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sábado, 17 de marzo de 2018

Crónica de un viaje a España (IV)




4ª parte.


Cuando el taxi tomó la Gran Vía respiré aliviado. El taxista no estaba dando un rodeo. Al contrario, hizo el camino más directo. Lo que ocurría era que no había podido orientarme en Madrid. Tal vez era porque en el hemisferio norte el sol hace su movimiento aparente por el cielo hacia el sur. Es decir, en Montevideo si miro al norte, veo salir al sol a mi derecha y ocultarse a mi izquierda. En el hemisferio norte es al revés: en Madrid tengo que mirar al sur para ver el tránsito del sol, y lo veo salir a mi izquierda y ocultarse a mi derecha. Creo que eso hacía que me confundiera todo el tiempo. Por esa razón pensé que el taxi iba en la dirección contraria. Me pasaba cuando salía del hostal y empezaba a caminar por San Bernardo. Siempre confundía el este con el oeste. Pero algo que sabía por haber visto el mapa era que para llegar a la estación de trenes de Chamartín yo tenía que ir por el Paseo de la Castellana y hacia allí se dirigía el taxi.
-¿De dónde es usted?- le pregunté al conductor. Una vez más aparecía el antropólogo que hay en mí.
El taxista sin reparos me dijo que era de Ecuador.
-Es grande la comunidad ecuatoriana en España- le dije, un poco preguntando.
-Más o menos, se ha ido mucha gente después de la crisis.
-Me acuerdo de haber visto un partido amistoso entre España y Ecuador en el Vicente Calderón, en el que las tribunas estaban llenas de hinchas con camisetas amarillas. Eso me llamó la atención.
El taxista recordaba bien ese partido en la cancha del Atlético de Madrid.
-Yo fui a ese partido. Fue en 2003- contestó. –Pero de toda esa cantidad de gente ahora queda la mitad-. Él había decidido quedarse. Tenía un hijo español y quizá esa era la principal razón. Quizá también el desarraigo. Siempre pienso que aquel que no le ha ido bien en su país no quiere regresar, por más difícil que sea la vida como inmigrante. También el lugar que uno dejó atrás ya no es el mismo. Recuerdo haber leído un texto del escritor Juan Carlos Onetti en el que daba ese argumento para no regresar a Montevideo después de haber vivido muchos años en el extranjero.



Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017

Giramos alrededor de la rotonda con la estatua de la Cibeles y tomamos el Paseo de la Castellana hacia el barrio de Chamartín. Eran las nueve de la mañana pero el sol caía a pleno sobre la calle. Las veredas aparecían despobladas de gente a ambos lados de la ancha avenida. Autos nuevos, de grandes luces traseras nos pasaban. El taxista, callado, manejaba a su ritmo. Yo iba con mi matera entre los pies, como si fuera en un taxi montevideano, mirando por la ventana. El viaje iba saliendo de acuerdo a lo planeado. Ahora había que encontrar el hotel dentro de la estación.
Para calmar la ansiedad saqué el tema del fútbol. El taxista no era hincha de ningún cuadro en España. Le parecía obsceno lo que ganaban los jugadores de los grandes equipos.
-Ustedes tienen a ese jugador…- me dijo sin mirarme. Sabía que se refería a Luis Suárez.
-Sí, Suárez, el que juega en el Barcelona.
-Es bueno ese.
Asentí con la cabeza, pero no esquivé el tema de lo mucho que ganan jugadores como Suárez por muy buenos que sean. Dije que estaría bueno que se distribuyera algo de ese dinero entre esa enorme mayoría de jugadores de las ligas menores que ganan muy poco. Le comenté que incluso muchos tienen que trabajar primero e ir a entrenar después, algo que es común en Uruguay.
Lo curioso es que más o menos al mismo tiempo que hablaba de esto, el taxi debió de haber pasado a un lado del Santiago Bernabeu, el estadio del hegemónico Real Madrid. Me había fijado en el mapa sobre su ubicación, pero no estaba en mis planes visitarlo. Tal vez porque el taxista no era afín al fútbol no me dijo: “mira, allí está el Bernabeu”, que además estaba de mi lado. Fue una lástima, quizá. Le habría contado que allí el mítico Peñarol de 1966 le había ganado al Madrid la final de la Copa Intercontinental 2 a 0, con goles de Juan Joya, veloz puntero izquierdo peruano y de Alberto Spencer, gran goleador ecuatoriano. Este último mantiene el récord de “máximo artillero en la historia de la Copa Libertadores” con 54 goles. Una vez en el Teatro Solís lo vimos con mi padre y nos acercamos a estrecharle la mano.



2 a 0. Gol de Spencer.

El taxi pasó por un túnel que se hundía en la profundidad de la tierra y luego, más adelante, al salir a la luz, dobló a la izquierda y allí estaba la estación, aunque parecía el estacionamiento de un centro comercial.
-¿Es acá?- pregunté. -¿Dónde está el hotel?
-No sé. Hay varios en Chamartín. Pregunte mejor a esos trabajadores
Me asomé por la ventanilla y pregunté a unos hombres que estaban por tomar un ascensor de servicio.
-Allá hay uno- me dijeron parcos, señalando al otro lado de la calle.
Le pagué al taxista y me despedí deseándole suerte. Saqué las valijas del baúl y crucé el estacionamiento. Temía no encontrar a tiempo al grupo que tomaría el Tren Negro. Además no tenía ningún teléfono de los organizadores.
Vi una entrada con puertas corredizas e intuí que era del hotel. Me mandé por la puerta y entré en un hall. Había un grupo muy risueño sentado en unos sillones frente a los ascensores.
-¿Son de la Semana Negra de Gijón?
Un par de ellos lanzaron una risotada. Fruncí el ceño y seguí mi camino sin quedarme a escuchar sus comentarios. Tomé el ascensor hasta el lobby en el primer piso y allí estaban, inconfundibles, los amantes de la novela policial.
Dejé las valijas junto a una mesa y me acerqué a saludar. Un matrimonio madrileño me invitó a sentarme con ellos. Acepté con gusto. Saqué el mate y el termo y los coloqué sobre la mesa. El hombre me miró con extrañeza. Sabía yo que aquel era un gesto exótico, pero apenas había tomado un par de mates en el hotel y el agua se enfriaba. Además de que el mate me ayudaría a despabilarme.



