muchas para esa región. Yo apostaría por que se ha formado ahí, pero hay quienes creen que se formó fuera”.




*La contaminación lumínica (también llamada polución lumínica) es el resplandor o brillo que aparece en el cielo nocturno producido por la reflexión y difusión de la luz artificial en gases y partículas atmosféricas.​

No es simplemente luz artificial; es el fenómeno específico donde la luz emitida desde instalaciones terrestres (farolas, pantallas, iluminación comercial) se dispersa en la atmósfera, alterando el cielo nocturno natural.




La entrevista a Javier Licandro la realicé durante el congreso internacional ACM 2017 (Asteroids, Comets, Meteors), que se llevó a cabo del 9 al 14 de abril de 2017 en Montevideo, Uruguay, y que contó con la presencia de los astrónomos más importantes del mundo en el estudio de los cuerpos menores del sistema solar.

Durante el congreso también tuve oportunidad de entrevistar a Alan Stern, director de la misión New Horizons y al astrónomo Peter Jenniskens, experto en lluvias de meteoros.









En El taller de Jar se encuentran las notas
 publicadas en El País Cultural y en la revista Relaciones, además de un índice.


Gracias por leer. 




Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2026




sábado, 30 de octubre de 2021

Llena tu cabeza de ciencia

 


Diego Golombek

y la ciencia en la vida cotidiana


Artículo publicado el domingo 7 febrero de 2021 en El País Cultural, Montevideo, Uruguay.


Daniel Veloso

Una sensación extraña nos invade. Entramos a una casa donde nunca hemos estado y nos preguntamos: ¿Acaso no estuvimos aquí antes? ¿Cómo puede ser eso posible? A pesar de la confusión, conocemos el nombre de lo que nos pasa: se llama déjà vu. Nos puede ocurrir varias veces en un año, al ver una escena de una película, al leer un libro o al entrar a una habitación. “Pasa todo el tiempo”, dice el divulgador científico argentino Diego Golombek en su libro La ciencia es eso que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otras cosas. Si se describiera esa sensación incómoda sería: “la suma de una sensación de familiaridad con otra de que algo anda mal”, escribe. Explica que déjà vu significa, en francés, “ya fue visto”, y que técnicamente se le llama “paramnesia”. Es más corriente que estos fenómenos paramnésicos nos ocurran en interiores y en las últimas horas de la tarde. También que les ocurra a los jóvenes.

Ilustración de Santiago Ramón y Cajal (neurona de Purkinje del cerebelo).

Aunque es difícil producir un déjà vu en un laboratorio, las neurociencias tienen algunas repuestas. “Una posibilidad es que haya detalles en el ambiente que nos rememoran alguna situación pasada, pero que no la tenemos en la memoria consciente”. Golombek explica que hay un conflicto entre la conciencia y ese detalle, ese signo que percibimos, que “nos dispara una situación de familiaridad”. No poder identificar ese recuerdo es lo que nos produce incomodidad. El autor dice que tal vez se deba a que podemos retener recuerdos generales de una situación vivida, “pero no podemos precisarla”. Asegura que el estudio de los déjà vu brinda a los investigadores la pista de que la memoria no guarda los recuerdos como un cuento, “sino que atesoramos retazos que a veces nos disparan sentimientos que no tenemos idea de dónde salieron”.

EL OFICIO DE CONTAR. Diego Golombek es escritor, divulgador científico y Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad de Buenos Aires. Es también el director de la colección de libros de divulgación científica “Ciencia que ladra...” de la editorial Siglo XXI. Libros que se caracterizan por tener varios niveles de lectura para facilitar el acceso de diferentes públicos. Autor de más de cien trabajos de investigación científica, ha recibido por su labor como investigador y divulgador el Premio Konex y el Premio Bernardo Houssay, entre otros. Además es profesor de la Universidad Nacional de Quilmes, donde dirige un laboratorio especializado en el área de la cronobiología. Explica así qué es la disciplina en una entrevista concedida a Unesco: “estudia los ritmos y relojes biológicos; cómo nuestro comportamiento, nuestra fisiología y nuestra cognición varían a lo largo del tiempo, en particular en función del día solar”.

