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miércoles, 1 de abril de 2020

Pequeños pero peligrosos





Rastro de nubes de vapor dejado por el asteroide Chelyabinsk, Rusia,
fotografiado por M. Ahmetvaleev el 15 de febrero de 2013. Imagen ESA. Fuente: earthsky.org


Pequeños pero peligrosos

Las lluvias de meteoros




Entrevista a Peter Jenniskens, experto en lluvias de meteoros


“No sólo hay que preocuparse de los asteroides grandes,
 también los pequeños pueden hacer daño”. 

Peter Jenniskens


Publicado en el número 442 de la revista Relaciones, marzo de 2021.


Daniel Veloso


UN POTENTE RESPLANDOR iluminó la mañana invernal de la ciudad rusa de Cheliábinsk, bañando el interior de las habitaciones y sorprendiendo a sus moradores. Pese a la temperatura de varios grados bajo cero que había en el exterior muchos salieron a la calle y miraron al cielo buscando qué había producido ese gran destello. Lo que lo hubiera generado había dejado una nube alargada como la que dejan los cohetes. Las personas comenzaron a grabar la nube con sus teléfonos cuando de repente fueron sorprendidos por una onda de choque. Esta hizo estallar los vidrios de muchas viviendas y edificios de la ciudad. Cientos de personas resultaron heridas y muchas tuvieron que ser hospitalizadas, algunas de gravedad.
El objeto que había explotado en la atmósfera sobre Cheliábinsk aquel 15 de febrero de 2013 no era de fabricación humana, sino que se trató de un pequeño asteroide de diecisiete metros de alto, por quince de ancho y dos de espesor, pero con una masa de diez toneladas. Había ingresado a la atmósfera terrestre a más de 64.000 Km/h y explotado a veinte kilómetros de altura. La explosión que produjo fue treinta veces mayor a la bomba atómica detonada sobre Hiroshima.
Por los destrozos que causó a la ciudad, el bólido de Cheliábinsk recuerda a la catástrofe de Tunguska, en junio de 1908, producida por un fragmento de cometa que explotó en la atmósfera sobre Siberia, originando una onda de choque que arrasó más de dos mil kilómetros cuadrados de bosque de coníferas. Por fortuna el impacto se produjo sobre una zona no habitada, pero si hubiera ocurrido unas horas más tarde, la rotación de la Tierra habría expuesto a alguna de las grandes ciudades de Europa a una destrucción segura.
A diferencia del fenómeno de 1908, donde los investigadores que visitaron la zona, décadas más tarde, sólo pudieron acceder al relato de algunos testigos, la explosión del bólido de Cheliábinsk pudo ser registrada por un número importante de cámaras de seguridad instaladas en edificios y vehículos. Esto permitió a los científicos calcular la dirección de ingreso a la Tierra y de esta manera poder saber de qué región del sistema solar había venido el asteroide.
Al mismo tiempo, la explosión sobre Cheliábinsk puso en alerta a los científicos, ya que se comprobó que los objetos pequeños también pueden causar mucho daño si llegan a explotar en la atmósfera.



 Peter Jenniskens en el espacio polifuncional "José Luis Massera"
de la Facultad de Ingeniería, abril de 2017. Foto: Daniel Veloso.


DE TODAS PARTES LLEGAN. Entre los astrónomos que el gobierno ruso invitó para que estudiaran el fenómeno se encontraba el estadounidense Peter Jenniskens, del instituto SETI, siglas de Search for extraterrestrial intelligence  (Búsqueda de inteligencia extraterrestre). Jenniskens investiga el origen de los meteoritos que llegan a la Tierra. Para ello ha tenido que recorrer medio mundo para estudiar las lluvias de meteoros1. En 2017 estuvo por primera vez en Uruguay, asistiendo al congreso internacional ACM 2017 Montevideo (Asteroids, Comets, Meteors), el cual contó con la presencia de los astrónomos más destacados en el estudio de los cuerpos menores del sistema solar.
Años atrás también estuvo en Argentina y en Chile, pero su primera vez en Sudamérica fue en 1995 cuando visitó Porto Alegre para observar una lluvia de meteoros, en lo que fue su primer proyecto profesional como investigador. El sur de Brasil era uno de los tres posibles lugares candidatos para ver una lluvia de meteoros que se daría ese año. Jenniskens explicó que esos lugares pudieron establecerse “porque la orientación de las colas de los cometas, con respecto a la Tierra, está afectada por las posiciones de Júpiter y Saturno, y por lo tanto, conociendo las posiciones de estos dos planetas, es posible predecir donde va a ocurrir una lluvia de meteoros". Pero esa noche, en el sur de Brasil, el fenómeno no ocurrió, “aunque había un cielo precioso, pero nada de meteoros”, dijo riendo el astrónomo.


 




Lo intentaría de nuevo en España, en noviembre de 1995, para ver una lluvia llamada Alfa Monocerótidas, en la constelación del unicornio. Esta ya había ocurrido en 1925, en 1935 y en 1985, “por lo tanto predije que iba a ocurrir de nuevo en 1995, pero no porque hubiera una diferencia de diez años entre las dos lluvias, sino por las posiciones de Júpiter y Saturno”.
Junto a un equipo de astrónomos viajó a un sitio “un poco al norte de la Sierra Nevada”, cercano a Málaga. “Esperábamos que fueran en su mayoría meteoros oscuros, y sólo unos pocos brillantes, y que la lluvia durara muy poco”. Cuando empezó la observación el cielo estaba oscuro y despejado, “pero de pronto apareció una nube”, recordó entre risas. Por suerte la nube no era muy densa y permitía ver el cielo nocturno, aunque no aparecía ningún meteoro para frustración de los astrónomos. Sin embargo, “de pronto, observamos uno y después otro; en el pico de la lluvia de meteoros vimos tantos como cinco por minuto y eran muy brillantes”.
Esa observación en España sirvió para probar su hipótesis de cómo los planetas gigantes están relacionados con la orientación de las colas de los cometas. Así se pudo calcular la posición de los restos de polvo que dejan los cometas y predecir las lluvias de meteoros.




