Nota publicada en Relaciones, números 476/7, de agosto de 2024.
Salí disparado del trabajo. Había quedado con el escritor Elvio Gandolfo que pasaría por su casa a las seis de la tarde. Siempre había imaginado su apartamento lleno de libros y quería conocerlo, pero, sobre todo, quería charlar con él en su propio ambiente. Aunque no estaba muy convencido de que era una buena idea porque presentía que Elvio no era muy afecto a las visitas. “¡Qué gruñón que se pone a veces!”, pensé mientras caminaba hacia la parada. Veía ese encuentro como una última oportunidad para desarrollar un vínculo amistoso con él. Si me volvía a pasar como la vez anterior, cuando nos habíamos encontrado en un bar, simplemente me dejaría de molestar y no intentaría verlo más. Igual, entendía que esa noche había estado muy callado porque hacía poco lo habían despedido del diario y estaba triste y bastante enojado. Así que, con esas precauciones, me tomé un ómnibus hasta Dieciocho y Minas. Saqué unos pesos del cajero automático por si íbamos al bar y, pensando en comerme una figazza con mucha cebolla, encaré el camino de las librerías, Tristán Narvaja abajo.
Los plátanos de la calle explotaban de hojas verdes, agitadas por una brisa fresca que soplaba del suroeste. Paré en un puesto en la vereda a mirar libros usados. Estaban en muy mal estado. Daba lástima verlos. Eran sus últimos días, con sus tapas rotas y sueltas. Tantas décadas durmiendo en una biblioteca y ahora, exhibidos en un cajón, expuestos al manoseo, a la intemperie, pedían a gritos que los llevaran. Inútil, pensé, ya no queda nadie que quiera leerlos.
El ruido del bar de al lado me hizo recordar la hora. Menos veinte. Seguí con paso rápido calle abajo y frente a la facultad de Psicología vi el cartel maldito: “Liquidación”. Mecánicamente entré a la librería. Había perdido tiempo revisando aquellos libros y acá había mejores, me dije. Pero fue un fiasco en realidad. Pasaba como frenético libro tras libro en las bateas, pero eran todos horribles, hasta que apareció algo: “Carnaval”, de Felipe Polleri. Bien, dije, porque nunca había leído nada de él. Además, a Polleri, que es muy amigo de Elvio Gandolfo, lo conocía de la redacción del Cultural. Era una fija encontrarlo allí los viernes, al igual que al escritor Hugo Fontana. También a Felipe Polleri me lo encontraba cada tanto, cuando viví en el Centro, en la calle Maldonado.
Una de esas veces, fue después de un baldazo de agua que cayó una tarde de primavera; terrible chaparrón que inundó las calles. Volvía para casa de mi trabajo en la Ciudad Vieja y cuando llegué a Ciudadela no pude cruzar. Por la calle bajaba un río que se embalsaba frente al bar Santa Catalina y a Plaza España. Crucé como pude dando saltos, pero al llegar a Canelones el torrente que corría pegado a los cordones intimidaba. Busqué con la mirada más arriba en la loma un lugar para atravesar la correntada y vi que allí se encontraba Felipe Polleri. Me acerqué y lo saludé. Estaba como siempre, sonriente, irreal, barbudo, con sus uñas largas, los dientes amarillos por el tabaco. Le causaba gracia nuestra desventura.
Muy terco, me contó que pensaba cruzar sí o sí, porque quería comprarse en la panadería de enfrente “unos pancitos” que le gustaban mucho. Traté de convencerlo de que viniera conmigo, calle arriba, a buscar algo así como un vado. Me agradeció que le haya querido servir de guía, pero no. Se quedaría allí, hasta que tomara coraje de meterse en el agua hasta los tobillos o hasta que bajara el nivel del agua. Pero conseguiría sus pancitos. Algo preocupado, me despedí y lo dejé a un lado de aquella riada. Pero nada grave le debió pasar porque lo volví a ver tiempo después, en la esquina del diario, después de cobrar nuestros magros sueldos de colaboradores y de dar rienda suelta a nuestras quejas como escritores explotados y mal pagos.