Conocido principalmente por su tarea de divulgación de la ciencia, condujo diversos programas de televisión como Proyecto G, que tuvo seis temporadas y que el público uruguayo pudo ver a través de Televisión Nacional (TNU).

Al comienzo de su libro La ciencia es eso que nos pasa… Golombek cuenta sobre las influencias que lo condujeron hacia la escritura y la ciencia, y al unir ambas, hacia la divulgación científica. Al inicio de su camino fueron los libros los grandes impulsores y más adelante, en la juventud, sus primeras publicaciones como periodista deportivo o en revistas de música. Esto último se aprecia a lo largo del libro: casi todos los capítulos tienen referencias a una canción o a un músico.

El principal impulso como divulgador Golombek lo hallará en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales cuando comenzó a estudiar biología. A partir de ahí publicará artículos en revistas como Muy interesante y en los principales diarios de la capital. Cuenta que allí empezó a tomar forma el oficio de “contar historias” sobre la ciencia. Su receta es simple: mantener el rigor científico y “consultar a los expertos y a las fuentes adecuadas”. Cumplidos estos requisitos, explica, es válido apelar a todos los recursos literarios, como el humor para comunicarse con los lectores y despertar en ellos nuevas inquietudes.

También cita a sus maestros, como el divulgador científico Leonardo Moledo, quien fuera director del suplemento “Futuro” del diario Página/12, de quien dice que supo “hacer de un suplemento científico uno de literatura”. Esa condición literaria es la que imprime a su libro, en una época “en que la ciencia está acorralada y trata de sobrevivir, en un curioso paralelismo con el periodismo científico”, y por esta razón es “imprescindible contar sus historias”. Sobre todo la ciencia que ocurre a nuestro alrededor, para así darnos cuenta de que conocer es valioso, “porque conocer y entender siempre es más mágico, más bello y más necesario que la ignorancia”.

Leonardo Moledo, por Diego Alterleib.

El libro está construido en base a los artículos que Golombek publicó en la prensa, a los que modificó o reescribió por completo. Los temas que toca son muy variados, desde el oficio del científico, la ciencia de la belleza o la evolución de las especies, con capítulos interesantes sobre los gatos y la “ciencia felina”, o “la ciencia del baño” donde por ejemplo analiza el problema, muy debatido, de hacia dónde conviene que caiga el papel higiénico, si por delante o por detrás del rollo.

Además, trae una sección sobre historia de la ciencia con un capítulo sobre la visita de Albert Einstein a Buenos Aires el 25 de marzo de 1925. El físico alemán había estado el día anterior en Montevideo, pero apenas unas horas. Después de permanecer hasta el 24 de abril en Argentina, Einstein regresaría a Uruguay, quedándose hasta el 1º de mayo. En Montevideo daría conferencias públicas, visitaría la construcción del Palacio Legislativo y tendría el célebre encuentro con Carlos Vaz Ferreira en la Plaza de los Treinta y Tres. Golombek aporta extractos tomados de la prensa bonaerense, como Caras y Caretas, donde con ironía se habla de los “miles de admiradores” que esperaban con ansias la llegada del físico, u otros como La Nación, que se preguntaba si el prestigio de Einstein sería “sólo fugaz y llamado a extinguirse”.

Albert Einstein dando una conferencia en el paraninfo de la Universidad de la República.

LA BOTICA DEL DR. GOLOMBEK. Como si se tratara de los anaqueles de una vieja farmacia llena de frascos color caramelo, con sus respectivas etiquetas, el libro del divulgador argentino contempla una gran variedad de temas a lo largo de sus páginas. Algunos capítulos poseen su atractivo en la información curiosa que despliegan, pero por lejos, los más interesantes son los que explican algunos fenómenos del cerebro, uno de los temas que más apasiona al divulgador y sobre los que ha publicado varios libros como Cavernas y palacios: en busca de la conciencia en el cerebro (1999), Las neuronas de Dios (2015) y Neurociencias para presidentes (2019). En La ciencia es eso…, el lector encontrará capítulos sobre los efectos de las drogas sobre la percepción, qué ocurre con el cerebro durante la adolescencia, o por qué nos quedan resonando en la cabeza las canciones pegadizas.