Fragmento encontrado en la zona de Cheliábinsk. Fuente www.meteorite-recon.com



ESTRELLAS FUGACES Y COMETAS PELIGROSOS. La física que explica cómo se forman las lluvias de estrellas fugaces “es extremadamente simple”, afirma Peter Jenniskens. Añade que “cuando las partículas del cometa se desprenden quedan alrededor del núcleo de este, lo que se conoce como coma. Luego esas partículas quedan con órbitas independientes, alrededor del sol, como si fueran un rastro dejado por el cometa”.
Jenniskens describe la emisión de partículas de polvo por parte del cometa como si esta fuera “una manguera, con un chorro finito”. Cuando uno mueve la manguera “las gotas salen para todas partes, pero sólo cuando esas gotas van en dirección de la Tierra es que podemos observar las lluvias de meteoros”. Pero para lograr observarlas la predicción tiene que ser exacta. Hoy, que se comprende mejor la física de los cometas y de las partículas de polvo que estos liberan, es posible calcular sus trayectorias y por lo tanto predecir dónde es que las lluvias de meteoros van a ocurrir: “Ahora ya se pueden hacer buenas predicciones, porque sabiendo dónde caerá una lluvia de meteoros se pueden calcular las siguientes y también de esta manera se puede obtener información sobre posibles cometas peligrosos”.






Esto es así porque si el rastro de polvo llega a la Tierra, también podría llegar por el mismo camino el cometa que lo produjo, advierte el astrónomo. Pone como ejemplo los cometas del tipo Halley, que son cometas de órbitas relativamente cortas, como es la del cometa Halley, que da nombre a la familia, que completa su órbita alrededor del sol en 76 años, y de los cuales se pueden observar los rastros de sus revoluciones. Relató que en ese tipo de cometas la mayoría de los rastros de polvo surgen de sus pasajes cercanos al sol, pero con pequeñas diferencias entre ellos, los cuales son distinguibles, permitiéndoles a los astrónomos calcular la cantidad de material que puede contener cada rastro.
Sin embargo, Jenniskens junto a otros colegas, encontró que aquel no era el mecanismo principal por el que los cometas pierden su masa: “los cometas tipo Halley en sus pasajes cercanos al Sol eyectan mucho polvo y eso es un proceso regular y estable; sin embargo pronto descubrimos que buena parte del polvo que nosotros vemos no se debe a las emisiones de polvo regulares de los cometas, sino a repentinas roturas o desprendimientos de material”. Este es el mecanismo principal por el que los cometas pierden su masa, explicó. Aunque aún, confesó, resta saber cómo es qué se da dicho fenómeno, ya que eso no ocurre sólo cerca del Sol, sino a lo largo de toda la órbita de los cometas.




El rastro del meteorito de Chelyabinsk fotografiado desde la cabina de un Airbus A 320 a las 09:22 a.m. de la mañana del 15 de febrero durante el vuelo SU1639 de Omsk a Moscú. El capitán Sergey Valeryanovich describió su toma como "probablemente la mejor foto de mi vida". Foto: Sergey Valeryanovich. Fuente www.meteorite-recon.com



REDES PARA DETECTAR METEOROS. Pronto los astrónomos se percataron de que la mayoría de las lluvias de meteoros que habían ocurrido en los últimos años, no fueron registradas, aunque estaban seguros de que estas habían sucedió, puesto que contaban con testigos. “Originalmente lo que se hacía era llevar un registro, en el que se anotaba cuando alguien veía la lluvia de meteoros y listo”. Explica que en los últimos años se ha hecho un registro más profesional, utilizando cámaras que permiten realizar triangulaciones y así calcular las trayectorias de los meteoros.
Peter Jenniskens cuenta que lidera el proyecto Cams, que consta de varias cámaras en diferentes países: “en California, Estados Unidos, el proyecto tiene una red de ochenta cámaras; en Holanda sesenta y en Nueva Zelanda treinta y dos. Con este método podemos detectar el pasaje de las lluvias de meteoros y obtener las trayectorias”. Contó que la tecnología fue desarrollada por la NASA, pero el proyecto en sí es apoyado por astrónomos aficionados. “Es muy difícil imaginarse cómo es una lluvia de meteoros en el espacio”, advierte, pero esto se puede remediar cargando los datos obtenidos por las cámaras en potentes computadoras. Así obtienen mapas donde “se puede observar que de distintas regiones vienen rastros de diferentes tipos de cometas; de una dirección vienen, por ejemplo, los de la familia del tipo Halley, mientras que de otra vienen los de la familia del tipo Júpiter”. También gracias a estos mapas han descubierto que las lluvias de meteoros pueden durar varias semanas e incluso meses.




Peter Jenniskens durante la campaña de Sudán en 2008.


CUÍDATE TAMBIÉN DE LOS PEQUEÑOS. Una fotografía muestra a Peter Jenniskens, caminando de prisa hacia dos meteoritos oscuros, que ha encontrado su equipo entre la arena del desierto. La foto es de una expedición que realizó en 2008 a Sudán, África, para recolectar fragmentos de un objeto que se había desintegrado durante el ingreso a la atmósfera. “Habíamos calculado la órbita del asteroide 2008 TC3 y por ello sabíamos que sus fragmentos iban a caer en el desierto de Sudán”. Jenniskens explicó que “era muy importante tener en la mano un fragmento de ese objeto”, ya que era la primera vez que se lograba vincular la detección de un objeto en el espacio con la posterior recuperación de sus fragmentos. Contó además que los satélites habían detectado la explosión del asteroide a unos 37 Km. de altura: “nunca nadie había encontrado un fragmento de algo que se rompiera tan alto”. La clave para que el objeto sobreviviera a la entrada en la atmósfera estuvo en que era grande, de seis metros de largo por cuatro de ancho. Los cálculos de los astrónomos arrojaron que treinta y nueve kilos del objeto llegaron a la superficie de la Tierra, pero sólo pudieron hallarse once kilos, repartidos en 650 fragmentos.







Su equipo exploró la zona del desierto nubio, al norte de Sudán, cerca de la frontera con Egipto, contando con el apoyo de estudiantes y profesores de la universidad de Jartum: “El primer día encontramos un fragmento chiquito, que era claro que era un meteorito por la costra de fusión, pero no estaba seguro si pertenecía o no a los fragmentos del asteroide que estábamos buscando”, relató. Al día siguiente encontraron otro fragmento, pero seguía sin tener certeza de que perteneciera al objeto, porque no se parecía al del primer día.
En la tercera jornada de búsqueda encontraron más fragmentos, pero estos también eran diferentes a los hallados: “sabíamos que eran meteoritos, pero era raro que fueran tan distintos entre sí; de una sola caída de un objeto original, al menos diez tipos de meteoritos fueron hallados en la superficie”.  Los científicos estaban perplejos. El objeto original recordaba a un conglomerado de materiales. Algunos meteoritos tenían cóndrulos, que son diminutas esferas que se generaron durante los primeros millones de años del sistema solar. La teoría más aceptada explica que aquellos se originaron luego de que ondas de choque, provocadas por la inestabilidad gravitacional del disco protoplanetario hicieron que se generara mucho calor, fundiendo los granos de polvo. Luego al enfriarse estas gotas se formaron los cóndrulos.


