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miércoles, 15 de septiembre de 2021

La hija de la arboleda perdida


Foto del autor.


Viernes 15.03.2013, Montevideo, Uruguay

El País Cultural

Con Aitana Alberti León

La hija de la arboleda perdida

  

 Daniel Veloso Mozzo 

HIJA DEL POETA español Rafael Alberti, una de las figuras más importantes de la Generación del 27, y de la escritora española María Teresa León, Aitana Alberti, también escritora y poeta, lleva consigo el recuerdo y la herencia de aquella parte de la España peregrina que encontró refugio en las costas del Plata. Casi cuarenta años permaneció el matrimonio Alberti en el exilio tras la caída de la República Española, gran parte del cual se desarrolló en Argentina, donde nació Aitana, en Buenos Aires, en 1941. Hija del exilio y de la república derrotada, también lo es de la libertad y de la paz que encontraron sus padres en el Río de la Plata. Desde muy pequeña visitó junto a su familia Uruguay, donde había una importante colonia de exiliados españoles. Durante los años cuarenta los Alberti construyeron una casa en Punta del Este, La Gallarda, que aún existe.

Aitana estuvo en octubre de 2012 en Uruguay invitada por la Intendencia Municipal de Montevideo y por el Centro Riojano. En su corta estadía dio una conferencia en la 35ª Feria Internacional del Libro sobre Pablo Picasso y la relación con sus padres; fue homenajeada por la Junta Departamental de Montevideo; dio conferencias en el Centro Cultural de España y en el Club Español, donde fue presentado un libro, en ese entonces aún inédito, escrito por Rogelio Martínez y Alicia Cagnasso, que narra la presencia de la familia Alberti en Uruguay. También tuvo tiempo para realizar una visita a la Fundación Nancy Bacelo y para viajar a Punta del Este, donde fue homenajeada por la alcaldía de esa ciudad. Después de un par de intentos, pude concretar una entrevista en el hall del hotel donde la escritora se hospedaba. 

REMONTANDO LOS RÍOS. 

 -¿Cuándo llegan sus padres a Argentina? 

-Ellos estaban exiliados en Francia (desde la derrota de la República en 1939), y llegan en marzo de 1940 a Buenos Aires en un barco que se llamaba El Mendoza, que creo fue el último mercante que cruzó el Atlántico rumbo a América. En alta mar tenían que apagar las luces porque había submarinos alemanes merodeando. 

-¿Su madre venía embarazada? 

-No, nazco en agosto de 1941, así que no. Ellos llegan el 3 de marzo de 1940. Pero fue bastante rápido. Hay una foto muy linda que salió en un periódico montevideano de esa época en la que aparece mi madre conmigo en brazos y parece que tengo tres meses. Fue la primera vez que vine a Uruguay. 

-¿En qué barrio vivían en Buenos Aires? 

-Al principio mis padres van a una casa que les presta la escritora Victoria Ocampo, en la calle Tucumán; luego que nací vivíamos en la calle Las Heras, cerca de Palermo, y luego vivimos en un edificio muy original, de planta triangular, en la calle Pueyrredón, a un costado de la Plaza Francia, desde donde mi padre Rafael podía ver el Río de la Plata. Hay una serie de poemas que se llaman justamente "El Mirador que mira al río", porque su estudio estaba justo en ese vértice, desde donde veía las grúas del puerto, el río y el horizonte. 

-En un poema suyo, Aitana, "La ronda del padre", habla de "una casa antigua/ sencilla…", en la que recuerda a su padre caminando desvelado por los pasillos: "Papá en las madrugadas convocaba a sus muertos". ¿Es esa su primera casa? 

-Sí, es la de Las Heras. Nos alquilaban la parte de abajo de la casita. En el fondo había un pequeño jardín y en él había una gran hiedra que cubría los muros, y había colibríes. Era muy vieja, y estaba bastante destartalada (sonríe), pero es la casa de mi infancia. 

-En esa casa su padre escribió La arboleda perdida, su libro de memorias. En la introducción al Libro Segundo, escrita en noviembre de 1954, cuando tenía cincuenta y un años, relata que la empezó a escribir en ese jardín.