Como pasa a menudo, en un viaje uno ve rostros que le recuerdan a amigos o a compañeros de trabajo. Entonces, dependiendo de si el rostro de quien tienes delante te hace acordar a alguien con el que te llevas bien, tratarás a ese extraño con simpatía, lo que quizá puede ser peligroso. En cambio si el extraño te hace acordar a algún jefe autoritario que tuviste en un pasado, reaccionarás con antipatía, lo que también puede ser un error. No te agradará su rostro, pero justo es la persona que podría ayudarte y tú poniéndole cara de pocos amigos.
Con el hombre que tenía enfrente me ocurría algo parecido al primer ejemplo. Me hacía acordar vagamente a alguien conocido, con su cabeza bastante grande, su cara con barba de quince días y su remera negra con un logo relacionado con la novela negra. Me explicó mi compañero de mesa que Ángel de la Calle, el organizador, los había invitado a él y a su compañera en el Tren Negro, oportunidad que no habían dejado pasar. Conversamos un poco sobre libros, más bien de ciencia ficción, género que conozco un poco más, ya que hacía años que no leía novelas policiales.
Un hombre joven, también con una remera negra, tal era el color oficial al parecer, vio el mate y se me acercó sonriendo.
-¿Me convidás con un mate?
-Cómo no. ¿De dónde sos?
-De Argentina.
Claro, pensé, es Iñaqui Echeverría, el dibujante argentino que tengo que presentar en la Semana Negra. Le alcancé un mate y nos presentamos.



De Iñaki sabía que dibujaba y guionaba una tira cómica: “La vida de un padre abrumado”, donde cuenta las dificultades de criar a dos niñas pequeñas. Había encontrado algunas de las tiras en Internet y me habían parecido divertidos los diálogos entre el padre agotado y sin afeitar, y la niña y la bebé, siempre inquietas y ocurrentes. Iñaqui venía a la Semana Negra a presentar el libro que recopilaba estas tiras, pero también a participar de una muestra de dibujos, en los que se denunciaba el maltrato a las mujeres víctimas de la prostitución y de la trata de personas.
De pronto entre un grupito que charlaba vi a Ángel de la Calle. Me vio y levantó la mano para saludarme. Me levanté y fui hasta donde estaba él. Ángel me recibió con su habitual sonrisa. Le dije que estaba “igualito” a la última vez que lo vi en Montevideo Cómic, en 2008, con su pelo canoso y su sonrisa siempre presente. Aquel año Ángel estaba presentando una novela gráfica sobre la vida de la fotógrafa italiana Tina Modotti. En esa oportunidad entrevisté a Ángel (que puede leerse en esta página de El taller de Jar). En 2017 Ángel de la Calle había vuelto a publicar otra novela gráfica, "Pinturas de guerra", que trata sobre las desventuras de unos pintores latinoamericanos que sufrieron en carne propia la represión, la tortura y el exilio, por parte de las dictaduras cívico-militares que asolaron América Latina durante los años setentas.




Como Ángel estaba ocupado arreglando los últimos detalles antes de que el grupo de escritores y periodistas subiera al tren, me acerqué a saludar al escritor mexicano Fritz Glockner que también debía presentar en Gijón junto a los escritores argentinos. Fritz hace años que es un visitante asiduo de la Semana Negra, además de que en ella tiene un puesto de venta de libros que trae de México.
Fritz me dijo que se iba a fumar un cigarrillo y lo acompañé afuera, a un espacio al aire libre, grande como una cancha de fútbol sala, que lindaba con el hotel. El cielo estaba algo nublado, con un brillo implacable que me hacía entrecerrar los ojos. El escritor se apoyó a un macetón con plantas y se prendió un cigarrillo. Representaba los años setenta y a mucha honra, con su bigotes y su pelo largo atado en coleta. Su padre había sido parte de la guerrilla mexicana, poco conocida en América Latina. Fritz escribió el libro "Memoria roja", editado en 2007, para dar a conocer ese movimiento guerrillero.




Fritz me preguntó sobre la política en Uruguay y sobre los tupamaros, movimiento que conocía. Entonces, me acordé de algo que justo me había enterado antes de emprender el viaje, y por eso lo tenía presente en la memoria. Le conté al escritor mexicano que unas semanas atrás yo había estado en Montevideo en una charla en la fundación Vivian Trías, de la que participó Carlos Demasi, un historiador uruguayo. Demasi estudia la historia reciente de Uruguay, que comprende el período que va de los años sesenta hasta la actualidad. Después de la charla, al llegar a casa me puse a buscar en Internet información sobre los libros que escribió Demasi y me topé con una polémica en la que había estado envuelto en 2006. El historiador se encontraba dictando un curso de historia para profesores en el departamento de Salto, cuando durante la clase, este se preguntó qué había sido primero, si la guerrilla o la represión por parte del Estado. Lo que dijo en esa clase se convirtió en material para una nota de un semanario de Montevideo y allí comenzó el lío, cuando un político sintió que su partido había sido aludido y pidió a través de la prensa la destitución del historiador de su cargo de profesor. Porque en esos años, a comienzos de la década del sesenta, a los que se refería Demasi como el período en que se inició la represión desde el Estado, antecediendo al movimiento guerrillero, el partido de aquel político estaba en el gobierno.

Fundación Vivian Trías.

En una entrevista que le hicieron en una radio aquel mismo año (El Espectador, 29/8/2006)*, el historiador reafirmaba su opinión “de que la represión fue primero; la represión sobre movimientos sindicales y estudiantiles en la década de los sesenta es anterior a la emergencia de la guerrilla como fenómeno político”.
Fritz Glockner me miraba atónito cuando le contaba sobre Carlos Demasi y del cuestionamiento que hacía este del surgimiento temprano de los tupamaros a principio de los sesentas. Le conté que en aquella entrevista Demasi insistía en que aunque los ex miembros del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) fechaban el surgimiento como temprano, como “actor político” la guerrilla no apareció “hasta que las medidas prontas de seguridad ya están implantadas, en 1968”. Es decir, antes de ese año existía una guerrilla “que nunca actúa o que actúa sólo ocasionalmente y que hace movimientos tan irrelevantes que la policía la maneja como una banda de delincuentes más…”, había afirmado el historiador. Sólo cuando el MLN irrumpe en el escenario como actor político es relevante para la historia ya que “aparece en el campo de la política como un agente más”, explicó Demasi en aquel programa de radio del año 2006.
No sé si decir “pobre Fritz”, porque sin duda que no se esperaba encontrarse con aquel pesado, que venía con aquellos cuentos a desmitificar a los célebres guerrilleros uruguayos.