Nervioso, porque faltaban diez minutos para las seis de la tarde, compré el libro y metí pata en la subida de Tristán. Al llegar al puente sobre la calle Galicia vi pasar un ómnibus interdepartamental, rugiendo allá abajo, por la estrecha y encajonada calle, por donde hace un siglo iba el tren que llevaba a los “burreros” al hipódromo de Maroñas. Ya en Fernández Crespo, seguí un trecho más y ya estaba en la puerta del edificio donde vive Elvio. Toqué timbre y un instante más tarde estaba él abriéndome la puerta del edificio. Lo saludé y me preguntó muy serio: “¿Qué querés hacer? ¿Subimos o vamos al bar?”. Le respondí con una frase ya ensayada, de que hiciera lo que él quisiera. Dijo algo así como que bueno, que subiéramos, y me hizo un gesto de que lo siguiera hasta el ascensor.
Siempre es chocante cuando vemos por fin un lugar que habíamos imaginado. El apartamento de Elvio es bastante grande y creo que está dispuesto en forma de letra ele. O sea, los cuartos se encuentran a un lado de un largo corredor que desemboca en el living. Al entrar en este, había una mesita de patas largas con un grueso libro sobre cine con un pícaro rostro femenino, en blanco y negro que, seguro, hacía de guardián de la casa-biblioteca. Contra las paredes, ahí sí estaban los estantes repletos de libros de colores. Pero yo ni pensaba acercarme. Había decidido ir a charlar y de esa charla, si podía, armaría un texto.
A Elvio lo conocía ya hace muchos años, de cuando fui por primera vez al Cultural, allá en un edificio que da a la Plaza Libertad, en pleno centro de Montevideo. De esos años, 1995 o por ahí, en que presenté con poca fortuna mis primeras notas a la redacción, tengo pocos recuerdos de él. Estos aparecen a partir de mi segundo intento de publicar en el suplemento, en 2001, donde ahí sí, me fueron aceptados varios artículos. Mi primer contacto con Gandolfo fue desastroso. Me acerqué a su escritorio, que estaba en un rincón con una amplia ventana que daba a la plaza y le pregunté de qué cuadro de fútbol era en Rosario.
—De Newell’s— me dijo, seco.
—Ah, yo soy de Rosario Central— le dije, con ingenuidad.
Su rostro cambió y entre dientes me lanzó: —¡Peor para vos!—.
Se me pararon los pelos de punta. ¡Qué metida de pata! No había imaginado que hubiera una rivalidad tan acérrima entre los equipos de esa ciudad santafesina.
Después de esa vez me costó mucho tiempo para que Elvio entablara un diálogo conmigo. La primera oportunidad que tuve fue a raíz de una nota que presenté sobre Langston Hughes, en la que hablaba del viaje que hizo el poeta afronorteamericano a España en 1937 durante la guerra civil y de cómo conoció allí a Rafael Alberti, a Ernest Hemingway y a Miguel Hernández, entre muchos otros seres legendarios. Elvio fue el encargado de leer y editar mi nota. Una tarde me llamó y me dijo que debía hacerle cambios. Lo mismo hizo con una nota que escribí sobre Bukowski. Eso se lo agradeceré siempre, porque de alguna manera ayudó a que mejorara mi estilo.
Elvio me señaló una mesa en el living. Dejé mi mochila en el piso y me senté, como alumno obediente, en una silla contra la pared. Me sorprendí al notar que una de las patas era muy delgada. La había dejado así su gato, que se afilaba en ella, me dijo con tristeza, recordando al felino. Pero me aseguró que la pata no se quebraría. Sonrío y me ofreció café y acepté con gusto, pensando en lo útil que es esa infusión maldita, elixir de los maestros sufíes.