-Sí, tenía un banco al fondo y había estrellas federales. Esa casa tenía mucho encanto. Mi madre había puesto en la sala, colgada en la pared, una red de pescadores que le regalaron cuando estuvimos en Chile, en el año 46. 


-¿De qué vivían cuando llegaron a Buenos Aires? 

-Vivían de dar conferencias. Mi madre, bastante rápido, empieza a trabajar en la radio y hace las "Charlas de María Teresa León". Escribió más de cien charlas. A mi padre, cuando yo tenía tres meses, lo contratan para dar conferencias en diferentes ciudades costeras del río Paraná. En el barco de pasajeros que remontaba el río escribió cartas a mi madre. Le entristecía haber tenido que dejar a mi madre conmigo tan pequeñita. "Tengo que ganar dinero para mi ternerita", dice en sus cartas. En dos de ellas está un poema que me dedica, que lo llama "Remontando los ríos". "Para ti niña Aitana/ remontando los ríos/ este ramo de agua/ de agua dulce, ramito/ que no de agua salada"(recita imitando la entonación de su padre), y efectivamente iba remontando el río Paraná. El que lo lee piensa que es una imagen poética, pero no, es verdad. 

-También viajó por el río Uruguay. 

-Sí; hay una segunda tanda de Cartas de los ríos, cuando después remonta el río Uruguay, en 1942. Estuvo en Salto y cuenta lo maravilloso de cómo lo recibieron en el litoral de Uruguay, al tiempo que critica la recepción en algunos lugares de Argentina durante su viaje anterior. 

-Su madre también escribía artículos en una revista dirigida al público femenino... 

-Mi madre escribió un libro rarísimo que se llama Nuestro hogar de cada día, donde están reunidos artículos aparecidos en la revista Mucho Gusto, que eran una cosa originalísima. Eran consejos para las amas de casa, con recetas de cocina, intercaladas de pronto con un soneto de un poeta clásico, o un poema de Pablo Neruda. A estas mujeres les inculcaba, en medio de toda esa cosa de lo cotidiano, el gusto por la literatura. 


LA INMENSA NOSTALGIA. 

-En Argentina ¿temían alguna represalia del gobierno de Franco? 

-No recuerdo; nunca oí hablar de eso. Ellos estaban tranquilos en Buenos Aires. 

-¿Y en Uruguay? 

-Tampoco, al contrario. Aquí tenían una sensación de seguridad, de tranquilidad enorme. Jamás tuvieron esos miedos. Porque mis padres al ser escritores no habían tenido una actividad netamente política. 

-¿En esos años viven una temporada cerca del río Paraná? 

-Bueno, no fue vivir. Unos amigos nos prestaban una quinta sobre el río Paraná, cerca de la ciudad de San Pedro. Fuimos dos veranos. Mi padre fue en el invierno, en alguna ocasión, más bien solo porque yo tenía que ir al colegio. Ahí escribió el libro, Baladas y canciones del Paraná, que me parece un libro maravilloso. Yo era una adolescente que empezaba a darse cuenta de lo que era la poesía y el arte. En la quinta no había luz eléctrica; era en un ambiente muy curioso, lindo y misterioso. Era una casa que tenía una leyenda, porque se había cometido un asesinato en la cocina. Un crimen pasional. La casa era de un mayor del ejército argentino que se había vuelto loco. 

-Los poemas de Baladas… muestran a Alberti como un hombre que padece el exilio. 

-Era un hombre... (suspira) de una gran sensibilidad, que vivía con intensidad sus historias interiores. En ese libro se refleja el campo argentino pero lo maravilloso es que a trasluz está España. Imágenes de la naturaleza de España, de aquellos lugares donde vivió de niño, como la costa de la bahía de Cádiz. Es un libro donde se mezcla el presente con el pasado, la nostalgia con lo actual, y lo hace de una forma melancólica y al mismo tiempo apasionada. Ese libro me conmueve porque yo fui parte de su escritura, presencié cómo se escribió y por primera vez tuve conciencia de él como poeta. Veíamos florecer una flor preciosa, en un cardón, entonces esa imagen se convertía en un poema y para mí eso era mágico. Algo tan sencillo como una flor que acababa de nacer inmediatamente se inmortalizaba a través de la palabra y de la escritura. En ese momento me di cuenta de lo gran poeta que era mi padre.