En el capítulo de las canciones pegadizas y el porqué de su efecto duradero, Golombek invita con picardía al lector a que cante el clásico de Village People, “Y.M.C.A.” (que se pronuncia: uai – em – si – ei), prometiendo que la canción durará en el cerebro del lector unas veinticuatro horas. El nombre técnico es “imaginería musical involuntaria” que en inglés se conoce como earworm (gusano del oído). Explica que la mayoría de los “gusanos auditivos” se encuentran en canciones con letra: “Para ser pegajosa, la canción debe tener un ritmo fácil de seguir y melodía y letra repetitivas hasta el hartazgo”, aclara. La canción pegadiza, mientras la escuchamos, estimula la corteza cerebral auditiva, pero cuando esta termina “la corteza cerebral sigue cantando”. Para liberarse de estos “gusanos” propone como remedio “escuchar otra melodía pegadiza, o tocar una melodía con un instrumento”.

CIENCIA FELINA. Desde el antiguo Egipto y quizá de antes, los gatos, esos primos pequeños del tigre, viven con nosotros y hasta nos han acompañado en nuestras migraciones. Quizá lo que más tengamos en común es la curiosidad. Por nuestra parte, esta curiosidad no ha llevado a desarrollar preguntas sobre los fenómenos del mundo y construir las ciencias. Una de ellas, explica Golombek, bien se podría llamar la ciencia felina. En uno de sus capítulos de su libro el divulgador relata lo que ha averiguado sobre sus mimados gatos. Por ejemplo, la fascinación que tienen por las cajas. Nada hará más feliz a un gato que una caja de cartón. Los investigadores han encontrado que los gatos prefieren los entornos cerrados, tal vez algo similar a un hueco en el tronco de un árbol, ya que les reduce el estrés y eso les mejora las interacciones con sus congéneres y con los humanos. También porque les encanta el calor y “sus preferencias están por encima de los 30º” centígrados; es que además de dormir al sol les gusta acostarse dentro de un ropero entre nuestra ropa.

Detalle de un fresco egipcio donde se ve a un gato colaborando en la caza de pájaros.

Golombek aporta datos curiosos sobre estos felinos, como que sus lenguas capturan rápidamente el agua, “tan rápido que nuestros ojos no se dan cuenta”, o que tienen más vértebras a mitad de la columna que nosotros, lo que les permite alcanzar una gran aceleración cuando saltan o cuando inician una carrera.

A la comunicación con ellos el autor les dedica unos cuantos párrafos. Los gatos no nos entienden cuando les gritamos que dejen de afilarse en el sillón. “No pueden entender y relacionar el grito con el arañazo” al mueble. Al parecer “nos ven como un mono gigante que sólo está agrediéndolos porque se les da la gana, justo mientras están en una actividad típicamente felina”. Por eso se recomienda que cambiemos la estrategia, ya que con los gatos funciona mejor la recompensa que el castigo para que hagan o dejen de hacer lo que queremos.

Pero quizá lo que más tenemos en común con ellos es la capacidad de dar afecto. Así es como entablan un vínculo, por ejemplo, cuando nos lamen, “algo reservado sólo a los gatos más cercanos y es un honor ser incluidos en tal categoría”. O si comparten una presa con nosotros, por ejemplo, cuando nos traen una cucaracha a la cama. Sobran ejemplos de la larga amistad a través de los milenios “entre el Homo sapiens y el Felis silvestris gatus”.

Tostadas con dulce de leche. Fuente: Wikimedia Commons.

