El astrónomo uruguayo Javier Licandro, radicado en las islas Canarias, tiene como objeto de estudio los cuerpos menores del Sistema Solar, entre los que se incluyen los asteroides, los cometas y los objetos transneptunianos. Actualmente, forma parte del equipo científico de la misión OSIRIS REx de la NASA al asteroide Bennu.
Nota publicada en Relaciones, número 459, agosto de 2022.
Daniel Veloso
De la gran variedad de objetos que componen el sistema solar, los asteroides, por su pequeño tamaño, parecen más simpáticos. Incluso, dan la sensación de que en un futuro los humanos puedan llegar a colonizar a alguno de ellos. Tal vez, esta simpatía esté relacionada con El principito (1943), de Antoine de Saint Exupéry, y las ilustraciones que el propio escritor dibujó para su libro. En estas ilustraciones aparecen varios asteroides, como el del Principito, donde se lo ve a este cuidando a su rosa o deshollinando a los tres volcanes de su pequeño mundo.
También Exupéry dibujó el asteroide del contador, ensimismado en su inventario de estrellas, el del rey que gobierna en su diminuto reino, el del farolero atormentado por la brevedad de las noches, o el del leñador perezoso que dejó crecer tres enormes baobabs en su planetoide. Personajes solitarios que recuerdan al arquetipo del náufrago en su isla desierta. Visto así, pareciera que la asociación de asteroides con islas resulta inevitable. Isaac Asimov debió pensar lo mismo, cuando en su novela Lucky Starr y los piratas de los asteroides (1953), imaginó el cinturón de asteroides como la guarida de bucaneros y filibusteros del espacio.
También, la idea del asteroide como isla, es decir, lugar que, aunque aislado, puede ser habitable, la encontramos cuando conversamos con el astrónomo uruguayo Javier Licandro, que estudia estos cuerpos menores del sistema solar y que vive desde hace treinta años en La Palma, una de las islas del archipiélago canario. La isla de La Palma, se recordará, fue noticia durante 2021 por la erupción del volcán Cumbre Vieja. Este volcán estuvo activo durante ochenta y cinco días, destruyendo con sus flujos de lava cientos de casas y cultivos. Incluso, obligó a cerrar por unos días los telescopios instalados en las cumbres vecinas para protegerlos de la ceniza volcánica.
Siguiendo la asociación planteada, que Javier Licandro haya terminado estudiando asteroides y viviendo en las islas Canarias parece un producto del destino. Pero la verdadera razón es sólo una: su amor por la astronomía. Sentimiento que surgió en la infancia, cuando iba muy seguido al planetario de Montevideo, del que vivía a tan sólo media cuadra.
Javier Licandro en el ACM 2017 (Asteroids, Comets, Meteors), realizado en abril de 2017, en Montevideo, en el Edificio Polifuncional "José Luis Massera" de la Universidad de la República (foto del autor de la nota).
Pasado el tiempo, al llegar a la Universidad, optó por estudiar astronomía en Facultad de Ciencias. Allí tendría como profesor a Julio Fernández, quien introduciría al joven astrónomo en el estudio de los objetos transneptunianos, así como de asteroides y cometas. Julio Fernández predijo en 1980 la existencia del Cinturón de Kuiper, una región del sistema solar, más allá de la órbita de Neptuno, poblada por pequeños cuerpos, entre los que se encuentra el planeta enano Plutón. Por esta predicción el Cinturón de Kuiper bien podría llevar el nombre de Cinturón de Fernández y no el del astrónomo holandés Gerard Kuiper, quien afirmó que tal cinturón no existía, ya que creía que Plutón había expulsado a esos objetos hacia la lejana Nube de Oort. En cambio, el astrónomo uruguayo, en un trabajo publicado en 1980 predijo que los cometas de período corto, como el Halley, provenían de una zona más allá de la órbita de Neptuno. En 1992 fue descubierto el primer objeto transneptuniano (aparte de Plutón, descubierto en 1930), con lo que se confirmó la hipótesis propuesta por Julio Fernández.
RECOLECTANDO MUESTRAS. Además de trabajar en el Instituto de Astrofísica de Canarias, donde es Coordinador del Área de Investigación, Javier Licandro forma parte del equipo de ciencia de la misión OSIRIS REx de la NASA. Esta misión consistió en hacer que una sonda espacial descendiera sobre el asteroide Bennu y tomara una muestra del terreno, hecho que ocurrió con éxito el 20 de octubre de 2020. La última fase de la misión se cumplió en setiembre de 2023 cuando la nave espacial dejó caer en la atmósfera terrestre una cápsula con las muestras.