Libro de Alicia Cagnasso y Rogelio Martínez. En la imagen de la tapa, María Teresa, Aitana y Rafael, en la Gallarda.


RETORNOS DEL AMOR. 

-¿Llegaron a vivir en Punta del Este? 

-Fue ir y venir. No hubo una vida fija en Punta del Este porque yo tenía que ir al colegio en Buenos Aires. Era inevitable volver. Entonces pasábamos los veranos completos y a veces íbamos en las vacaciones de invierno. Mi padre en varias ocasiones fue solo a Punta del Este, porque mi madre se quedaba en Buenos Aires conmigo. 

La Gallarda. Foto del autor. Junio de 2017.

-¿Hasta qué año tuvieron La Gallarda? 

-Hasta 1951. Luego mis padres tuvieron que venderla, cuando Perón cerró la frontera y toda aquella situación política con Argentina, y mis padres no tenían medios para mantenerla. Fue una pena. ¡Lloré tanto cuando se vendió! Para mí fue trágica la venta de la casa. 

-Ese período aparece registrado en Poemas de Punta del Este y en Retornos de lo vivo lejano... 

Rafael Alberti frente al panel pintado de La Gallarda.

-Ese último poemario es una síntesis de toda una vida hasta ese momento. Mi padre había vuelto a Europa después de muchos años; ése es el punto de partida del libro. Sin embargo, a España no pudo entrar. En Retorno de los litorales españoles hace toda una reflexión sobre no poder entrar a España y ver sus costas. Es un libro de gran reflexión sobre el pasado y el presente donde ambos se mezclan. Los retornos son como la multiplicidad de las imágenes en el recuerdo, contrastadas en el presente. Tienen esa infinitud que las hace plurales. No es un retorno, son "los" retornos. Los múltiples. De determinados sentimientos, de determinados lugares, porque básicamente se habla de lugares, pero también de personas, como los Retornos de amor. 


-Que cuentan distintos episodios, por ejemplo, cuando fueron sorprendidos en Ibiza por el levantamiento nacionalista en 1936. 

-Sí, los Retornos de amor están dedicados a mi madre, salvo dos. Algunos son desgarradores, llenos de imágenes preciosas del pasado, donde se percibe el retorno y al mismo tiempo la despedida del amor, del esplendor del amor joven, porque él ya escribe en la mitad de su vida. Entonces es como un regreso de toda aquella belleza, de todo aquel amor tan intenso que vivieron ellos dos pero ya traspasado con el adiós. Esto regresa pero se está yendo. Retorna pero se está marchando. Porque ya no somos aquéllos y el tiempo ha pasado. A mí se me desgarra el corazón cuando leo esos poemas. Pensando en mi madre, que tuvo un final tan trágico. Murió de Alzheimer. 


PELIGRO PARA CAMINANTES. 

-¿Cuándo se van a vivir a Roma? 

-En 1963. Aún no había cumplido los 22 años. Nos fuimos los tres. 

-¿Cómo fue dejar Buenos Aires? 

-Tremendo. Estuve un tiempo muy desconcertada, aunque yo quería ir. Pero la verdad es que fue complicado. Fue un cambio muy brusco, además del idioma. 

-¿Cuáles son las razones para abandonar Argentina? 

-Fue por una situación desagradable ocurrida en 1962, luego del golpe de Estado a Arturo Frondizi, donde habían allanado el apartamento de Pueyrredón. Hubo una especie de gran redada destinada a detener a muchos intelectuales. Al que metieron preso, que lo encontraron en su casa, fue a Miguel Ángel Asturias, un escritor y periodista guatemalteco que estaba exiliado en Argentina. 