Si las tostadas supieran caer como los gatos, del lado correcto, la vida sería más fácil. Pero es una realidad que las tostadas acostumbran a caer del lado en que les pusimos dulce. Una vez que tocan el suelo, su suerte está echada. ¿O no? Existe el mito de que si se levantan antes de los diez segundos las bacterias y microbios no llegarán a pegárseles. Golombek se encarga de destruir este mito, conocido como “la regla de los diez segundos”.

Coliformes. Fuente: Wikimedia Commons.

Cuenta al respecto sobre varios experimentos realizados en universidades de Estados Unidos. En el primero, en la Universidad de Illinois, inocularon bacterias en un piso y luego dejaron caer galletitas dulces y las dejaron unos segundos: “el resultado fue obvio, las bacterias se pegaron a la comida sólo por el mínimo contacto”. El segundo experimento comenzó estudiando qué bacterias, del tipo de la salmonela, pueden vivir en el piso por veinticuatro horas. No sólo encontraron que muchas seguían vivas en el suelo, sino que algunos cientos de ellas “seguían vivas al cabo de veintiocho días”. Luego repitieron el experimento anterior, y dejaron en el suelo comida unos cinco segundos. Cuando hicieron el conteo de bacterias vieron que se le habían pegado cientos de miles. Golombek recuerda el dato de que sólo “con unas diez salmonelas ya podemos enfermarnos”. Una tercera universidad volvió a repetir el experimento dejando unos segundos más la comida y encontró el mismo resultado. La conclusión es clara: “si algo se cae, tiene como destino la bolsa de la basura”.

Con experimentos tan sencillos como estos se pudo probar que “la regla de los diez segundos” es falsa. Esa es la importancia de hacernos preguntas y de experimentar. Por ello, divulgadores como Diego Golombek están empeñados en hacer que el conocimiento que ha construido y construye la ciencia a lo largo de las generaciones tenga una difusión lo más amplia posible, y si es con música y humor, mejor.

LA CIENCIA ES ESO QUE NOS PASA MIENTRAS ESTAMOS OCUPADOS HACIENDO OTRAS COSAS, de Diego Golombek. Siglo XXI, 2019, Buenos Aires, 350 págs.


Ilustración de Santiago Ramón y Cajal





En El taller de Jar se encuentran las notas
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Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2021





domingo, 24 de octubre de 2021

Las ciudades invisibles de Daniel Quintero

Los poetas, como el argentino Daniel Quintero, que escriben todos los días, fluyen en sus vidas como si se tratara de un bote río abajo, canalizando sus vivencias y sus recuerdos a través de la escritura de sus versos.


Nota publicada en Relaciones, número 446, julio de 2021. 


Foto de Alejandro Montini


Daniel Veloso

 

Daniel Quintero pisa el acelerador y pasa a un auto. La tarde está fría y casi como todos los días, en Tierra del Fuego el cielo está nublado. Aquí y allá se divisan entre las nubes gruesas algunos listones de celeste pálido.

Abriéndose paso entre colinas cortadas al medio, la carretera avanza dando curvas largas, bordeada por montes de árboles cargados de líquenes, restos de lo que fuera el gran bosque austral que cubría la parte occidental de la isla que hoy, pertenece a Argentina. Tiempo atrás era la isla de los Selknam u Onas, una de las cuatro etnias que poblaron las islas y los canales australes. Fue por el humo de sus fogatas que los primeros exploradores europeos la llamaron Tierra del fuego.

Daniel conduce hacia a la ciudad de Río Grande, en la costa oriental de la isla, a orillas del Océano Atlántico, viniendo desde el sur, de Ushuaia, la ciudad del mítico penal del fin del mundo. Son doscientos kilómetros entre ambas ciudades. A su lado va su amigo, el poeta fueguino Julio José Leite. En Ushuaia Daniel Quintero vivió por ocho años, de 1987 a 1994. Allí, durante ese período, terminó de consolidarse como poeta.