Foto de Álex Zapico, de la publicación de la Semana Negra, "A quemarropa".


Por suerte para Fritz Glockner apareció Ángel de la Calle llamando a los escritores para que se juntaran para sacarles una foto. Los organizadores desplegaron un cartel de la Semana Negra en el suelo e invitaron a todos a colocarse detrás. Como el cartel había estado enrollado tendía a doblarse hacia dentro en las puntas. Ángel le puso un pie encima y yo tomé el mate y lo puse en un extremo, y sonreí. Así salgo en la foto, sonriendo, y también sale mi mate. Sonreí porque lo había logrado. Un camino que había iniciado en 2008 cuando Ángel de la Calle me invitó a la Semana Negra y luego, tras el intento frustrado de 2011, allí estaba por abordar el Tren Negro, tantas veces imaginado por mí.


Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2018




En la imagen aparecen, de izquierda a derecha, de pie: Inma Luna, Ignacio del Valle, Leandro Pérez, Lorenzo Silva y Fritz Glockner. Sentados, Juan Madrid, Soffy Hénaff y Ángel de la Calle.

Uno de los fotógrafos llamó la atención a los escritores y los invitó a que lo siguieran hasta una pared gris que recibía más luz. Puso tres sillas e invitó a algunos escritores a tomar asiento. Detrás colocó a cuatro escritores más. Luego le dio a cada uno una hoja en blanco. El fotógrafo se alejó y solicitó a los escritores que levantaran las hojas y las mostraran. Pidió una sonrisa y disparó un par de veces con su cámara. Finalmente les dijo que soltaran las hojas y que las arrojaran al aire. Los demás compañeros del grupo sonreían y sacaban fotos con sus teléfonos.



De izquierda a derecha: Octavio Colis, Juan Carlos Galindo, Lorena Nosti, Fernando López, Lucio Iudicello, Daniel Mordzinski, Ricardo Vigueras, Elpidia García y Adela Mac Swiney.


Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017

Yo había ido medio regalado a la Semana Negra, preocupado más por concretar el viaje en sí. Había visto la lista de participantes de la edición 2017 pero reconocí pocos apellidos. Apenas el de los dibujantes argentinos José Muñóz y Enrique Breccia, a los que había decidido entrevistar. No conocer al resto de los autores que iban a participar de la semana hizo que se me escaparan muchas cosas.
Por ejemplo el fotógrafo que sacó la foto de los escritores contra el fondo gris, es el argentino Daniel Mordzinski, corresponsal del diario El País de España. De hecho la foto que sacó salió al otro día en el matutino español. Buscando información sobre Mordzinski encontré que en los medios lo llaman “el fotógrafo de los escritores”. Le ha sacado fotografías a José Luis Borges, a Julio Cortázar, a Ernesto Sábato, a Adolfo Bioy Casares, a Mario Benedetti, a Umberto Eco, a Octavio Paz, a Gabriel García Márquez y a muchos más. A la Semana Negra ha ido varias veces como fotógrafo, pero me parece que también por placer. Siempre lo vi sonriente y distendido, compartiendo con camaradería los almuerzos con periodistas y escritores.




Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017


Álex Zapico. "A quemarropa".

Ángel de la Calle volvió a llamar la atención del grupo y dijo que debíamos ir ya al andén. Volví al recibidor del hotel y tomé mis dos valijas. Ahí descubrí una vez más la ventaja de que tuvieran rueditas, porque el andén quedaba lejos. Tuvimos que atravesar un corredor, bajar por unas escaleras mecánicas y volver a tomar otro corredor con comercios y oficinas de agencias de viaje para por fin, llegar a los andenes. Estos estaban techados y se intercalaban con las vías, donde unos trenes largos y aerodinámicos y no tan nuevos como esperaba, aguardaban a los pasajeros. Hacía calor bajo los techos traslúcidos y la troupe de escritores se movía con dificultad arrastrando su equipaje.
Carlos Salem y Fernando López, dos escritores argentinos que se habían rezagado, llegaron corriendo por el andén llevando detrás sus valijas con ruedas. Venían riendo. Mordzinski no dudó y los fotografió en pleno vuelo.


Foto de Daniel Mordzinski, tomada de la edición en papel del diario El País de Madrid del 8 de julio de 2017.

Cuando el grupo se detuvo y me había apartado un momento para observar la gran extensión de la estación de Chamartín, apareció nuestro Tren Negro, aunque era gris metalizado. Hicimos cola y subimos al tren. Puse como pude mi valijota en un compartimiento cerca de la puerta y fui hasta el fondo del vagón. Hace años, me explicaron, el tren era todo para los escritores, pero ahora apenas le concedían un vagón. De igual manera y a pesar de las crisis económicas, el Tren Negro seguía rodando, llevando como cada año a través de los campos yermos y sedientos de la meseta castellana, a un nuevo grupo de escritores hacia la coqueta Gijón y a su incómoda Semana Negra.




Escrito en Montevideo entre el 4 de enero y el 17 de marzo de 2018.

(Sobre el viernes 7 de julio de 2017).


* El enlace a la entrevista está caído. Pero tengo la transcripción, tal como la publicó El Espectador, pasada a pdf. Si la necesitan me la piden que con gusto se las enviaré.




 

 

Ver la Crónica del viaje a España - julio de 2017 - Libretas - Asturias

 

Ver la Crónica del viaje a España - julio de 2017 - Libretas - Barcelona

 

Crónica del viaje a España - julio de 2017 - Libretas -  Tarragona - Barcelona


Crónica del viaje a España - julio de 2017 - Libretas -  Cadaqués - Barcelona






En El taller de Jar se encuentran las notas
 publicadas en El País Cultural, además de un índice.


Gracias por leer.
 


Texto y fotografías: Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017 - 2021





Si se desea utilizar este material con fines educativos o de divulgación por favor primero comunicarse conmigo a través del correo hiperjar3@gmail.com
Gracias. (11/04/2021)







martes, 28 de noviembre de 2017

Donde casi no brilla el sol






Alan Stern es director de la misión New Horizons (Nuevos horizontes), la cual tras un viaje de nueve años sobrevoló, en julio de 2015, el hasta entonces inexplorado Plutón. Ahora Stern y su equipo se preparan para el siguiente objetivo, la visita en enero de 2019, por primera vez en la historia de la exploración espacial, a un objeto del Cinturón de Kuiper.