Un momento después, trajo el café y se sentó de espaldas a la ventana que daba a la calle. Por ella entraba el viento fresco y un resplandor bárbaro que me hacía entrecerrar los ojos. Durante un buen rato tuve que soportar conversar con él en esas condiciones. Elvio quedaba a contraluz mientras de fondo veía pasar los nubarrones blancos, más de una tarde de otoño que de fines de noviembre.
Le pregunté si podía grabar la charla y al igual que en nuestra conversación hace unos meses, en el bar, me dijo que no habíamos arreglado ese encuentro para una entrevista. Además, me aclaró, no estaba dando entrevistas porque estaba muy cerca en el tiempo su despido del diario. Insistí en que, como ya había entrevistado a sus dos amigos, Pablo Capanna y Marcial Souto, de los tres mosqueteros me faltaba él, pero no hubo chance. Guardé la grabadora digital para dejarlo tranquilo y le pregunté sobre cómo había pasado durante la entrega de los premios de literatura en Argentina. Elvio había sacado el tercer premio por su libro “Cada vez más cerca” y eso lo ponía muy contento.
Mientras asentía, me dije que tenía que estar atento y guardar en la memoria la conversación. Algo así me esperaba y estaba listo para emular al periodista y escritor ruso Vasili Grossman, entrevistando en el frente al más infalible francotirador del Ejército Rojo y sin sacar ni un solo apunte.
Mi café se había enfriado y Elvio se levantó a buscarse un poco de refresco, dejándome solo un momento. No confiando demasiado en mi memoria, tomé entonces una libreta de mi mochila y escribí palabras sueltas en columna: globo de papel, nubes, Kirchner, fotos, Olmedo, perchero, luz amarilla, “sin señal” y Film Guide. Elvio regresó de la cocina y yo me apuré a guardar la libreta. Mi ayuda memoria estaba lista.
Había anotado lo que veía en el living: el globo de papel que con una luz amarilla dentro se bamboleaba nervioso por el viento que entraba por la ventana; las nubes que, grises y amarillas pasaban veloces hacia el norte; un cuadro con una lámina del pintor expresionista alemán Ernst Kirchner, muy apagada por el tiempo y el contraluz; fotos familiares en un estante; una imagen del cómico Alberto Olmedo, rosarino y “canalla”; el perchero, cerca de la entrada, como un árbol pelado esperando enganchar algún trapo al vuelo; la luz amarilla de las bombitas incandescentes; el cartelito de “sin señal” que aparecía en la pantalla del televisor, indicando que tal vez mi llegada interrumpió alguna película y por fin, Film Guide, el título del grueso volumen de cine que me recibió con una guiñada desde la mesa ratona.
Le dije a Gandolfo que había visto una foto en Internet, en la que aparecen él, su madre Evelina, con su hija Laura, apenas una bebé, y su padre Francisco. Su madre aparece sentada en el suelo con la niña en la falda y Elvio y su padre están en cuclillas, apoyados contra la pared. La foto en blanco y negro deja entrever la luz tibia del otoño del sur. Debe ser del setenta y seis o por ahí, en Rosario. También, le digo que me gustó la onda que tenía él, en esa foto y que me hizo acordar a Pedro Dalton, el cantante de la banda de rock Buenos Muchachos. Se rió ante la ocurrencia y me dijo que no sabía quién era Dalton. Contesté con una mueca generacional.
—Ahí está esa foto— señaló la repisa. —Y está enmarcada en rojo y negro, los colores de Newell’s Old Boys— dijo, burlón.
Evitando entrar en el debate futbolero, sonreí y le pedí que me mostrara su último libro de poesía. Se levantó de su silla y fue hasta la biblioteca y sacó un libro rojo.
—Es grueso— me dijo, orgulloso.
Ojeo el libro, paso sus hojas, pero no me animo a leer ni un verso. Elvio me miró en silencio. No me sentí capaz de leer unos versos al azar y decirle mi opinión. Se lo regresé diciéndole que me gustó, que lo felicitaba.