Un cartel al costado de la ruta anuncia que a la derecha se abre un camino que conduce a la Bahía San Pablo. En ella, en 1985, el Desdémona, un barco de carga, fue encallado en la costa por su capitán, acosado por el viento y por un motor en mal estado. Daniel, a pesar de haber vivido en Tierra del Fuego, nunca pudo llegar hasta allí, pero sabe que la oportunidad se ha dado ese día y que no se repetirá. Le dice a su amigo si pueden desviarse e ir hasta la bahía. Julio lo mira. Son cuarenta y cinco kilómetros hasta la playa y le preocupa el estado del camino. Hace mucho frío como para que se les rompa el auto y queden varados en medio de un paraje deshabitado. Pero al “Perro” nunca ha sabido decirle que no y acepta. Daniel, contento como un niño que acaba de recibir un regalo, arrima el coche a la banquina y toma el camino hasta la bahía.

Foto de Daniel Quintero

Al acercarse a la costa el paisaje está menos transformado por el hombre y se asemeja más al que pudo conocer el joven Charles Darwin en 1832, durante su viaje alrededor del mundo a bordo del Beagle. Árboles que han crecido acostados por el viento continuo, montes cerrados de arbustos oscuros, el paisaje de largas ensenadas con barrancas y enfrente, el océano inmenso, crestado por doquier por la espuma de las olas. Tras cruzar un puente de madera llegan a la playa y allí el Desdémona, a salvo de los celos de Otelo, los espera.


La marea está subiendo y no pueden rodear al viejo barco, que resiste todavía a la corrosión. Los amigos están radiantes. Saben lo que significa esa reunión con el orgulloso naufragio. Son esas ceremonias que impone la amistad forjada a lo largo de los años. Es la visita al reloj oxidado del tiempo. Que, por supuesto, también está presente en la antigua costa, devastada como por un tallador por el viento y las corrientes, pero que, en una construcción humana como un navío abandonado en la orilla, la presencia del tiempo se hace más real. La prueba de su accionar, sobre el metal del casco del Desdémona, sobre sus cuerpos, es lo que notan los viejos amigos.

No sé si ambos lo presentirían, tal vez sí, pero uno de ellos, Julio Leite, moriría apenas tres años después de aquella visita a la Bahía San Pablo.


CEREBRO MÁGICO. Daniel Quintero, nacido en Buenos Aires en 1959, es uno de los poetas más actuales y vigentes de Argentina. En febrero de 2020 Quintero estuvo en Uruguay, participando del 2° Festival de Poesía de la Paloma, que reunió a poetas, músicos y escritores venidos de todas partes de Uruguay y de Argentina.

Poco después de su regreso a Buenos Aires le pregunté a Quintero si podía enviarle un cuestionario y hacerle una entrevista a distancia. Accedió, enviando las respuestas en forma de audios. En ellos se lo escucha contar con voz pausada y profunda, que de joven estuvo muy motivado por Pablo Neruda y su Canto General, y por Nicanor Parra y su libro Obra gruesa. “Por ahí mi pretensión frente a la poesía fue esa, no creo que sea un poeta social, para nada, pero sí contar lo que ocurre, en el tiempo en que me tocó vivir”, explica.


Leyendo en la Laguna de Rocha durante el 2° Festival de Poesía de la Paloma

Su infancia transcurrió en el barrio porteño de Parque Chas, cuyo trazado de calles en círculos concéntricos le ha dotado de una mitología urbana muy peculiar. En uno de sus poemas, El cerebro mágico, cuenta el momento en que, siendo un niño de siete años, supo que iba a ser poeta. “Cerebro mágico era un juego de mesa sobre cultura general que teníamos de niños y una de sus preguntas era: ¿Qué gran dramaturgo inglés tenía un padre carnicero? La respuesta era Shakespeare. Entonces, de mi elemental deducción de niño inquieto, me dije que si Shakespeare era poeta y el padre era carnicero, yo, que tengo un padre carnicero, voy a ser poeta, y así fue”, relata. A los trece años escribió su primer poema, al que considera horrendo y “al que nunca me escucharán leerlo”, dice bromeando. Más adelante, durante su juventud, publicará su primer poemario, Después de una larga noche (Amaru, 1986).