 




Jenniskens se preguntó entonces cómo es que llegó a parar toda esa cantidad de material diferente a un pequeño asteroide. Tras analizar los fragmentos en el laboratorio y de regresar al desierto de Sudán en busca de más fragmentos, el astrónomo llegó a la conclusión de que durante la formación “del cuerpo padre, este tuvo que haber juntado material de diferentes orígenes, algo que no se concebía hasta ese momento”. Tan sólo unas décadas atrás se pensaba que los meteoritos provenían de un solo cuerpo y que además este era homogéneo. Agregó que “cuando se caracteriza una lluvia de meteoros, se da como una suerte de muestra, pero en este caso no hay tal cosa, porque fue muy variada”. El aprendizaje que le dejó el bólido de Sudán, explicó, es que “cuando los meteoritos provienen de un asteroide relativamente grande, se debe organizar un equipo de búsqueda y tratar de localizar varios pedazos, porque analizar los diferentes fragmentos es lo que te va a dar información sobre el objeto”.



Agujero en el hielo del lago Chebarkul (a 78 km al oeste de Cheliábinsk),
producido por el impacto de un fragmento de más de 500 kilos.
 Fuente: space.com. Credit: Eduard Kalinin


DETECTARLOS A TIEMPO. Tres semanas después del evento en Cheliábinsk, en marzo de 2013, le fue enviada una invitación a Peter Jenniskens para que visitara la ciudad. No se lo pensó dos veces y tomó un vuelo para Rusia. Los astrónomos invitados permanecieron dieciséis días en Rusia, en un proyecto de colaboración entre varias universidades y museos y que contó con el apoyo del gobierno ruso. “Hasta dispusieron una limosina para que los astrónomos nos desplazáramos”, cuenta riendo. El gobierno ruso “estaba interesado en conseguir tanta información como fuera posible, para tratar de poder reconstruir la órbita”. De esa manera se podría conocer la región del sistema solar de dónde provino el asteroide.







Explica que el interés de los gobiernos por investigar estos fenómenos es comprensible, debido al daño que pueden causar. En Cheliábinsk “explotaron muchas ventanas y puertas y ochocientas personas fueron atendidas por los servicios médicos”. Parecía que la ciudad había sido castigada por un terremoto: “había vidrios rotos por todas partes y como hacía mucho frío los habitantes tapaban las ventanas con lo que podían. Entonces el gobierno se preocupó por proveerlos de plásticos y vidrios”, relató.
La conclusión a la que se ha llegado, explica Peter Jenniskens, es que incluso los asteroides pequeños pueden generar graves daños: “antes se temía por los asteroides de varios kilómetros de ancho, pero el de Cheliábinsk no llegaba a los veinte metros y sin embargo creó bastante destrucción”.




Muro de una fábrica en Cheliábinsk después de ser golpeado por la onda expansiva.
Fotografía: Константин Кудинов


Tras veinticinco años de trabajo, Jenniskens ha aprendido que, si se detecta a tiempo el objeto que se aproxima a la Tierra y luego, “aplicando los conceptos de la astronomía, se puede predecir dónde va a explotar el objeto, si a la entrada de la atmósfera o cerca de la superficie. Ello permitiría atenuar las consecuencias”. Es por esta razón que su preocupación es “saber tanto cuanto pueda sobre los asteroides pequeños”. Imagina que para conseguir más información se podrían diseñar misiones espaciales tripuladas a estos asteroides para realizar excavaciones en su superficie. Jenniskens se queda un instante en silencio y enseguida añade: “veinte metros de diámetro no es tan pequeño como para no poder excavarlo; es una piedra bastante grande”, dice riendo el astrónomo.



1. La diferencia entre un meteorito, un meteoro y un meteoroide radica en su ubicación. Cuando el objeto está en el espacio se denomina meteoroide, cuando entra en la atmósfera terrestre se denomina meteoro y cuando alcanza el suelo se lo denomina meteorito. Fuente: Wikipedia.




La entrevista a Peter Jenniskens se realizó durante el congreso internacional ACM 2017 Asteroids, Comets, Meteors, que se llevó a cabo del 9 al 14 de abril de 2017 en Montevideo, Uruguay, y que contó con la presencia de los astrónomos más importantes del mundo en el estudio de los cuerpos menores del sistema solar.


Agradezco al Lic. Francisco López, del IFFC de la Facultad de Ciencias, UdelaR, quien me acompañó durante la entrevista como traductor. Esta nota no hubiera sido posible sin su ayuda.



Durante el congreso también tuve oportunidad de entrevistar a Alan Stern, director de la misión New Horizons.

Ver entrevista a Alan Stern...







Videos en Youtube:

 Mejores imagenes del meteorito caído en Rusia-Cheliábinsk-Urales

ScienceCasts: What Exploded Over Russia?

Encuentran un fragmento de 570 kg del meteorito que cayó en Rusia

Chelyabinsk Meteor Dust Traveled Around The World | Video








En el Taller de Jar se encuentra el índice de las notas publicadas en El País Cultural.



Gracias por leer.












jueves, 26 de marzo de 2020

El bosque de Raquel Jaduszliwer







Henri Rousseau, El sueño, 1910.