-¿Detuvieron a sus padres? 

-No. Dio la gran casualidad de que estaban en Castelar, en una casita de veraneo que teníamos que se llamaba "La arboleda perdida". Yo había vuelto porque tenía que ir a la universidad. Mi padre tiene un poema que se llama "El allanamiento", que trata de ese tema. 

Foto del autor.

-¿Estaba sola en el momento de la redada? 

-Sí. A las tres de la mañana me despierto con unos timbrazos y unos golpes en la puerta, una cosa siniestra. Abro la puerta y era el portero de piyama -nunca me voy a olvidar de su cara- con dos policías atrás, de uniforme. "Vienen a buscar a tus padres", me dijo. "Mis padres no están". "¿Dónde están?", preguntaron los policías. "¿Ustedes se imaginan que yo les voy a decir dónde están?". Registraron la casa de arriba abajo. Pasaban la mano por encima de las camas para ver si estaban calientes. Entonces me dijeron: "¿Dónde están los documentos? Porque ustedes estuvieron en Rusia hace poco". "No sé, ustedes sabrán más que yo", les dije. 

-¿Se llevaron algo que pudiera incriminar a sus padres?

 -No, porque el primer diálogo había sido a través de la puerta y, antes de que entraran, pensé: "¿Qué hay que pueda comprometer a mis padres en la casa?" Entonces dije: "Esperen que me vista, que me ponga alguna ropa." Me eché un vestido por encima y busqué la libreta de las direcciones en la que tenían teléfonos de amigos de todo el mundo. La hice pedazos y la tiré por la ventana (sonríe). 



-¿Qué le dijeron sus padres de eso? 

-Ellos nunca lo supieron. Entonces, cuando abrí la puerta empezó toda esta historia, y me preguntaron: "¿Ustedes tienen armas en esta casa?", y les dije: "Sólo los cuchillos de cocina. Si ustedes consideran que son armas...". Y me dijeron: "No te rías de nosotros". Se pusieron furiosos, porque les estaba tomando el pelo. Pero de una forma un poco inconsciente. Cuando se fueron empecé con un llanto horrible, incontrolable. Al otro día nos escondimos en la casa de unos amigos. Ese episodio fue determinante para que decidieran irse de Argentina. Además pensaron que en Europa estaban de alguna forma más cerca de España.

 -¿También pensaban que Franco iba a caer más pronto?

 -Sí, y que quizá podía haber un cambio, pero bueno, tardó un poco, porque del 63 al 75, que se murió Franco, son unos cuantos años. 

María Teresa León y Rafael Alberti en Roma.


-¿Cuánto vivieron en Roma? 

-Catorce años. Porque ellos no vuelven a España enseguida. Vuelven en el 77, con el retorno de la democracia. Yo ya vivía en España. Viví siete años en Roma y siete años en España. 

-¿La dejaron entrar en España? 

-Sí, a mí sí. Me fui en el año 70 a vivir a España, y volví a Roma para entrar con ellos en el avión, porque eso era histórico. Pero ya mi madre no estaba bien. Ella incluso no sabía si estaba regresando a España. Ya tenía confusión del lugar donde se encontraba. En Madrid decía para ir a un lugar que era de Roma. 

-¿Cuándo se va a vivir a La Habana? 

-En el año 1984. Ya sabía que me quedaba a vivir desde el primer día que pisé Cuba. Aunque hace un calor insoportable (sonríe), que es lo único que no me gusta de Cuba. Porque es demasiado fuerte y el clima muy húmedo, pero a pesar de todo lo domino. 

 —De su padre tiene la poesía, ¿y de su madre? 

—De mi madre tengo la prosa de mis cuentos. Ahora estoy concentrada en escribir en prosa, y voy a publicar un libro de cuentos dentro de poco. 

—¿Escribe en computadora? 

—La tecnología la manejo, pero hasta cierto punto; no muy brillante (dice riendo Aitana).


Rafael Alberti y María Teresa León el día de su regreso a España, el 27 de abril de 1977. Terminaba el largo exilio.