El centro del laberíntico Parque Chas

En 1987, con veintisiete años de edad, y en el contexto de un país que había recobrado la democracia hacía poco, se fue a vivir al extremo sur del continente sudamericano, a la ciudad de Ushuaia, en Tierra del Fuego, donde viviría por ocho años. En ese tiempo publicó con sus amigos varias antologías de poetas fueguinos y patagónicos. A su vez, participó de la antología El Extranjero y el hechizo en la ciudad de la bahía y junto al poeta Alejandro Montini, en Mensaje de náufragos. Ambos libros editados en Ushuaia en 1990. Tierra del Fuego también le obsequiará a Quintero el apodo de “Perro”.

En 1994 decide regresar a Buenos Aires, aunque no pasará mucho tiempo para que extrañe las tierras del sur y a su gente. Desde entonces, para aliviar la nostalgia y ver a sus amigos ha regresado a Tierra del Fuego en muchas oportunidades: “Siempre digo, esta es la última vez que vuelvo, pero bueno, siempre vuelvo”.

Ese período viviendo en el sur fue una bisagra en su vida: “allí asumo el oficio de poeta en el que hoy estoy involucrado, por compartir y caminar junto a grandes amigos y poetas que conocí en la Tierra del Fuego; gente que uno se fue cruzando y de la que se fue nutriendo como es el caso del tucumano Oscar Barrionuevo, de Manuel Zalazar y Julito José Leite, mi hermano, que ya lleva un año fallecido, un gran poeta de la Tierra del Fuego, de la Patagonia y de Argentina”.


El LABERINTO DEL PERRO. Además del apodo de “Perro”, a Quintero también se lo conoce por el “Oso”. El poeta se ríe, con resignación. Sabe que uno nunca elige los apodos que le ponen los amigos y que luego por costumbre, se solapa con el propio nombre hasta casi sustituirlo. “En Ushuaia me decían Oso y en Río Grande, Perro, porque un amigo tucumano con el cual todavía mantengo contacto, Miguel González, decía que, como porteño, arrastraba mucho las erres, entonces me decía: ¿Qué hacés, Perro?”. Cuenta que el sobrenombre de Oso se ha ido diluyendo, e incluso las personas que en Ushuaia le decían Oso, ahora le dicen Perro. Sin embargo, el apodo de Perro lo seguirá a Buenos Aires, llevado por su amigo Julio Leite: “En sus visitas desde Tierra del Fuego fue conociendo a mis amigos y es él quien instala acá, ese apodo para mí”, recuerda.

En Buenos Aires, en 1995, junto al poeta Oscar Barrionuevo funda la editorial Parque Chas Ediciones, con la que publica, en la colección El rey tuerto, a varios autores patagónicos, además de poetas de otras partes de Argentina. “Uno de los inconvenientes que teníamos viviendo tan lejos, en Tierra del Fuego, era la dificultad para editar. Siempre estaba en mí la inquietud de generar un espacio de edición para publicar trabajos de amigos y otros poetas, y trabajos propios, claro”. Con la editorial Parque Chas publicará su libro Del Dolor de los Espejos (1996) y Cementerio de Payasos (1997). Este último poemario, al igual que el siguiente que publicará, Crónicas fatales escritas desde la luna (1999), está inspirado en Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino, uno de los libros favoritos de Daniel Quintero. Cuenta que lo lleva en todos sus viajes y que siempre está releyéndolo.

Una de esas ciudades invisibles bien podría encontrarse en Parque Chas, su barrio de toda la vida. Quintero explica que “la particularidad que tiene el núcleo central de Parque Chas es que las calles son concéntricas. Hay una calle que es un círculo completo, que es Berlín y después tiene una serie de calles semicirculares, pasajes y diagonales”. Cuenta que es un barrio que “incluso con GPS, la gente se pierde con facilidad”. Hoy Daniel Quintero vive “a una cuadra y media de ese laberinto”, en la casa que antes fue de sus abuelos y de sus padres.