Daniel Veloso


NUEVE LARGOS AÑOS debió viajar la sonda espacial New Horizons para alcanzar Plutón. Sin embargo durante ese tiempo el científico planetario Alan Stern estuvo muy ocupado como para preocuparse de la espera: “las misiones previas a la New Horizons, como las Voyager (viajero), tenían un equipo de cuatrocientas cincuenta personas, en cambio la nuestra sólo tenía cincuenta; por eso estuvimos muy ocupados durante el trayecto y por lo tanto el tiempo pasó rápido”. De igual manera comentó entre risas que “en lo personal fue una larga espera”.
Cuando se anunció en 2006, año de su lanzamiento, que la sonda iba a llegar en 2015, muchos pensaron que al ser tan largo el viaje podrían surgir varios problemas para la misión, por ejemplo en la comunicación con la Tierra, como le ha ocurrido a varias naves no tripuladas que se han perdido porque no han podido orientar correctamente sus antenas. Stern explicó que el temor a perder el contacto con la nave siempre existió, “pero había otras cosas que temíamos más que eso, como por ejemplo que explotara el cohete durante el despegue, que nos equivocáramos en la trayectoria, que sufriera desperfectos, que no alcanzara el combustible o que alguien importante para el proyecto muriera; porque eran diez años por delante”, dijo enfático.
El Plutón que reveló la New Horizons fue una sorpresa tanto para el público como para el equipo de la nave. El nuevo mundo que fotografió la sonda espacial fue tan inesperado como el que encontraron los navegantes del siglo XVI. Alan Stern contó que tenían varios indicios “de que Plutón iba a ser científicamente fantástico, pero fue mucho más de lo que esperábamos ya que encontramos uno de los cuerpos más complejos y activos del sistema solar”. 





En las fotografías de excelente resolución que tomó la sonda se puede ver que la superficie de Plutón en algunas regiones está teñida de rojo, mientras que en otras es de un blanco brillante. Stern explicó la diferencia de colores: “el material rojo está compuesto por moléculas orgánicas cuyo nombre técnico es ‘tholin’ y es debido a la radiación solar actuando sobre los hielos de la superficie. Es como si tomara tinta roja y la mezclarla en un balde de nieve, entonces, toda la nieve se vuelve roja con sólo un poco de tinta”, agregó. En cambio señaló, las superficies brillantes son de hielo, porque mientras si por un lado en el interior de Plutón el principal componente es roca, “en la superficie es hielo de agua, que cubre todo planeta como un témpano gigante”.





Para saber cuál de esos terrenos es más antiguo, el ingeniero de la NASA explicó que se puede estimar la edad de estos contando el número de cráteres. “La técnica es la siguiente: si uno sale fuera cuando llueve con un papel y lo sostiene bajo la lluvia, cuanto más tiempo lo exponga más gotas dejarán marcas. Entonces, los cráteres son como los puntos que deja la lluvia, por lo tanto, comparando diferentes regiones de Plutón se puede saber la edad de cada una”. El resultado es un rango muy variado de edades que tiene la superficie: “hay algunos lugares que son tan antiguos como el planeta, con cuatro mil millones de años, completamente cubiertos de cráteres, mientras que hay otros que no los tienen, por lo tanto son muy nuevos, con el uno por ciento de la edad del sistema solar”. Aunque suene extraño eso significa que la superficie brillante del planeta enano se formó hace cuarenta y cinco millones de años, apenas un poco más de un día en el calendario cósmico.







UNA REGIÓN INEXPLORADA. Luego del encuentro con Plutón la NASA ha extendido la misión permitiendo al equipo de la New Horizons explorar la región del cinturón de Kuiper. Alan Stern explicó que a partir de ahora la nueva misión de la sonda tiene varios objetivos además del más importante, que es el sobrevuelo (flyby) del 1º de enero de 2019 sobre el objeto transneptuniano 2014 MU69. “Pero en el camino a ese objetivo estamos muy ocupados explorando otros objetos del cinturón de Kuiper y estudiando el ambiente de esa región, como ser la radiación, los gases y el polvo”. Contó que además la misión está usando un telescopio que lleva la nave “para observar otros objetos mientras pasamos cerca de ellos y en total examinaremos veinticinco objetos para compararlos con el que vamos a sobrevolar”.






El objeto, que aún no tiene un nombre “es muy pequeño comparado con  Plutón, con sólo cincuenta km de diámetro, pero se cree que se formó allí y siempre ha permanecido en ese lugar, en un ambiente extremadamente frío”. Stern describe al cinturón de Kuiper “como una suerte de morgue, que ha mantenido el cuerpo en su estado original”. Ese aspecto le interesa porque “será como ver en el interior de Plutón”. La información que proporcionará la New Horizons permitirá al equipo de la misión conocer la composición, la geología “y ver si tiene anillos o alguna luna alrededor”. Como nunca se ha visto un objeto del cinturón de Kuiper, “puede ser muy sorprendente lo que encontremos”. Por ejemplo, no se sabe la forma que tendrá el objeto, que probablemente tenga la forma irregular de un asteroide. “Tal vez sea como una papa, o como dos papas, porque objetos con forma de hueso de perro son muy frecuentes en el sistema solar”, aclaró. De lo que está seguro es que no será un cuerpo esférico como la Tierra o Plutón; “es demasiado pequeño”.



Caronte, la mayor luna de Plutón.



NAVES BARATAS E INTELIGENTES. Después de un viaje de más de nueve años para llegar a Plutón, la pregunta que surge es cuánto combustible le queda a la sonda para realizar sus maniobras. Alan Stern se siente confiado de que alcanzará para cumplir con todos los objetivos: “en 2006 empezamos la misión con 78 Kg. de combustible y dejamos Plutón atrás con el tanque por la mitad. Ahora nos queda un tercio y después del próximo sobrevuelo esperamos contar con un quince por ciento del combustible. Pero eso será suficiente para continuar operando científicamente durante veinte años”, dijo con optimismo.
Será importante la cantidad de combustible que reste luego del encuentro con 2014 MU69, porque de él dependerá que la New Horizons continúe estudiando el Cinturón de Kuiper. Región que ya fue cruzada por las Voyager, pero que en sí no fueron exploradas por estas sondas, aclaró el científico. Stern lo explicó así: “las Voyager no exploraron el cinturón de Kuiper porque cuando pasaron por él este todavía no había sido descubierto”. Reconoció que estas sondas “hicieron descubrimientos muy importantes en los planetas gigantes pero no en el cinturón de Kuiper, pero al igual que las Voyager la New Horizons va a seguir explorando muy lejos”.