 



En El taller de Jar se encuentran las notas
 publicadas en El País Cultural, además de un índice.


Gracias por leer. 


Texto y fotografías indicadas: Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2021


 

martes, 20 de abril de 2021

Crónica del viaje a España - julio de 2017 - Libretas - Cadaqués - Barcelona

 

Cuarta parte de los apuntes que saqué en dos libretas del viaje que hice a España en julio de 2017. En esta última parte cuento la visita que hice al pueblo de Cadaqués, eternamente asociado a Salvador Dalí, y al Cap de Creus o Cabo de las cruces, un parque natural muy cerca de la frontera de Francia. Luego el regreso a Barcelona, donde en mi última noche conocí el viejo Bar Marsella y tomé por primera vez absenta. Al otro día sería el retorno y el viaje a través del Atlántico hasta Montevideo.

Muchas gracias a los amigos lectores que me han acompañado en este proceso de publicación de las crónicas y ahora de los apuntes, del viaje que hice a España en julio de 2017. Un abrazo. Gracias por leer. 

El día previo al viaje a Cadaqués, fui a la terminal a buscar los pasajes y a la vuelta le saqué una foto a la Torre Glòries. Al otro día, ya yendo en el ómnibus por la autopista, pasé a su lado y le saqué otra foto.


Autopista AP-7. En viaje a Cadaqués, jueves 27 de julio.

Viaje a Cadaqués.
No sé cuándo pasamos Mataró. Pensaba conocer la ciudad, pero eso no ocurrió.
El ómnibus va casi vacío. A mi izquierda dos amigas charlan. La rubia es argentina, pienso. Hace catarsis y no deja intervenir a la española.
Él ómnibus va muy rápido por la autopista. El paisaje es serrano. Los montes se parecen a los morros de Brasil, pero con pinos marítimos. Amo esos árboles.
Un túnel. Antes vi un pueblito de casas rodantes y containers. ¿Gitanos?
El mediterráneo, liso, sin olas. Pienso en los inmigrantes que lo cruzan. ¿Eligen los días con mar brava? Imagino, debe ser más difícil para la guardia costera agarrarlos.

Hermosos los pinares. Imagina cómo era esta costa antes de que hubiera hombres por aquí.
Otro túnel, más corto. Ya los cerros aparecen encadenados. ¡Plantan en laderas de 45 grados! Pueblos sobre los cerros. Más plantaciones en bajada. Nada de terrazas. ¿No llueve?
Son las nueve de la mañana (cuatro horas menos en Uruguay), y hay una casita que todavía no ha visto salir el sol detrás de un cerro que la tapa.
El cuarto túnel. Otro peaje. Ahora por suerte escucho que habla la española. Madre paciencia. Ya le tocaría su turno. Susurran las españolas. Hay algo muy dulce y seductor en ellas.
Quinto túnel. El mar está lejos ahora.
Nos desviamos hacia la derecha. No pasamos por Girona. Me hubiera gustado conocerla.

La ruta baja. Sierras en el horizonte. Un arroyo seco. Blanes a 6 km dice un cartel.
Pera y manzana. “¿Y vos?”, escucho. Qué antiguo suena el vos en este contexto.
Señores montes. Creo que conocí más de Cataluña que Orwell. Él estuvo durante la guerra civil en la sierra de Alcubierre, pero eso queda en Aragón. Quise ir. Ya iré. Tres aviones dejan rastros de cristales en el cielo.
La manzana mordida se oxida muy rápido. Ahora sí veo una línea de montes en el horizonte lejano. Autovía del nordeste, en obras.

Roses, al sur, desde el camino que va a Cadaqués.

El tiempo, preocupación humana. Era un durazno o una ciruela grande. Por eso era amarillo. Como los campos roturados. Palomas en los surcos. “Así no me sirve”, dice la española. Luego se chupa los dedos, uno a uno, haciendo ruido.
Riego artificial de un maizal pequeño. “Soy así” dice citando; “Ahora todos son así”, se queja. Comen queso. La española con un cuchillo. Ojo con las frenadas. Pero es pera. Otra vez me engañan los sentidos. ¡Mirá el paisaje Veloz! Pero es que varias veces dije que más que a la arquitectura, vine a conocer gente.
Un macizo cortado, como a cuchillo, a lo lejos. Más peajes que pájaros. Francia, dicen los carteles. ¿Los Pirineos en el horizonte?