27-03-2020


Daniel Veloso



A la poeta y escritora Raquel Jaduszliwer la conocí en Buenos Aires en enero de 2009. Había ido desde Montevideo a entrevistar a su esposo, el escritor y periodista Leonardo Moledo, al que había tenido como profesor en un curso de periodismo científico en 2001.
La entrevista la hicimos al atardecer de un día caluroso, en el café La Orquídea, del cual Moledo era fiel parroquiano. Me acuerdo que nos sentamos en una mesa junto a la ventana, buscando la poca brisa que corría por la calle.
Leonardo cada tanto me pedía que detuviera el grabador y que lo acompañara fuera del café, para fumar. En una de esas interrupciones me dijo que quería llamar a su esposa para que me conociera. Cruzó la calle y fue hasta el edificio donde vivía y habló con Raquel por el portero eléctrico. Regresó enseguida y me invitó a entrar al café a seguir la entrevista. Al ratito apareció Raquel. Saludó con simpatía y se sentó junto a Leonardo.
Yo estaba algo sorprendido por su presencia, pero al poco rato dejé de lado la timidez y conversé con ella. Le obsequié unos ejemplares del suplemento cultural donde publicaba y eso dio pie a que charlamos los tres sobre la Patagonia y sobre el año Darwin que justo se celebraba ese 2009 (se conmemoraban los 200 años de su nacimiento y los 150 años de la publicación de “El origen de las especies”). Al rato Leonardo interrumpió la charla y me dijo que debíamos seguir la entrevista porque aún tenía que terminar un artículo para el diario.
Mientras me contaba sobre su experiencia al frente del planetario de la ciudad, Raquel leía atentamente los suplementos que le había obsequiado.
Cuando terminamos la entrevista, nos despedimos y yo regresé a Montevideo al otro día.
Lo siguiente que tengo que decir es triste, porque nunca más volví a ver a Leonardo Moledo. En 2010, durante una visita que le hice a mis primos, que en ese entonces vivían en el pintoresco barrio de Mataderos, llegué a hablar con él por teléfono, pero justo estaba en la Universidad de Quilmes y no pudimos coincidir. Luego nos escribimos algunos mensajes y me revisó una nota para el diario, pero de a poco sus respuestas se hicieron cada vez más cortas hasta que no contestó más.
En agosto de 2014 me enteré de que había fallecido. Fue una gran pérdida, que sentí mucho. Siempre queda esa sensación cuando se muere un amigo con el que hubiéramos querido conversar un poco más. Y aprender todavía un poco más. Porque Leonardo Moledo fue para muchos periodistas, que trabajaron con él, o que lo leyeron, un maestro.

 

  Foto de Humberto Meoli

Pasaron unos años y se me ocurrió escribirle a Raquel para preguntarle si sabía más o menos, cuándo Leonardo había creado el Jinete Hipotético, un personaje que recorría Argentina entrevistando a científicos de las más variadas disciplinas. Así empezamos a escribirnos. En esas cartas me enteré de que Raquel era poeta, y así comenzamos a intercambiarnos poesía. Hasta que fui a visitarla en mayo de 2018 junto con mi compañera, coincidiendo con la presentación de su libro “Las razones del tiempo”. Allí conocí a su hija Lucía, que hace música folclórica y a su hijo Fernando, que es doctor en filosofía, kantiano, y que enseña e investiga en Alemania.
Esa vez, fue la segunda en que nos vimos con Raquel después del encuentro en La Orquídea. Seguro, que vendrán más.

En marzo de 2019 Raquel me envió por correo tres de sus libros: La venganza del clan de las banderas de acero, En el bosque y Las razones del tiempo.

De los tres, escogí empezar a leer su poemairo “En el bosque”, y de esa lectura surgieron las ideas e impresiones que a continuación comparto con ustedes. Gracias por leer.



 

“En el bosque” es un poemario de Raquel Jaduszliwer, publicado en 2018. En el primer poema ya se encuentra mencionado el paraíso perdido de su infancia. De niña, Raquel Jaduszliwer vivió en San Fernando, en el Gran Buenos Aires, a 27 Km de la ciudad de Buenos Aires: “Envuelta criatura nacida del interior de un bosque…”. Así es su nacimiento, al alba; una “pequeña criatura” expuesta a “los peligros del follaje”.
El bosque, que nos atrae pero que también promete volvernos locos o devorarnos, o tan sólo perdernos. El miedo del aldeano por el bosque, apenas un reducto de la antigua selva que surgió tras la última glaciación. El bosque de los primeros neandertales y de los primeros sapiens que llegaron a Europa. Acaso el que perduraba en épocas históricas recordara un poco a aquella gigantesca floresta posglacial.
Pero esos pocos manchones verdes que sobrevivían en la Europa de fines de la Edad Media contenían más temores y mitos que lobos que robaran a los niños de los pueblos. Tal vez sí estuvieran poblados por siervos escapados, por locos y por ladrones.
Es al parecer, el bosque de los cuentos el que encontramos en algunos poemas de Raquel. Aunque también es el bosque de las profundidades de la psiquis.
La criatura, nacida en el bosque, avanza en la oscuridad, nos cuenta la poeta en su poema: “Larga criatura”, que recuerda a una serpiente, acaso el dios Lug, la vieja deidad de los ligures, el de la luz.

“…a tu camino van a dar nuestros caminos incansables
nuestros buenos deseos todas nuestras plegarias
allá vamos antiguos peregrinos
una cuerda nos ata a la esperanza
salimos a buscarte criatura perdida
perdido talismán piedra preciosa”.






 Se encuentra perdida la criatura, pero de todas maneras “salimos a buscarte”. Es además un talismán, dice la poeta. Es la fuente ¿de qué sabiduría? Imagino de la que escasea en estas sociedades superpobladas, en las que sus habitantes no pueden, y me incluyo, comprender el juego de fuerzas que combaten en un conflicto eterno. Conflicto sin solución al que nada aporta la elección desesperada de caudillos y líderes, que no son más que cómplices de contendientes más poderosos.

La criatura, el talismán perdido:

“reflejo del tesoro ausente
pozo en el medio del gran claro del bosque”.



La metáfora del bosque era del agrado de Leonardo Moledo. Decía que cuando uno está frente a un bosque no necesita saber de botánica para apreciarlo pero, cuánto más se lo puede disfrutar si se sabe los nombres de los árboles, de los animales que lo habitan o las leyendas y canciones que se han escrito sobre él: "Si conocés todo eso disfrutás del bosque de otra manera y así tiene un significado distinto para vos", decía Moledo.

“No se contempla el bosque / se atraviesa”, nos dice Raquel, y nos dice cómo hacerlo:

“por detrás de los párpados
una idea de sol incendia la madera
por detrás de los troncos y de su empalizada
por detrás del ramaje y en el fondo del claro
sigue aguardando oculto el animal cegador
tabú para los ojos
rey escondido de la fronda y el tiempo”.