La tarea de Licandro y de su colaboradora, la astrónoma española Julia de León, consistió en estudiar las imágenes que enviaba la nave espacial para conocer la composición de Bennu, un asteroide de 500 metros de diámetro, de la familia de las condritas carbonáceas. La importancia de estos asteroides es que preservan los materiales con los que se comenzó a formar el sistema solar. El astrónomo espera que las muestras que colectó la nave espacial permitan obtener información sobre la formación de los planetas interiores y sobre el origen del agua y de la vida en la Tierra.
Javier Licandro explica que por la baja gravedad de Bennu, la sonda no pudo orbitarlo, porque la gravedad del objeto no era suficiente para retenerla como un satélite. Entonces, la nave debió utilizar sus cohetes para cambiar de dirección continuamente y así permanecer cerca del asteroide. Luego de que la OSIRIS REx mapeara el asteroide, el equipo de la misión eligió el lugar donde esta tomaría muestras del terreno. La sonda no aterrizó, sino que se acercó hasta quedar a pocos centímetros de la superficie. Luego extendió un brazo con un colector de polvo y piedras para después disparar nitrógeno presurizado que perturbó la superficie y así pudo recoger una muestra. Para sorpresa del equipo de la NASA la sonda recogió más material del pensado, unos sesenta gramos, provocando que la cápsula no pudiera cerrarse.
En un primer momento se temió que la muestra se perdiera, ya que las cámaras a bordo de la sonda mostraron cómo las pequeñas piedras se escapaban, flotando por el espacio. Finalmente, la cápsula consiguió cerrarse para alivio de los científicos. Licandro explica que el material recolectado será una novedad para los astrónomos ya que este “difícilmente sobrevive a la entrada a la atmósfera terrestre y llega al suelo como meteorito”. Ese es el punto clave de la misión: “traer ese material de un valor incalculable a la Tierra para poder estudiarlo”. El valioso cargamento que trajo en su viaje de regreso la OSIRIS REx, llegó a la Tierra el 24 de setiembre de 2023, cuando la sonda espacial dejó caer la cápsula que lo contenía, en la atmósfera terrestre.
Otra razón para el estudio de los NEAs, es que al ser cuerpos que tienen un contenido importante de minerales hidratados pueden aportar información sobre el origen del agua en la Tierra primitiva: “Cuando nuestro planeta se terminó de formar, probablemente acabó siendo muy seco, y cuando se enfrió la corteza terrestre, esta no tendría nada de agua”, explica el astrónomo. El agua, entonces, debió ser aportada por los cometas y asteroides que colisionaron con la Tierra primitiva.
La información que obtenga la misión OSIRIS REx sobre el contenido de agua de asteroides como Bennu, también tendrá utilidad para los futuros viajes espaciales por el sistema solar: “si queremos salir de la Tierra necesitaremos repostar combustible, que en el espacio perfectamente puede ser hidrógeno y oxígeno”. Para extraer estos elementos de los minerales de los asteroides, explica, “bastará calentarlos, para que las moléculas de agua se separen y así tendremos el combustible para nuestras naves”, afirma entusiasmado. “Hay mucho interés de compañías privadas en este tipo de cosas”, agrega.
DESMITIFICANDO. Un aspecto curioso de los asteroides, remanentes de la formación del sistema solar, es que a menudo son noticia en diarios y portales de Internet. Además, el tono en que se informa sobre sus apariciones en las cercanías de la Tierra, generalmente es sensacionalista.
En el Instituto de Astrofísica de Canarias los días de trabajo son tranquilos para los astrónomos, que se encargan de mantener los equipos, ayudar a los científicos visitantes o investigar en sus propios proyectos. Hasta que llaman los periodistas preguntando si pueden hablar con algún astrónomo sobre el “asteroide asesino”. Javier Licandro se lo toma con tranquilidad: “Cada vez que sale una noticia de que un asteroide va a chocar con la Tierra y nos va a matar a todos, me llaman a mí”, dice riendo.
El pico de llamadas se dio en diciembre de 2012 “con todo aquello del apocalipsis maya”, cuando los medios informaron que el asteroide 2012 DA14, de 45 metros de largo y unas 130 mil toneladas, pasaría el 16 de febrero de 2013 a tan sólo 27 mil kilómetros de la Tierra. Apenas la 13ª parte de la distancia a la Luna. Lo curioso, es que sin tener vinculación alguna con el 2012 DA14, y sin previo aviso, ese mismo día, más temprano, otro asteroide más pequeño, de 20 metros de largo, había explotado sobre la ciudad rusa de Cheliábinsk. La onda de choque de la explosión destruyó vidrios y ventanas causando heridas a más de ochocientas personas.