Afuera la luz se volvía más anaranjada, mientras con Elvio charlábamos de su experiencia en la televisión uruguaya. Me contó que el programa “Los libros y el viento”, que había grabado para TV Ciudad, “lo pasaron durante años” después de que terminara el ciclo. Agregó que estuvo bueno hacerlo pero que no vio un peso por las retransmisiones.
Le conté que había estado leyendo “Días de ocio en la Patagonia”, de William Henry Hudson, y que había quedado fascinado con las historias que cuenta sobre la zona de la desembocadura del río Negro.
—¡Me encanta Hudson!— exclamó, poniéndose de pie y yendo hasta la biblioteca. —Esta es la edición que sacó Banda Oriental— me enseñó.
Le conté que mi libro de “Días de ocio…” era de la editorial El Elefante Blanco.
—¡Ah, esa cerró!— se lamentó.
Me hizo comentarios de cómo las pequeñas editoriales se la juegan por autores que a veces no consiguen vender muchos libros y se funden. Contó que un editor amigo lo llamó para que le comentara uno de sus libros, porque no había vendido casi ninguno y tenía la casa llena de ellos.
—Igual prefiero publicar con esas; las grandes editoriales andan en cualquiera— dijo, tajante.
Su último libro lo sacó con una editorial pequeña, contó.
Nos quedamos en silencio un instante y ya me la vi venir.
—Bueno, tengo que ponerme a trabajar— dijo, sonriendo.
Le pregunté si no quería ir a comer una pizza al bar, como habíamos quedado al principio, pero con amabilidad dijo que no, que ese día ya había tenido la visita de Silvio Galizzi, “el vampiro Vlad Tepes”, y que, según Elvio, este amigo suyo, guionista y periodista, venía de jugar un campeonato de truco.
Guardé las cosas en la mochila y le pedí para pasar al baño. Con las ganas que tenía, seguro no llegaba a casa sin hacerme encima. Me dijo que el baño estaba al fondo del corredor, a la izquierda. En la penumbra pude reconocer la cocina, así como algunas bibliotecas más, llenas de novelas policiales, hasta que encontré el baño. Este tenía la ventana abierta, muy amplia, desde donde se veía una gran panorámica de la zona portuaria y los edificios de Avenida Libertador. Saqué el celular y tomé tres fotos del paisaje urbano. Las grúas del puerto y las cúpulas de las iglesias destacaban del uniforme color gris del cemento.
Cuando salí del baño, Elvio me estaba esperando al final del corredor.
—¡Qué buen apartamento que tenés!— le dije.
—Que alquilo— me respondió con sorna.
Me acerqué a él y le enseñé las fotos en la pantalla del teléfono. Comentamos la buena ubicación que tiene el edificio y que está en un lugar elevado. Se acercó a la ventana abierta del living y me contó que unos días atrás hubo un temporal y el agua le entró por el marco. Me indicó con la mano donde aún estaba húmeda la pared. Le comenté que debió ser el mismo chaparrón que nos dejó varados a Polleri y a mí.
Bajamos por el ascensor y al abrir la puerta de calle se despidió con un “nos vemos”. Pensé que cuándo sería eso, pero reprimí mi ansiedad y me dije, alzando los hombros, que no importaba. Ya nos veríamos de nuevo. Lo abracé y le deseé que estuviera bien.
Caminé un par de pasos y saqué el buzo de la mochila. “Refrescó”, pensé.
Las luces de Fernández Crespo ya estaban encendidas. Un ómnibus amarillo paró en la esquina y la gente bajó apurada. Agarré Tristán Narvaja y me fui calle abajo, pensando que, como Vasili Grossman, no debía demorar mucho en escribir sobre este encuentro, antes de que llegara una nueva ola a dejar su marca en la orilla de mi memoria.
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