 Mujer caminando en un bosque exótico, 1905.



Al bosque también lo habitan los recuerdos de su vida y de su familia. La memoria heredada y la intuida de sus ancestros. Además, aquello que nos traen los sueños. La fronda de los árboles y la sombra que sobre el suelo proyectan.
El bosque no se contempla, se lo atraviesa, nos dice la poeta, como en el acto de cortar la carne con un cuchillo afilado. ¿Qué es un corte dentro de la clasificación de las cosas y de las ideas? La acción subversiva, ignorante del intento opuesto de imponer un orden al mundo, animado y el esfuerzo por hacerlo inanimado, sujetándolo a las ideas. Por eso la persecución al cambio y al movimiento (al nomadismo y a la migración). Es cierto que en ellos habita finalmente la peste y la extinción, algo que es inevitable, pero que la vida, como variación incesante en la competencia con los parásitos (que es expresión de la misma vida), escapa, manteniéndose en el tiempo. El mundo ordenado de la civilización lo que busca es la predicción de los fenómenos, también retrasando ese fin sombrío que su ciencia conoce bien. Al final la energía se distribuirá y quedará el frío, la quietud y el silencio. Tal vez para recomenzar de nuevo. Algo que no sé si forma parte del universo o es nuestra interpretación ante el horror que nos produce el fin y la muerte.

En el bosque, el bosque idea, están las cosas, con sus formas claras y contornos y límites bien delimitados. Pero un bosque, el que existe, y a estas alturas del siglo, que sobrevive a la devastación, ¿dónde comienza y dónde termina? ¿Se puede imponer fronteras a la vida?
Qué decir de un virus, viejo elemento que ha sobrevivido de los primeros tiempos en la Tierra y que al igual que otras formas de vida ha seguido su camino, es decir, ha evolucionado.
No parece que a la vida, muy terca ella, se la pueda detener. No sin exterminarla por completo. Qué gris paisaje queda cuando esto sucede. Qué dolor puede percibirse en un lugar así. Escenario que no lo es, si no hay conciencia que lo atestigüe.

Se lo atraviesa. Se lo lee. Se lo estudia.
Se trepa a sus ramas; se levanta la capa de musgos; se hunden los dedos entre la maraña de raicillas y redes de hongos que hay bajo la capa de hojas muertas. Se le escribe un poema y una canción.

La luz a través de las ramas más altas. El pájaro que avanza a los saltos entre el ramaje sombrío del soto bosque.

Se lo piensa al bosque. Con los ojos cerrados. Se lo prueba. Las bayas de las moreras salvajes. La miel de la colmena neolítica.

Así es el bosque de Raquel, iluminado por los rayos del sol de Newton y de la ilustración.

Un bosque sagrado, por lo tanto. A la luz del pasado y del presente.

El bosque, reino del tiempo:


“A lo largo y lo ancho todo es
temblorosa en la fronda, criatura del mundo, miniatura
los ojos apegados a la huella
no ves cómo se mueve el tiempo

pasan luces y sombras, pasan sombras
pero no ves el hilo que las une
ni el plan que las dispone

perdida entre fragmentos y tan huérfana
cada cosa te toma por sorpresa

criatura del mundo
desorientada miniatura”.



Tigre en una tormenta tropical, 1891.


La poesía no está libre de la ideología. O sea, de una imagen del mundo, que no es particular del poeta, ya que este debe entenderse como inmerso en una época, tributaria de una historia y de un lenguaje.

La percepción del tiempo es el reconocimiento del cambio y del proceso. Lo que hoy soy, no es lo mismo que lo que fui antes. ¿Acaso conservaré algo de mí en el futuro?

Poca cosa es la criatura humana. Apenas percibe el paso del día entre la sucesión de “luces y sombras” que dibujan el corazón íntimo del bosque. Pero a duras penas puede ver “el hilo que las une / ni el plan que las dispone”.

Entre “fragmentos”, su percepción se ve “huérfana” y “cada cosa" que acontece la "toma por sorpresa”.

Sin entendimiento, sin predicción, la “criatura del mundo” se encuentra “desorientada”. Apenas es una “miniatura”.




 La encantadora de serpientes, 1907.



Más adelante en mi recorrida por “en el bosque” de Jaduszliwer me detuve en un poema sobre el sueño, que me llevó a imaginar una jungla, como las que pintaba el aduanero Rousseau:



“Los árboles altísimos
cargan frutos extraños

un lobo quieto acecha
su pelambre reluce demasiado

la ficción se exacerba
soñamos desde abajo

dormimos sin descanso sobre la tierra viva”.




  Monos en el bosque de naranjos, 1910.


Después de cruzar una enramada, unas páginas más adelante, me encontré en pleno claro del bosque. Allí, rodeándolo, siguiendo el cerco de los árboles inclinados hacia el centro, noté que había otro poema, que particularmente me ha parecido hermoso. Relata un recuerdo donde la poeta junto a su pareja, miraban hacia arriba, observando las estrellas.



“Me acuerdo
algunas veces nos perdíamos en lo numeroso que habita el universo
mirando hacia la altura
girábamos las cabezas para abarcarlo todo
y ese silencio, así como separa y acerca las estrellas y en general todas
las cosas
ese silencio nos volvía pequeños, apenas discernibles

entonces el asombro, a pesar de las repeticiones que componen los días
una vez más nos salía al encuentro
era un recordatorio de que estábamos vivos

pero verás
sucede que desde que te llevaste la parte del león de lo que fue mi tiempo
sucede que estoy sola aunque ya no sepas
y eso me vuelve única en el conglomerado de lo desconocido

y ahora que he llegado a ser la extraordinaria
el único ejemplar sobreviviente de lejanas catástrofes
azorada persisto

el día se prolonga entre palabras que se irán olvidando”.



 

Una noche de carnaval,1886.



Al comienzo me hizo recordar una vez que fuimos con mis padres y mis hermanos a la rambla del Buceo, una noche. Nos sentamos en el pasto, en esas lomas artificiales que hay cerca de la calle Comercio y la rambla, a mirar las estrellas cuando de pronto, se cortó la luz en la ciudad.
“¡Un apagón!” gritamos.
“Ahora se van a ver más las estrellas”, dijo mi padre.
“Ahí está la Cruz del sur”, me señaló mi madre.
Era verdad, con la rambla a oscuras, apenas iluminada por las luces de los autos, se podían ver muchísimas estrellas.
“Esa es la Vía Láctea”, me dijeron ambos.
Era como un camino de estrellas de diferentes colores, azules, amarillas, naranjas y rojas.
Gracias al apagón en la ciudad, el cielo que veían los antiguos, antes de la electricidad, se hacía visible ante mis ojos. Mi entendimiento de niño de once años, en plena ebullición intelectual, se vio regocijado. Tanto, que ese es un recuerdo que en mi cerebro quedó marcado.