Licandro cuenta que al pasaje del asteroide 2012 DA14, se sumó que 2012 fue un año con actividad solar intensa. Fue la combinación justa para que aquel diciembre de 2012 el teléfono de la oficina de Licandro y la del astrofísico Héctor Socas no parara de sonar: “Cuando no me llamaban a mí por el asteroide asesino, lo llamaban a él por la tormenta solar que iba a arrasar la Tierra”, dice Licandro, entre risas. Los científicos, después de atender a varios periodistas y de tratar de convencerlos de que la tormenta solar y el pasaje de un asteroide cerca de la Tierra eran fenómenos habituales y que no implicaban un peligro para el planeta, imprimieron un cartel y lo pegaron a la entrada de sus despachos: el cartel advertía a los visitantes que en ese lugar, funcionaba la “Oficina del apocalipsis”.
ISLAS Y ASTEROIDES. “Soy un enamorado de la astronomía desde niño” dice Javier Licandro, convencido. Como iba muy seguido al planetario, a los dieciséis años su profesor de astronomía lo animó a acercarse a la Asociación de Aficionados a la Astronomía, que funcionaba en ese lugar. “Me asocié y empecé a hacer observaciones con telescopios y a intentar medir cosas, porque yo no quería hacer simplemente una astronomía contemplativa: yo quería medir cosas nuevas” dice con énfasis. Licandro describe la emoción que se siente al ser la primera persona en ver y medir una estrella o un planeta: “Cuando medís algo que nadie ha visto, no importa si es pequeño o gigantesco, es una sensación única”.
Al terminar el bachillerato optó por estudiar en la Facultad de Ingeniería, pero al poco tiempo empezó a dudar sobre si había tomado la decisión correcta. “Como andaba como loco con la astronomía, fui hasta la facultad de Ciencias a informarme de los cursos y a los seis meses me dije: ‘yo Ingeniería la dejo’; tenía clarísimo que era un adicto a la astronomía”. A lo largo de su carrera, Licandro ha estudiado los asteroides, desde los cercanos a la Tierra hasta los que están en la parte más externa del cinturón de asteroides. Pero también se especializa en cometas, su tesis doctoral fue sobre este tema, así como en objetos transneptunianos, sobre los que ha realizado varias publicaciones en revistas científicas.
Como las islas Canarias, ubicadas en el Océano Atlántico cerca de la costa africana, son un punto del planeta “absolutamente privilegiado para la astronomía”, varias universidades del mundo han instalado en ellas sus telescopios. Luego de su pasaje por la Universidad de la República, Javier Licandro viajó hasta Canarias para trabajar en alguno de estos telescopios. Primero se desempeñó como astrónomo soporte en el Telescopio Nazionale Galileo, luego en el británico William Herschell y finalmente en el Gran Telescopio Canarias (GTC) ubicado sobre el Roque de los Muchachos, el punto más alto de la isla La Palma. Con un espejo de 10,4 metros de diámetro es el mayor telescopio del mundo en el espectro visible y en el infrarrojo, afirma.
Explica que el astrónomo soporte tiene varias tareas, como es la de recibir a los colegas que llegan hasta La Palma para usar el telescopio, además de enseñarles cómo funciona y asesorarlos para que saquen el mayor partido del instrumento. También se encarga del mantenimiento de los telescopios desde el punto de vista científico, colabora con los ingenieros en testear que funcionen correctamente y que los resultados que se obtienen sean los esperados. Por último, debe hacer investigación: “son las tres patas del trabajo de un astrónomo soporte: el mantenimiento, el desarrollo del software para utilizar los datos y hacer ciencia. Creo que es fundamental, porque si no hacés ciencia con los instrumentos con los que trabajás es como ser carpintero y no usar las herramientas que tenés a tu cargo”.
Sobre su integración en la sociedad canaria, Javier Licandro relata que ha sido bastante sencilla: “somos muy parecidos en un montón de aspectos, en las costumbres y en la lengua; bueno, Montevideo fue fundada por canarios”, aclara. La islas Canarias son un lugar, explica, “donde en invierno la temperatura mínima es de 15 grados y la máxima en verano puede llegar a 33, con un agua de mar espectacular, y donde funciona la administración y la educación pública”, añade. “Hace treinta años que vivo allí”, dice orgulloso el astrónomo.