Recordó que el proyecto de las Voyager contaba con un equipo de científicos e ingenieros muy grande además de que “era muy caro, con cinco veces el presupuesto de la New Horizons”. También eran muy diferentes en tamaño ambas naves: “la Voyager llenaría casi completamente un salón de clases de una universidad, mientras que la New Horizons es apenas mayor que una mesa”.
A Stern le gusta comparar ambos proyectos para dejar claro las ventajas de los nuevos exploradores del espacio profundo. Por ejemplo, utilizó la analogía de que en la década de los setentas, en que se construyó y envió al espacio a las Voyager, “una computadora llenaba una habitación y era muy cara, al igual que la Voyager. Hoy las computadoras son muy pequeñas y muy baratas, igual que la New Horizons”. Explicó que eso se debe al “avance de la tecnología”, que ha hecho que “cualquier celular es más poderoso que una computadora de los años setentas y con mucha mayor capacidad; del mismo modo la sonda New Horizons tiene mucha mayor capacidad que la Voyager y con un costo mucho menor”. Así como ocurrió con las computadoras, también ha sido el avance de las naves espaciales, agregó.
Aun habiendo cumplido uno de sus sueños, Alan Stern sigue involucrado en varias misiones de la NASA, así como también en proyectos del ámbito privado como Virgin Galactic y con una compañía de la que es cofundador, llamada World View, “que lleva en globos tanto a personas como a experimentos científicos hasta las capas altas de la atmósfera”.





En lo que respecta a la exploración del sistema solar, reflexionó sobre que es casi seguro de que “algún día encontremos vida en varios lugares del sistema solar; por ejemplo ahora estamos encontrando muchos lugares que tienen océanos por debajo de la superficie, incluyendo Plutón”.
Confesó que le encantaría enviar una nueva sonda a Plutón, e incluso a otros planetas enanos: “se podrían mandar muchas misiones New Horizons a otros cuerpos del cinturón de Kuiper, ya que con el avance de la tecnología se podrían hacer misiones más baratas y sondas más pequeñas. Pero antes me gustaría mucho volver a Plutón y dejar una nave en órbita”.
Por último se le preguntó qué lecturas le inspiraron en su carrera como ingeniero aeroespacial: “cuando era niño leí muchas novelas de ciencia ficción, pero lo que más me inspiró fue ver astronautas caminando en la Luna. Yo quería crecer y ser parte de ello”, afirmó Alan Stern.



Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017

Luego de la entrevista, Alan Stern conversó con los jóvenes colaboradores de la ACM 2017.


El autor agradece por la traducción en simultáneo al Lic. Francisco López, del IFFC de la Facultad de Ciencias, UdelaR (que aparece de camisa roja en la fotografía).



Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017


La entrevista a Alan Stern se realizó durante el congreso internacional ACM 2017 Asteroids, Comets, Meteors, que se llevó a cabo del 9 al 14 de abril de 2017 en Montevideo, Uruguay, y que contó con la presencia de los astrónomos más importantes del mundo en el estudio de los cuerpos menores del sistema solar.


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Gracias. (29/11/2017)


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jueves, 2 de noviembre de 2017

Crónica de un viaje a España (II)








2ª parte.


Escrito en Montevideo, el 20 de octubre de 2017
(sobre el 6 de julio de 2017)



Allí estaba, por fin, la Puerta de Alcalá. Siempre la imaginé en una avenida de Madrid, con canteros con flores amarillos y naranjas, como un imponente arco del triunfo. Pero en realidad la puerta tenía tres arcos unidos, adornados con cabezas de leones, a los que se les sumaban dos puertas más pequeñas en los extremos, sumando en total cinco vanos. La mole ocupaba el centro de una gran rotonda por donde pasaban veloces autos y taxis chirriando en el asfalto mojado.
Pasé por al lado de algunos turistas que se sacaban fotos con la puerta de fondo. Las nubes cargadas de agua habían oscurecido la tarde haciendo que se activaran los flashes de las cámaras y celulares. Me detuve en una esquina para sacarle fotografías a la puerta mientras esperaba que cambiara el semáforo para cruzar hasta el Parque del Retiro que con sus grandes árboles me invitaba a recorrerlo. Al llegar a la otra acera tuve que esperar que cambiara la luz de otro semáforo para cruzar al parque. Mientras me fijé en las enormes esculturas de yelmos y banderas, supuestos trofeos de guerra de un tal rey Carolo II, tal cual figuraba en la inscripción sobre el arco central. En números romanos aparecía la fecha 1778: se avecinaba el fin de una época para Europa y para el mundo, cuando ya se asomaba el siglo XIX en el horizonte.
Cambió la luz y comenzó un zumbido que avisaba a los no videntes que estaba el semáforo en verde. El zumbido, entrecortado, aumentaba su frecuencia a medida que se cumplía el tiempo para cruzar. Me gustaba ese sistema de los semáforos de Madrid. Con el oído uno sabía a qué altura estaba la “ventana” para cruzar. Si escuchaba que el zumbido iba como loco, con una frecuencia muy corta, metía pata y lograba cruzar justito. O de lo contrario frenarme y no cruzar. Ya no había tiempo.









Pasé debajo de unos viejos plátanos y al costado de una hilera de bicicletas de uso público y entré al parque. Atravesé los grandes portones de la entrada y caminé a lo largo de una senda con canteros con flores rosadas y rojas hasta llegar a una fuente con querubines montados en peces, que lo más probable, por sus picos, fueran representaciones de delfines.











Un poco más allá llegué a un lago artificial de agua verde. En la orilla opuesta, había otro colosal grupo escultórico con un aristócrata a caballo que dominaba el parque desde la altura. Al borde del lago artificial, sobre la baranda, esperaban las palomas las migas que le pudieran arrojar los turistas. Lo más probable es que en el agua, los patos, muchos con sus crías, estuvieran esperando lo mismo.