 

 Los flamencos, 1907.
 

Pienso que un recuerdo similar es el evocado en el poema de Raquel. Una noche junto a su esposo, observando la bóveda celeste. Imagino a Leonardo señalando dos nubecitas difusas como pelusas de algodón y explicando que eran las nubes de Magallanes, las galaxias satélites de la Vía Láctea.

Se me ocurre que ese poema es como un río con sus dos orillas. Raquel observa pasar el caudal de agua, desde esta orilla, la de los vivos, la del presente. Enfrente se encuentra la orilla de los recuerdos, la del pasado. Y esa constatación, indudablemente, genera tristeza.
En la orilla opuesta, al otro lado del río que fluye en la oscuridad, hay una pareja observando el firmamento. Tienen los cuellos tensos, casi doloridos, de estar tanto rato con las cabezas orientadas hacia el cielo. En lo alto, como en una pintura de Vang Gogh, los vientos hacen temblar la luz de las estrellas.
Ambos comparten la fascinación por la inmensidad del cosmos, y tras un rato en que ella lo escuchó con atención describir cada gigante roja, cada galaxia espiral, hicieron silencio.

“ese silencio nos volvía pequeños, apenas discernibles”.

Fue así que ese silencio dio paso al asombro, tal vez reconocido, en el tiempo:

“entonces el asombro, a pesar de las repeticiones que componen los días
una vez más nos salía al encuentro
era un recordatorio de que estábamos vivos”.

Desde la orilla de las suaves playitas de arena amarilla, intuye en la oscuridad a los cangrejos que se asoman fuera del agua, escucha a los insectos zumbar en el pajonal y recuerda y envía un mensaje a la otra orilla, de las barrancas, de las sombras.

“sucede que desde que te llevaste la parte del león de lo que fue mi tiempo
sucede que estoy sola aunque ya no lo sepas…”.

Eso, dice la poeta, la vuelve única. Y lo que antes fue el orden del nombre en el vasto universo, ahora es un “conglomerado de lo desconocido”.

Ahora que la luz de las estrellas no ilumina más sus frentes, es el tiempo de las sombras que, tras los árboles, más allá del borde de las barrancas, reclaman memoria.
Y toda la tarea recae en la poeta, que así lo entiende, a su pesar.

“…y ahora que he llegado a ser la extraordinaria
el único ejemplar sobreviviente de lejanas catástrofes
azorada persisto”.

Las palabras, todas ellas, como una noche de verano a orillas del río, se las llevará el olvido, termina diciendo el poema.

¿Qué decirle a la amiga? ¿Que rehúya al llamado de las sombras entre los árboles?

Pero ya es tarde. Raquel cruzó a nado el río nocturno, trepó con sus manos y pies la arenosa barranca y se internó en el bosque.
En la noche sin luna alguna, intuyó la altura de los árboles delgados, escuchó las voces, soñó consigo, con su hija y con su hijo, luego los liberó a ellos con sus versos. Tal vez más tarde, lloró en silencio.

Sin embargo, confío en su fortaleza. Sé que al poco tiempo cruzó el río, volviendo a esta orilla.


Conocido el camino, probadas sus fuerzas en la corriente nocturna, ha vuelto al bosque muchas veces, para regresar cada vez, justo antes del alba, siempre un poco más sabia:


“Estamos en la noche verdinegra
la vida prolifera bajo el reinado de lo vegetal
todo comienza aquí de su semilla
se excede por segundo

para nosotros, criados por los cuentos
el bosque no era más que una añorada ficción verde

ahora nos envuelve
nos confunde el follaje cuando lo atravesamos”.

R.J.




Daniel Veloso 26-03-2020

Durante el aislamiento por la pandemia del coronavirus.



 

 

Raquel Jaduszliwer nació en la ciudad de San Fernando, provincia de Buenos Aires, Argentina. Actualmente vive en la ciudad de Buenos Aires.


Es Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.

Su obra poética editada incluye:

“Los panes y los peces” (Primer Premio de Poesía Editorial de los Cuatro Vientos, 2012).

“La noche con su lámpara” (Primer Premio de Poesía Fundación Victoria Ocampo, 2014).

“Persistencia de lo imposible” (Premio Edición de Poesía Ediciones Ruinas Circulares, 2015).

“Las razones del tiempo”; Ed. Lisboa; Buenos Aires; 2018.

“En el bosque”; Modesto Rimba; Buenos Aires; 2018.
 

"Ángel de la enunciación"; Barnacle; Buenos Aires; 2020.





 
 

 También ha participado de la antología de poesía “En los ojos de todos” (2º Premio en Poesía en el 5º Concurso Literario “Paco Urondo”, Villa María, Córdoba, 2015) y la “Antología de homenaje a Juan L. Ortiz” (Ediciones Bruma, Mendoza, 2015).

El volumen 20 de la Colección Poetas Argentinas de la Biblioteca de las Grandes Naciones, está conformado por su “Selección de poemas” (digital, México, 2015).



 





En prosa Raquel Jaduszliwer ha participado con un relato en la “Antología del cuento fantástico argentino contemporáneo” (Ediciones La Página y el diario “Página 12”, Buenos Aires, 2005), y ha obtenido Mención Única en el Premio Hydra de Ciencia Ficción y Fantasía por su novela inédita “En el palacio de aguas corrientes” (La Habana, Cuba, 2013).

En 2018 publicó su novela “La venganza del clan de las banderas de acero”; Modesto Rimba; Buenos Aires; 2018.



Aquí publico un enlace a una entrevista a Raquel Jaduszliwer, realizada por Rolando Revagliatti y publicada en el portal SurySur. De esta entrevista el lector puede obtener muchas claves para comprender algunos aspectos de la poesía de Raquel. Se las recomiendo.



Entrevista a Raquel Jaduszliwer, por Rolando Revagliatti.


La misma entrevista acompañada por un álbum fotográfico...