Entre los cerros, Cadaqués.

Hora y media de viaje. Figueres y Roses dice el cartel. Marta es de Roses. Vivió su adolescencia allí. Su infancia la pasó en Madrid.
Doblamos a la derecha rumbo al mar. Francia queda a 29 Km. Cadaqués a 31.
A los girasoles les falta agua. Un aeródromo. Un cartel publicita saltar en paracaídas. Avionetas amarillas. La línea de cerros ahí nomás; pueblos en sus faldas. Bloques de apartamentos en Roses. Un arroyo como el Valizas, lleno de botes de recreo, lanchas y veleros. Ya se ven detalles en los cerros. Turismo. Vacas y toros pardos.
Paramos en Santa Margarita. Deja subir unas muchachas y no les cobra. Igual que en Uruguay.
Por fin la platja.
Castro visigodo, dice un cartel. Una fortaleza en ruinas, reconstruida.

Libreta roja y verde.




Cap de Creus, jueves 27 de julio.

El parador que hay en el parque natural Cap de Creus tiene una vista espectacular. ¿Qué decir? ¿Cómo describir la vista del Mediterráneo? ¿Y el color? Azul ¿Grisáceo? Porque índigo no es. Bueno, todos se imaginan el mar azul.
Al suroeste, donde se encuentra Cadaqués del santo San Dalí, posando en su estatua de señor burgués, hay un cerro enorme con un observatorio esférico en su cima.

La única manera que encontré para ir a Cap de Creus desde Cadaqués fue en un trencito.

 Portlligat, la cala donde Dalí tenía su casa y su estudio. Es la edificación que aparece en el centro de la imagen.

 No es difícil imaginar que Dalí se inspiró en las figuras que forman las rocas erosionadas de Cap de Creus.

La costa rocosa, zigzagueante, en varias calas o entradas que hace el mar, dejando las puntas rocosas a flote como dedos huesudos de una mujer flaca.
En el gris del horizonte brumoso se ven más promontorios, más lugares para que aniden aves marinas. Pero veo pocas de estas. ¿Qué les pasa a los pájaros en Cataluña?


La vista hacia el norte. A mitad de esos montes que se ven en el horizonte va la línea divisoria entre España y Francia.


El Cabo de las cruces, el punto más oriental de la península ibérica y donde terminan los Pirineos.

 


Para el otro lado, para seguir hablando de las montañas y no de los yates y gomones que marcan estelas blancas en el mar, o que luego de gastar el combustible que consume un auto familiar ¿en un mes?, se reúnen en calas inaccesibles y por tanto exclusivas, a tomar sol en apretadas playitas; pero digo, al otro lado, al noreste, la costa cambia de dueño, y es Francia. Nunca estuve tan cerca del país de los francos, aunque aquí, la mayoría vienen de allí, complicándole la vida a los mozos y mozas del restorán en la cornisa.

Libreta roja y verde.



Cadaqués, jueves 27 de julio.

Bueno, no me lo había propuesto, pero heme aquí, en la pequeña patria del gran masturbador. El Salvador Dalí que me deslumbró de joven, en la época que sacaba prestados libros de la biblioteca de arte de la Intendencia de Montevideo. Aparte de quedarse pensando, tirado en un sillón, jugando con una bolita de miga de pan que colocaba entre su glande y su prepucio (y de paso sacaba para olerla), iba imaginando cómo las paredes de su casa desaparecían, acercándolo, etapa a etapa, estación a estación, a la escena que lo excitaba.



Gala, Marcel Duchamp y Dalí, en la terraza del Bar Melitón, 1962.


El Dalí que recibiera al biólogo ruso y estudioso del origen de la vida Alexander Oparin en su casa de Portlligat, o a Giger y compañía, que fueron a convencerlo de que actuara en el papel de emperador en la película Dune.