De pronto hacia el este apareció un rayo que se ramificó sobre las copas de los árboles y casi sin aviso empezó a llover. Abrí mi nuevo paraguas chino y me refugié bajo uno de los árboles al otro lado del camino. Los turistas y vecinos que frecuentaban el parque salieron huyendo hacia la salida. Otros se lo tomaron con más tranquilidad, como los que habían salido a correr. Al poco rato el chaparrón era un hecho y el arbolito no conseguía protegerme mucho. La tela del paraguas, saturada, dejaba pasar un hilo de agua que bajaba por la varilla y me mojaba la mano. Los últimos corredores pasaron a mi lado empapados hasta la médula. Hasta que quedé completamente solo en ese lugar, frente al lago.











Los rayos seguían, ahora por detrás del tipo encaramado a su caballo de bronce y me dije entonces que un parque no era buen lugar para estar durante una tormenta eléctrica. Además era tanta el agua que caía que se formaban pequeños arroyitos entre la graba empapándome los zapatos. Así que caminé bajo la lluvia hasta la salida. Saludé a los delfines de la fuente, avancé por el sendero con flores y salí del parque. Lástima, apenas lo había recorrido. Aproveché que estaba la luz verde y desandé el camino, pero no crucé a la vereda del pub, sino que seguí por la que venía, esquivando los charcos.






Más adelante había unos andamios con techo de madera, por una obra de construcción que se estaba haciendo en el Palacio de Comunicaciones, el edificio que está frente a la Cibeles, sobre el Paseo de la Castellana. Y allí me quedé con unas veinte personas que habían encontrado ese providencial refugio. Los que tenían paraguas no los cerraban, ya que las gotas caían entre los tablones del techo. Mientras, el temporal descargó su furia. El viento empujaba la lluvia casi horizontal pegando de frente a los vehículos que subían por la calle de Alcalá. 





Frente a mí, un torrente corría pegado al cordón de la vereda. Sabía que toda esa agua se juntaría alrededor de la rotonda donde estaba la Cibeles, así que habría que esperar que drenara un poco por las bocas de tormentas antes de intentar cruzar la avenida. Algunas personas que se guarnecían bajo los andamios, no quisieron esperar más y se tiraron a cruzar, dando saltos y levantando agua con cada paso. Por mi parte trataría de no empaparme los championes. En un par de horas tendría la cena con el astrobiólogo Ricardo Amils y su esposa, así que debía mantener el calzado lo menos mojado posible. Pero no pude esperar más y atravesé la larga galería de andamios hasta la avenida. Todavía llovía fuerte pero lo peor había pasado. Cuando la luz del semáforo cambió, me apreté contra el paraguas y crucé la calle dando saltos.



Montevideo, 21 de octubre de 2017.









Dos fotos retratan ese rato que estuve atrapado por el temporal, refugiado bajo los andamios del Palacio de comunicaciones. La primera es de una mujer, que aunque está bajo el techo de tablones, no ha cerrado el paraguas, al igual que las personas que se aprietan más al fondo de la fotografía, al final del pasaje techado. La mujer mira el temporal de lluvia y viento, en medio del ensordecedor ruido que hacen los neumáticos de los autos en la calle empapada. Todos los refugiados de la tormenta han tenido que suspender sus objetivos. Es día laboral en Madrid y muchos de ellos son trabajadores que esperan que amaine para volver a sus oficinas y comercios. Es que para los madrileños la “bomba de agua” fue una sorpresa.






La otra es una foto accidental, en la que aparece la punta de mis zapatos marrones, mojándose con las ondas que hacía el agua al correr acera abajo. Cada tanto tenía que levantar los pies para evitar que, como una piedra en un río de corriente rápida, hiciera de dique y el agua alcanzara el cuero.
Algo similar me ocurría bajando por la céntrica Gran Vía, ya que iba acompañado por una fina película de agua que descendía por la vereda. Pero a la gente con la que me cruzaba no parecía importarle mojarse. Vi muchos rostros sonrientes, sobre todo de adolescentes y turistas, que se tomaban para la risa haber quedado totalmente ensopados.
Una cuadra más y encontré la calle San Bernardo. Reconocí la esquina por un hotel y doblé hacia el oeste. Al llegar a una esquina vi que por una calle empedrada y muy empinada caía el agua en cascada. Me detuve un momento a contemplar la corriente que bajaba por la callejuela medieval.






En la vereda de enfrente me llamó también la atención el cartel de una farmacia. Deleuze era su nombre, igual que el apellido del filósofo francés. A un lado de la farmacia, con colores chillones, rojos y verdes, había un pub nocturno. Por el umbral se adivinaba una escalera que bajaba hasta el bar. En una ventana por encima, otro cartel anunciaba una agencia de detectives privados. El deseo y sus opuestos se concentraban extrañamente en el número 39 de la calle San Bernardo.
La luz encendida de la vitrina de una tienda que vendía bollos confitados me hizo acordar que se hacía tarde y que a las nueve de la noche me tenía que encontrar con Ricardo Amils para ir a cenar.






Llegué al edificio del hostal y subí al tercer piso. Pedí la llave en la administración, bromeé con la encargada sobre que me había mojado sólo un poco y entré a la habitación. Corrí las cortinas y contemplé los techos brillantes por la lluvia del viejo palacio de Parcent. Había dejado de llover. Me saqué los zapatos y los pantalones mojados y fui hasta el baño. Por suerte había un secador de pelo, aunque este se apagaba al minuto si uno lo usaba al máximo. Igual, en menor potencia sirvió para secar de a poco el calzado.
Como era verano todavía había mucha luz pese a la hora y eso engañaba a alguien que venía del invierno, donde a las cinco de la tarde se oculta el sol.
Me di una ducha, me vestí y salí al encuentro de mi amigo. La casualidad había hecho que él viviera cerca del hostal que me había recomendado un amigo de Barcelona. Caminé por San Bernardo pasando frente a la cafetería La Concha, por la casa de sushi y por el añejo auditorio de la Complutense, iniciando la subida hasta la Glorieta de Ruíz Giménez.