En el Taller de Jar se encuentra el índice de las notas publicadas en El País Cultural.




Gracias por leer.







miércoles, 18 de marzo de 2020

Ciencia en la ciudad








La anatomía íntima de una gran ciudad

El País Cultural 
15 de marzo de 2020


Daniel Veloso

Ya desde la antigüedad, Roma, con sus acueductos que traían el agua potable desde las tierras altas a la ciudad, con su cloaca máxima, o con su red de caminos que conducían a todos los confines del imperio, era el modelo de una urbe sofisticada y populosa. Pero esas obras de ingeniería no eran otra cosa que soluciones a los inmensos problemas que llegó a tener una ciudad con más de un millón de habitantes. Tendrían que pasar dos milenios para que otra urbe de occidente, la Londres del siglo XIX, volviera a tener tanta población como la antigua Roma.


Imagínese por un momento la confusión que generaría un embotellamiento de tránsito en las calles empedradas del centro de la Roma imperial, o en la Londres victoriana. Las ciudades actuales, y sobre todo las llamadas megaciudades, al igual que las de antaño, tienen problemas similares y cada vez más acuciantes como, por ejemplo, el tratamiento de las aguas residuales. Muchas de las posibles soluciones a esa variada gama de problemáticas son exploradas en el libro La ciencia y la ciudad de la divulgadora y científica irlandesa Laurie Winkless.

Al comienzo del libro, Winkless aborda a la ciudad desde sus infraestructuras más visibles, sus edificios, y en especial prestándole atención a los rascacielos y a las innovaciones en construcción que hacen posible esas alturas, para continuar con las redes que permiten que las ciudades sean habitables. Esas redes son el suministro eléctrico, de agua y de saneamiento. En ese mismo ítem se encuentran las redes viales y los sistemas que controlan el tránsito. También la autora se detendrá a explicar los últimos avances en la construcción de metros, puentes y carreteras, así como el futuro de los autos sin conductores. Luego será el turno de las redes de conexión inalámbricas y por fibra óptica, sin las cuales son inimaginables las ciudades actuales y las del futuro.






El libro de Winkless tiene un antecedente en la obra de Kate Ascher, The Works: anatomy of a city (2005, sin traducción al castellano). Libro que fue furor en su época, sobre todo por sus infografías e ilustraciones, que cubrían cada detalle de lo que compone una gran ciudad.
 

 


LUZ VERDE. Se puede pensar que los embotellamientos en una carretera pueden ser ocasionados porque se han acumulado demasiados autos luego de un fin de semana largo, porque se ha producido un accidente, o por un tramo en obras. Pero en su libro Winkless ofrece otra explicación que sorprende. Cita un experimento realizado en Japón en el que se le pidió a veinte conductores que manejaran a velocidad constante y a una distancia segura con respecto al coche que iba delante. Al poco tiempo algunos conductores quedaron atascados.

El porqué de este fenómeno, dice la divulgadora, es que “a la gente le cuesta mantener una velocidad constante”. Explica, en el ejemplo, que un conductor que ha viajado muy rápido, de pronto comprueba que llegará antes a su destino y entonces decide bajar la velocidad abruptamente. El conductor que viene detrás debe bajar la velocidad también, repitiendo hacia atrás el efecto en otros coches “hasta que el tráfico acaba condensándose y se detiene”. El conductor que redujo drásticamente su velocidad causa “una onda de choque” hacia atrás. Citando al autor del libro Traffic, Tom Vanderbilt, la divulgadora afirma que “no es que vayas hacia un embotellamiento, es el embotellamiento el que va hacia ti”.




Los semáforos son la solución para que no se produzcan los atascos; sin embargo, la mayoría de los semáforos están regulados por un temporizador, lo cual a veces no es suficiente para que el tránsito fluya. Winkless, citando a un matemático entrevistado por ella, explica que “la conmutación de semáforos es un problema matemático considerablemente complejo para el que no existe solución fácil ni práctica”. Por ello, en las últimas décadas se ha desarrollado el concepto de que el número de vehículos que pasan por un cruce sea lo que defina el tiempo de duración de la luz verde en un semáforo. De esa forma más vehículos consiguen circular y salir del atolladero.




 CNN
 

Para saber cuántos autos pasan por un cruce, explica, se colocan detectores bajo la calle. Gracias a esa información se puede ajustar “el patrón de conmutación del semáforo”, aumentando el tiempo de la luz verde.Londres, por ejemplo, posee seis mil semáforos. Para escribir el capítulo sobre el tránsito visitó el centro de control de esa ciudad. Allí le explicaron que utilizan un programa informático llamado Scoot (Split Cycle Offset Optimisation Technique), que usa la información que le transmiten los sensores para buscar la manera de controlar el tiempo de los semáforos y agilizar el tránsito. Lo fundamental es que el sistema realiza estos cambios en tiempo real, adaptándose al flujo de vehículos. Hasta la fecha Scoot se usa en Dubai, Ciudad del Cabo, Beijing, Santiago de Chile y Minnéapolis.




Scoot también utiliza la información de las cámaras de tránsito y la suministrada por los GPS de los ómnibus para calcular la aglomeración de vehículos. Además, controla el tránsito de ciclistas y peatones: “en el Londres del futuro habrá más gente usando las aceras y las ciclovías que nunca”, dice un experto. La autora asegura que este sistema “ha reducido los retrasos asociados al tránsito un 12% durante la última década”. Aunque el número de autos aumenta en las ciudades, lo importante, dice, es que el tránsito circule. Vale imaginar un futuro donde habrá una mayoría de coches sin conductor, el tránsito será más autónomo y sin señalización ni semáforos. También, a mediano plazo, en unos veinte años, “serán pocas las ciudades capaces de realizar cambios radicales en sus redes de carreteras, porque habrá vehículos de distintos tipos coexistiendo en ellas”.
 


Laurie Winkless en la construcción del proyecto Crossrail.
  

MÁS ALTO. Laurie Winkless, irlandesa de treinta y seis años, estudió para ser astrofísica y trabajó en el equipo de materiales del Laboratorio Nacional de Física del University College de Londres. Allí obtuvo mucho del conocimiento y la experiencia que luego volcaría en su libro. En él trató de incluir todo lo que se precisa saber para comprender cómo funciona una ciudad. Para ello investigó y trabajó mucho. Entrevistó a varios especialistas en cada rubro: ingenieros, empresarios, arquitectos y técnicos.También pudo visitar grandes obras en construcción como el proyecto Crossrail, una línea ferroviaria rápida que pasará por debajo de Londres de este a oeste y que después de muchos retrasos estará operativa en 2021.
 