También el Dalí en su Cadaqués, el pequeño puerto oculto entre cerros que cobijó la relación con Federico García Lorca y luego, más tarde, con Gala. En aquellos años de lectura y de descubrimiento de los jóvenes artistas de las vanguardias, me puse del lado de Paul Eluard cuando supe que Gala, quien había sido su esposa, fue después compañera de Dalí, además de su modelo y su musa. Ahora que ha pasado el tiempo, me he puesto del lado de Gala.
 
 

El pintor Josep Moscardó en su taller de Cadaqués.



Por último, el Dalí de la residencia de estudiantes de Madrid, dibujando a la bestia, “siempre gomitando”. Así lo recordaba Rafael Alberti en La Arboleda perdida, cuando iba de visita a la residencia. Un Alberti celoso del influjo de Dalí sobre su “primo” Federico. Más aun cuando el poeta andaluz tuvo que terminar en el exilio, en Argentina, mientras el de largos mostachos con pegote de dátiles se hacía millonario, viajaba a Nueva York, salía en revistas con el jet set más rancio y para colmo, se declaraba monárquico en medio de la dictadura de Franco. Eso sí que es acomodar el cuerpo.
Y todo eso para mí es Dalí, mientras tomo café con croissants, y miro el puerto de Cadaqués repleto de pequeñas embarcaciones, y en otras mesas, a mi lado, turistas de Europa oriental ríen y disfrutan de sus vacaciones.

Libreta marrón y naranja.


Barcelona, jueves 27 de julio.

Última noche en Barcelona. Mis amigos me llevan para despedirme a un viejo bar centenario, el Bar Marsella.
Como en el cuadro de Degas, Los bebedores de absenta, estoy tomando la bebida verde. El bar, como una momia de Hollywood mantiene en sus vitrinas, botellas con líquidos oscuros, concentrados. Sus etiquetas, descascaradas por el tiempo, como las paredes del bar.

Hace calor dentro. Mis amigos me enseñan el ritual de tomar ajenjo, L’Absinthe, vertiendo agua sobre un terrón de azúcar que está colocado en una cucharita con agujeros. Al diluirse la absenta en el agua, la bebida toma un color verde lechoso.
Aguardo el tan esperado efecto, pero imagino que habrá que tomar más para que este se note. Entre el calor y la ansiedad por el viaje al otro día, sólo me siento mareado. Me sacan una foto y esta sale mal. Aparezco con el rostro deformado y el bar detrás, se fragmenta en partes.

Libreta roja y verde.


  Aeropuerto Barcelona-El Prat
 

 
Adiós Barcelona. En el aire se ve la calima, el polvo del desierto del Sahara en suspensión.
 
El día anterior, el jueves 27, se había iniciado un gran incendio forestal en el municipio de Yeste, Albacete, y una extensa nube de humo se veía hacia el sur.
 
Campos de Castilla. Aterrizando en el aeropuerto de Barajas para tomar el vuelo hacia Montevideo.


Madrid, viernes 28 de julio de 2017.

9.959 Km es la distancia entre Madrid y Montevideo. A punto de despegar en la “Maja”, desde el aeropuerto de Barajas. El avión tiene una mujer muy española, pintada en el fuselaje, y las siglas MJA, maja.

Libreta marrón y naranja.
 
 
 
Madrid desde el aire. Adiós España.
 
 

 

Ver la Crónica del viaje a España - julio de 2017 - Libretas - Asturias


 
 
 
 
 
Regreso a Montevideo y al hogar, al amanecer. En casa me esperaban Mariana, mi compañera, y nuestros cuatro gatos: Blanco, Negro, Titi y Beck. En la foto se ve la bahía, el puerto, Ciudad Vieja (mi actual barrio) y a la derecha, Punta Carretas.
 
 
 



En El taller de Jar se encuentran las notas
 publicadas en El País Cultural, además de un índice.


Gracias por leer.
 


Texto y fotografías: Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2021