Me tenía preocupado el encuentro porque yo no había contratado servicio de telefonía en España. Estaba como en las viejas épocas. De igual manera por correo electrónico habíamos establecido un punto de encuentro: a un lado de un kiosco de revistas en una de las esquinas frente a la rotonda con fuentes. Pero si Ricardo se llegaba a retrasar el desencuentro sería una realidad. Sin embargo al llegar a la esquina, allí estaba mi amigo, con su barba blanca, de lentes, vistiendo un buzo verde de lana algo estirado y un paraguas cerrado en su mano. Podía ser perfectamente la imagen del científico típico, pero mi amigo está lejos de ese estereotipo. Químico de vocación, astrobiólogo por pasión, Ricardo Amils es una de las autoridades mundiales en el estudio de los extremófilos. Estos son unos microorganismos que pueden crecer tanto en aguas termales, como en una salina, en un reactor nuclear como en un ambiente ácido como lo son las aguas del río Tinto, en el sur de España. Ricardo estudió las bacterias de ese río de Andalucía, no lejos de Huelva, por muchos años haciéndose experto en el tema. Y fue así que la Nasa solicitó su ayuda para un proyecto que diseñara experimentos que buscaran vida en Marte. La sonda que llevará esos experimentos será la ExoMars 2020 de la Agencia Espacial Europea (ESA), y tendrá una perforadora capaz de llegar a dos metros de profundidad, ya que la posible vida bacteriana, al igual que la del río Tinto, debería encontrarse en el subsuelo marciano. De todo esto me enteré cuando lo entrevisté en 2009 en Montevideo, en un congreso de astrobiología.
Al planear el viaje a España, una de las primeras cosas que pensé fue en escribirle a Amils para vernos en Madrid. Y allí estaba él, ocho años después, con su voz ronca y su trato igualitario. Nos saludamos y empezamos a caminar por la calle de Alberto Aguilera, haciendo el mismo trayecto, pero por la vereda de enfrente, que había hecho el día anterior cuando visité la Casa de las flores y el Parque del oeste.







Mientras pasamos frente a la vidriera con el robot dormido, Ricardo me comentó sobre el verano atípico que estaban teniendo, con un julio lluvioso y un junio en que se habían cocinado en la ciudad con cuarenta grados de temperatura. Pero esa noche el aire estaba fresco y húmedo después de la tormenta.
Hice la referencia a la suerte que había tenido de elegir un hospedaje que resultó estar cerca de donde él vivía. Me contó que de San Bernardo hacia el oeste se encontraba el barrio Universidad y que hacia el este se llamaba Malasaña. Él había vivido toda su vida en el barrio Universidad me dijo. Bueno, toda no, porque Ricardo durante sus años de estudiante vivió en el exilio. Como a muchos de su generación que participaron en las protestas estudiantiles contra la dictadura de Franco, a fines de los sesentas, sus padres lo enviaron a estudiar al extranjero. Era eso o la cárcel. España entonces se sacó de encima a todos esos “revoltosos” y subversivos, expulsándolos a otros países. Irónicamente décadas más tarde el país se beneficiaría cuando muchos de esos estudiantes regresaron ya formados en las mejores universidades del extranjero.
Así fue el caso de Amils, que estudió primero en Argentina, donde vivió un par de años, y luego en Estados Unidos, donde conoció a su esposa. Una señora muy simpática que llegué a conocer en 2009 en Montevideo, también durante el congreso de Astrobiología. Recuerdo que los acompañé desde Ciudad Vieja hasta la calle Ejido. En el camino me pidió que la convidara con un mate. Creo que no le agradó mucho.
Recordaba que ella era profesora de inglés y que compartía conmigo el gusto por la ciencia ficción.
Antes de llegar a la calle de la Princesa doblamos hacia la izquierda y nos internamos en el barrio. Un par de cuadras y llegamos a un mesón gallego que tenía el bonito nombre de Rías Baixas. En la puerta nos esperaba Rosemary, la esposa de Ricardo. Nos saludamos, pero ella apenas se acordaba de mí.
Entramos al mesón que está instalado en lo que fue una casa de familia. La pareja saludó a los muchachos detrás de la barra y pasamos por un pasillo con mesas. Luego doblamos a la derecha y entramos a una habitación más grande. Ricardo eligió una mesa contra la pared.






El mozo es conocido por mis amigos. Tal vez sea venezolano, pensé. Me di cuenta de que ya tenían planeado agasajarme, porque al pedir las entradas y luego los platos principales, pidieron todas cosas distintas para que las probara. Por ejemplo, gallo, un pez aplanado parecido al lenguado pero de sabor más fuerte. Ni qué decir que el vino blanco, servido en jarra y distribuido equitativamente por nuestra amiga, era de Galicia. Al igual que los pimientos de Padrón, cocidos y con sal gruesa. De verde oscuro y con pequeñas verrugas, saben amargos pero no puedes parar de comerlos. Es mejor así, antes de que se enfríen. Pregunté antes de probar uno si picaban, a lo que me respondieron que no, pero cada tanto alguno podía picar. Pero esto no me sucedió ni en Madrid, ni en Gijón, ni en las veces que los comí en Barcelona. Ricardo, jocoso, me recitó: “los pimientos de Padrón / unos pican / otros no”. Después averiguaría que los plantan en Galicia y también en el sur de España, pero que los trajeron los franciscanos de América.



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La esposa de mi amigo llamó al mozo por su nombre y le pidió que trajera unos orujos. Me preguntaron cómo los quería, pero no supe responder. Entonces eligieron por mí y el mozo trajo tres vasitos. Uno con orujo transparente, otro amarillo y otro verde. A cuál más rico.
Se nos pusieron los cachetes colorados y se nos soltó la lengua, que en circunstancias como esas no es difícil que ocurra. Rosemary me contó que es profesora de inglés en Madrid, y que le encanta leer, pero que en los últimos años disfruta mucho más de oír podcasts, sobre todo cuando va al trabajo. Me dijo entusiasmada que había una gran variedad de programas grabados, sobre infinidad de contenidos, como historia, literatura o periodismo de actualidad, por ejemplo, programas de radio. La ventaja es que uno los puede descargar de Internet y escucharlos cuando quiera, explicó.
Le recordé que en Montevideo estuvimos hablando de ciencia ficción. Algo de eso se acordaba. Mencionó haber leído a autores como Kurt Vonnegut y Ray Bradbury. Hablamos sobre que el presente se parecía bastante a la sociedad de control descrita en Fahrenheit 451, como ser la gente embobada con los programas de televisión de entretenimiento o las calles vigiladas por innumerables cámaras. 
Ricardo, tal vez inquieto por el tema, llamó al mozo para que nos trajeran de postre torta de turrón de Jijona. ¿De Gijón?, pregunté, ¿del lugar donde iría al otro día?, pero no. Me explicaron que era originaria de una localidad de Alicante.
Hablar del sur del país me hizo preguntarle a Amils si seguía yendo a Huelva, a estudiar el río Tinto. Todos los años y varias veces, me contestó sonriendo. Me atreví a preguntarle si en el futuro podría ir con él. “Pues claro”, me dijo, “pero ahora no porque hace mucho calor”. Me aseguró que el río igual tenía agua en verano, aunque el caudal se veía muy reducido.