Crossrail (Foto: Manuel Vázquez)


El esfuerzo tuvo resultados ya que el libro fue un éxito de ventas, obteniendo buenas reseñas en muchos periódicos en todo el mundo. Hoy día la autora ha tenido que abandonar la ciencia, con algo de pesar, para convertirse a tiempo completo en escritora y divulgadora de la ciencia. Tarea que le apasiona y en la que emplea una receta sencilla: utilizar el lenguaje cotidiano para comunicarse con sus lectores. Busca que el ciudadano se interese en lo que ocurre con su ciudad y se involucre en el debate para mejorarla. Se plantea preguntas y luego busca las respuestas, pero siempre manteniendo un buen grado de escepticismo con la información recolectada.
Luego de recibirse como física en Irlanda, Winkless vivió en Londres durante 11 años. Quedó enamorada de la megaciudad. Quizá por ello eligió comenzar su libro hablando de los rascacielos. Habla en ese capítulo “de los materiales empleados, así como del equipamiento y las técnicas de construcción que harán que el rascacielos se mantenga en pie”.


 Burj Khalifa (Foto KLM)
 

Para informarse de primera mano consiguió entrevistar a William Baker, el ingeniero jefe del Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo, de 163 pisos y 828 metros, construido en Dubai. Para el esqueleto “usaron cemento desde la planta baja hasta el piso 156 y acero a partir de allí”. William Baker le dijo que cuando lo diseñaron trataron de que el rascacielos fuera “lo más rígido posible”. Para esto diseñaron una estructura de cemento armado en forma de trípode, con un núcleo hexagonal de once metros de ancho. “Es la única parte del edificio que tiene un tamaño y una forma constante desde la planta baja hasta la punta del edificio”, funcionando como un “eje rígido”.
Inspirándose en las catedrales góticas, Baker diseñó tres alas que se unen en el núcleo hexagonal. Luego, unas paredes transversales en las tres alas emulan los puntales que sostienen los muros de las catedrales. Así le dan “mayor resistencia y evitan la torsión del edificio”, explicó el ingeniero. Baker le aseguró que con esta estructura el edifico podría haber “superado el kilómetro de altura”, pero tuvieron limitaciones económicas.

   



 
CUIDAR EL AGUA. En las últimas décadas el éxodo de los habitantes de las áreas rurales a las grandes ciudades se ha intensificado, agravando los problemas. Por ejemplo, lograr que todas las personas tengan acceso al agua potable, o que las redes de saneamiento acompañen el crecimiento de la población es indispensable para no caer en los grandes desastres sanitarios que asolaron a las ciudades en el pasado.
Winkless lo sabe, y por ello el capítulo que trata sobre el uso del agua es uno de los más importantes del libro. Ofrece varios ejemplos sobre gestiones que hicieron algunas ciudades y que terminaron generando más problemas. Uno de estos casos ocurrió en Chicago a mediados del siglo XIX. La ciudad vertía las aguas cloacales al lago Michigan, de donde también obtenía el agua potable. Como resultado de la contaminación del lago “se estima que 90 mil residentes murieron en un período de cincuenta años”. Entonces a comienzos de 1900, mediante exclusas, obligaron al río Chicago -donde se vertían las aguas servidas- a que fluyera hacia atrás, impidiendo que desaguara en el lago. Luego construyeron canales y plantas de tratamiento de aguas residuales. Pero, al enviar las aguas contaminadas curso abajo, llegando hasta el río Mississippi, terminaron afectando a otras poblaciones. También ocasionaron inundaciones río abajo. Con este ejemplo, Winkless quiere reforzar la idea de que “la gestión del agua y residuos es algo increíblemente complicado”.


 

   Lee Tunnel (Zaun Fencing Ltd, Steel Drive, Wolverhampton)
 

Entrevistó a un ingeniero veterano que trabajó en la construcción del Lee Tunnel, “la última súper cloaca de Londres”. Él le dijo que es indispensable “tener en cuenta la inclinación o gradiente de la ruta” que se va a elegir para la construcción de una cloaca, ya que las aguas residuales no se bombean sino que fluyen. No es un dato menor. Si se cometiera un error se estaría ante un gran inconveniente: “las alcantarillas de Londres gestionan 1.250 millones de kilos de caca por año”, advierte Winkless.
Hay dos tipos de aguas residuales, las llamadas aguas grises y las aguas negras. Las primeras son las que contienen detergentes y otros productos de limpieza, y las segundas acarrean orina y heces, además de papel. La diferencia es que la segunda contiene muchas bacterias y otros patógenos. Pero ambas pueden reutilizarse. En ciudades de Suecia, Estados Unidos (en California), España, Alemania e Israel se reutilizan. Pero no muchas más. Este es un asunto serio, porque se desperdicia mucha agua potable. Van algunas cifras: según la Organización Mundial de la Salud, 630 millones de personas no tienen acceso a agua potable, número que dobla el de la población de EE.UU., y según la ONU, en 2014, 2.500 millones de personas no tenían saneamiento. Estos datos confirman lo sabido: que el agua dulce es un bien escaso y que es indispensable su uso racional para que una ciudad pueda subsistir. 




 
La mayor parte de las ciudades obtienen su agua de ríos, lagos y embalses, pero muchas otras de acuíferos, “vastas áreas de roca (normalmente piedra arenisca), que acumulan las aguas freáticas”. La roca que contienen los acuíferos filtra el agua de lluvia, purificándola. Es la fuente de la mayor parte del agua embotellada del mundo y, por supuesto, es un gran negocio. La autora cuenta que en 2014 sólo en EE.UU. se consumieron cincuenta mil millones de litros. El científico Peter Gleick, autor del libro Bottled and sold (Embotellada y vendida), descubrió que “al menos dos gigantes de las bebidas de Estados Unidos sacaban su agua de fuentes municipales, es decir, la misma que sale de nuestras canillas”. Winkless bromea que debe recordar este dato para cuando alguien le diga que el agua embotellada tiene mejor sabor.

CIENCIA EN LA CIUDAD, de Laurie Winkless. Editorial Biblioteca Nueva, 2018. Madrid, 338 págs.









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Gracias por leer.