Sobre el barrio circulan curiosas leyendas. Algunas son construcciones populares y otras han sido inventadas por escritores como Alejandro Dolina, Jorge Luis Borges, Tomás Eloy Martínez, Luis Luchi o el misterioso Hernán Torrado. Leyendas como la que dice que bajo tierra pasa una extensión de una línea de metro que hizo construir en secreto Perón, que hay calles circulares que no conducen a ninguna parte, que hay manzanas que nunca pueden llegar a rodearse o de una ventana de una casa a la que está prohibido abrir. Hasta hay un cómic de título Parque Chas, con guión de Ricardo Barreiro y dibujos de Eduardo Risso, cuya primera entrega apareció en 1987 en el número 36 de la revista Fierro.




DEL JARDÍN A LA CIUDAD. En el año 2000 Quintero se muda a la localidad de Carlos Spegazzini, cerca del aeropuerto de Ezeiza. Allí se pondrá a construir una casa, tarea que le llevará su tiempo y que tendrá como consecuencia que se pasará diez años sin escribir poesía. Quintero le resta importancia: “además de las ganas de levantar una casa, tenía otras actividades como atender un parque con árboles y esas cosas del campo”. Cuenta que también estuvo muy implicado en el trabajo de publicar varios libros de otros poetas con su editorial. “En realidad no estaba dejando de escribir, sólo estaba tomando carrera”, dice, quitándole dramatismo a esa larga pausa en su escritura. Recuerda que en esa época le dijo a su amigo, el poeta tucumano Oscar Barrionuevo: “estoy escribiendo la poesía que voy a escribir dentro de diez años”.

Con Miguel Ángel Olivera “El Cristo”.

Luego de once años viviendo en el conurbano bonaerense se dio el tan ansiado regreso del poeta. Primero comenzaría a coordinar y a participar de ciclos poéticos y luego sí, a escribir y a publicar. Aparecerían en esta última década los poemarios Inusual (2013), Malhoja (2015), Cotillón (2015), 0 Killed (2016), Signos (2018) inspirado en El jardín de las delicias, la pintura de Hieronymus Bosch, El Bosco, y Pruebas de Galera (2018).

Este último libro lo comenzó a escribir en Uruguay, cuando participó del festival Fray Bentos, Capital de la Poesía. Cuenta que cómo no se le ocurrían los títulos de los poemas, pensó “en ponerles acápites sacados de poemas que me gustaban”. Entre las citas se encuentran fragmentos de poemas de Olga Orozco, Idea Vilariño, César Vallejo, Raquel Jaduszliwer, Oliverio Girondo, Magda Portal, Nicanor Parra o Miguel Ángel Olivera “El Cristo”, entre muchos otros. Hay también de músicos como Spinetta, Cazuza o Discépolo.

El poeta aclara que, en Pruebas de Galera, necesariamente el poema y la cita no tienen por qué corresponder: “En realidad, es como si hubiera hecho dos libros: están los acápites de diferentes autores y mi propuesta en cuanto a la poesía. Así que es como si fueran dos libros en uno”.


Daniel Quintero está pasando por un momento creativo muy importante, publicando poemas nuevos, casi a diario, en las redes sociales. En muchos el poeta expresa su opinión sobre temas actuales, de política argentina o de la región. De esa camada de nuevos poemas han salido los libros, aún inéditos, Memorias de la arena, el cual “surgió a partir de esta pandemia, de esta cuarentena que estamos viviendo” y New York, New York, cuadernos de poesía adquiridos en una venta de garaje, que incluye poemas escritos a partir de dos viajes que hizo a Estados Unidos en los últimos años.


Laura Valente y Daniel Quintero en Nueva York

Llega otro audio de Daniel Quintero, esta vez de despedida. En él se lo escucha agradecer la entrevista, “en cuarentena, a la distancia y de manera virtual”, envía un abrazo fraterno y se despide con una frase que es su sello, inconfundible: “Será poesía”.


Foto de Daniel Quintero




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