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Un poco por el efecto del vino sumado al del orujo, se me ocurrió contarles sobre una curiosa casualidad: sobre la unión que tenía con ese río, casi imaginario para mí. Cuando empecé a escribir poemas, en 1989, para inspirarme miraba las imágenes de unas enciclopedias que me había regalado de niño una amiga de mi madre. En una de esas veces escribí un poema observando una imagen a colores del río Tinto. La foto, bastante pequeña por cierto, estaba tomada desde un puente romano. En ella aparecía una porción de la construcción antigua y debajo el río de agua rojiza que transcurría calmo. Como se veía parte de la ribera y el terraplén que descendía a la orilla, imaginé que un mediodía, en pleno verano español, dejaba la bicicleta a un lado y bajaba hasta el río. En el poema, le conté a Ricardo Amils y a su esposa, había escrito que el agua era roja por el cobre, pero no, exclamé, ahora sabía que era por las bacterias que se comen el hierro bajo tierra.



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Rosemary no podía creer esa extraña coincidencia y miraba a su marido. Yo sonreí al revelar ese recuerdo de mis años de poeta naíf. De alguna manera todavía no había podido llegar a aquel río, pero las vueltas de la vida me habían hecho conocer al científico que lo estudiaba.
Ricardo se excusó diciendo que al otro día era viernes y que ambos tenían que trabajar “y tú tienes que tomar un tren”. Así que se levantó de su silla y se fue a al frente del mesón a pagar, ante mis protestas. Rosemary rió y me dijo que lo dejara pagar: “deja, que es catalán; le hace bien”.
Nos levantamos de nuestras sillas y fuimos a buscarlo. Saludamos a los mozos y al dueño del mesón, que por supuesto era gallego. En seguida me hizo acordar a los gallegos que tienen bares en Montevideo, con su cara redonda, su frente amplia y la cabeza calva encima y con pelo en los costados. Era como hablar con un familiar. El dueño del mesón me dijo muy amistosamente que uno de sus mejores amigos era uruguayo y que había ido varias veces de visita a Montevideo. Me hizo comentarios sobre que estaba al tanto de la costumbre de tomar mate o sobre la estrella del Fútbol Club Barcelona, Luis Suárez.
Me despedí del dueño del Rías Baixas y salimos a la calle, que estaba extrañamente oscura. Me recordó alguna calle de los barrios montevideanos de La Teja o Paso Molino, por sus veredas angostas, sin árboles, y sus casas bajas sin jardines.





Ricardo me dijo que me acompañaría hasta la calle San Bernardo para que no me perdiera. Dije que conocía bien el camino de vuelta, pero acepté con gusto que me acompañara. Saludé a Rosemary, mi compinche lectora de ciencia ficción y subimos hasta la calle de Aguilera.
El aire de la noche seguía húmedo y olía, imaginé, a las hojas verdes de los árboles de la vereda. Al pasar por las fuentes donde comenzaba la calle San Bernardo mi amigo me dijo, señalando la rotonda, que allí antes había una plaza donde la inquisición quemaba a los herejes. Fue como si me dijera que esa ciudad, Madrid, con sus autos nuevos y veloces, era sólo una foto, una instantánea de una larga historia de conflictos e injusticias. Así lo veía él, como buen geólogo: capa tras capa, eón tras eón, se acumulaba en estratos el paso del tiempo.
Caminamos un par de cuadras hasta que Ricardo se detuvo en una esquina donde había una iglesia muy vieja: “yo tomo esta calle que me lleva a mi casa”. Miré el empedrado que se perdía en el barrio Universidad. “Vivo cerca de aquí”, explicó sonriente.
Le deseé suerte en su trabajo con la NASA y que ojalá su trabajo ayudara a encontrar a esos escurridizos organismos marcianos bajo la superficie del planeta, refugiados de los rayos ultravioletas del sol. A su vez él me deseó suerte con el viaje en el Tren Negro que debería tomar en apenas unas horas, y luego en el resto de mi recorrido que me llevaría a Barcelona.
Fue rara la despedida, porque era como un hasta luego, pero en verdad era un hasta quién sabe, cuando lo decida, de nuevo, la fortuna. Me despedí y seguí calle abajo hasta donde me hospedaba. Subí por el ascensor descangallado y entré al hostal. Saludé al encargado de la noche y entré a mi habitación. Corrí las cortinas, abrí la ventana y salí al balcón. Madrid estaba tranquila, casi en silencio, aprontándose para dormir. El cielo, entre naranja y púrpura, que es el color de los cielos nocturnos de las grandes ciudades, estaba casi despejado. Alguna estrella se dejaba ver. Sabía que para ver estrellas tendría que esperar al regreso, pero como hacía sólo dos días que había llegado, el viaje de vuelta era algo lejano y aunque era casi una certeza, todavía era parte de un tiempo que aún no existía.


Escrito entre el 20 de octubre y el 2 de noviembre de 2017.






Para saber más sobre el trabajo de Ricardo Amils en el río Tinto ver la nota publicada en El País Cultural.


 

Hasta abril de 2021 la crónica del viaje que hice a España en julio de 2017 consta de cuatro capítulos que comprenden mi visita a Madrid. Luego hay cuatro capítulos nuevos en los que transcribo las notas que saqué en dos libretas, sin llegar a ser capítulos de la crónica propiamente dicha.

Estos son los enlaces:






En El taller de Jar se encuentran las notas
 publicadas en El País Cultural, además de un índice.


Gracias por leer.
 


Texto y fotografías: Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2017 - 2021





Si se desea utilizar este material con fines educativos o de divulgación por favor primero comunicarse conmigo a través del correo hiperjar3@gmail.com
Gracias. (11/04/2021)